678 y el truco del mago

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En estos 4 años de libertad de prensa recobrada, como hemos leído en tantos medios serios, las principales figuras del programa 678 fueron condenadas al ostracismo, tanto público como privado. El odio no fue causado por las formas, por el tono burlón o por el oficialismo explícito sino por haber cometido el peor de los pecados: mostrar el truco del mago de los medios.

El 15 de noviembre de 2015, durante el debate presidencial, Mauricio Macri contestó a las críticas de su rival Daniel Scioli (“Detrás del cambio hay una gran mentira. Cuando se le saca el velo al cambio, aparece el libre mercado, la devaluación, el ajuste y el endeudamiento”) lanzando una frase que se volvió célebre: “¿En qué te han transformado? Parecés un panelista de 678”.

Lo más asombroso de aquella apreciación no fue que casi todo lo que Scioli adelantó finalmente ocurrió durante el gobierno de Macri, sino que nuestros medios serios, siempre proclives a denunciar persecuciones o amenazas desde la política, no opinaran al respecto. Que un candidato a presidente usara un programa de periodístico como sinónimo de mentira e incluso prometiera eliminarlo en el caso de ganar las elecciones no les pareció agraviante, amenazante, ni tampoco fuera de lugar. Ninguna asociación de dueños de medios indignados emitió declaración alguna. La explicación es muy sencilla: esos medios comparten el odio tenaz hacia 678.

El programa tan detestado empezó a emitirse en la TV Pública en marzo del 2009, producido por Diego Gvirtz. Surgió un año después del conflicto por la resolución 125, que enfrentó a los empresarios agroexportadores con el gobierno de CFK por una nueva regulación a las exportaciones de granos y marcó el fin de la tregua del Grupo Clarín con el kirchnerismo. A diferencia de los siempre denunciados piquetes, los cortes de ruta lanzados durante los meses del conflicto por la Mesa de Enlace fueron relatados por los medios serios como una gesta patriótica que enfrentaba la voracidad kirchnerista.

En un paisaje audiovisual mayoritariamente opositor aunque sin que ningún medio se definiera como tal, 678 fue una anomalía: un programa que se reclamaba abiertamente de la “mierda oficialista”. Más allá de la histeria que suele descalificarlo como propaganda, en particular entre quienes nunca lo vieron, una especie de Sucesos Argentinos en clave kirchnerista, 678 no fue un programa sobre el gobierno y, en rigor de verdad, tampoco sobre la coyuntura política. Su objetivo fue analizar la manera en la que esa coyuntura era reflejada por los medios más hegemónicos. Y en esa obstinación reside sin duda la razón de la furia que genera aún ahora, cuatro años después de haber desaparecido de la televisión.

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La crítica más común hacia 678 es la falta de objetividad del programa –como si nuestros medios se caracterizaran por esa cualidad casi imaginaria– ya que no incluía “todas las voces”. En realidad, la pluralidad se consigue con la sumatoria de programas, públicos y privados, no en cada uno de ellos. Sería absurdo exigir que Morales Solá tuviera que invitar cada noche a todo el espectro político del país, del mismo modo que al escuchar un editorial de Alfredo Leuco nadie espera que hable de otra cosa que no sea CFK. En ese sentido y más allá de compartir o no sus afinidades, 678 ampliaba la diversidad de opiniones en un océano monocolor, ocupándose de una audiencia que no era tenida en cuenta por los otros medios y por eso su supresión limitó la pluralidad.

Otra crítica señala que no debería haber salido en un canal público, aunque nadie se queja de las letanías antikirchneristas que desde los medios públicos escuchamos a través de Graciela Fernández Meijide, del asombroso Federico Andahazi o de Gustavo Noriega, para quien “678 era un programa fascista, brazo del Estado para hostigar”. En realidad, que sólo encontrara su lugar en una señal del Estado habla más de los límites del sector privado que de los errores de la TV Pública. De hecho, el rating promedio del programa medido por IBOPE, que oscilaba entre 2,5 y 3 puntos durante la semana y aumentaba el domingo es comercialmente apetecible. Sin embargo, esos más o menos 300.000 espectadores, que generaban además una fuerte interacción en las redes sociales, no interesaron al famoso “mercado”, que sí se interesa por un programa como Los Leuco, por ejemplo, que mide aproximadamente la mitad. Quién sabe, tal vez ese mercado perfecto del que tanto nos habla Cambiemos esté tan condicionado por el gobierno como los medios públicos.

De todas formas, la diferenciación público-privado en una realidad como la argentina que padece una permeabilidad constante entre el Estado y las grandes corporaciones es un poco candorosa. El Grupo Clarín actuó decididamente en contra del gobierno de CFK y a favor de Cambiemos y obtuvo a cambio la inmediata eliminación de la Ley de Medios, que limitaba su posición dominante, y logró la fusión de Cablevisión con Telecom, “la hipérbole de la concentración de las comunicaciones tradicionales (medios y telecomunicaciones)”, según Martín Becerra, investigador principal en el CONICET y especialista en medios de comunicación. Fueron decisiones que involucraron recursos infinitamente más abultados que lo que le salía al Estado el programa producido por PPT, la productora de Gvirts.

678 tenía por un lado los informes, realizados en tono humorístico, en los que ridiculizaba las críticas hacia el gobierno, pero, sobre todo, en los que se hacía explícito el manejo de los medios con las noticias. Los editores mostraban los hilos de las marionetas, las reiteraciones entre programas supuestamente diferentes: el Nado Sincronizado Independiente (NSI), un fenómeno que permite que un montón de periodistas y políticos independientes lleguen a las mismas conclusiones pero de forma independiente. Por el otro lado, el programa contaba con un panel de periodistas que fueron rotando durante los más de 6 años que duró la emisión, y que comentaban los informes o las noticias del día. Las opiniones nunca fueron homogéneas, las discrepancias eran frecuentes no sólo entre ellos sino también con el tono o el ángulo elegido por los informes. Diferencias de fondo que jamás escucharíamos entre Bonelli y Alfano, entre los Leuco o incluso en la mesa de Animales Sueltos, más allá de la cacofonía habitual, referida por lo general a discrepancias instrumentales.

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Los periodistas de 678 jamás denigraron a los hijos de algún político opositor, como sí suelen hacer los medios serios con Florencia Kirchner y ahora con Estanislao, el hijo de Alberto Fernández. Nadie trató a ninguna opositora de “pobre vieja, enferma y sola (…) que ojalá la historia juzgue como la mierda que fue”, como Jorge Lanata hizo con CFK, ni tampoco de “jefa de la banda” como suele referirse a ella Eduardo Feinmann. No denunciaban robos imaginarios de PBI ni trataban a los opositores de criminales, ni tampoco deseaban la muerte de ninguno de ellos.

Las críticas no eran morales, sólo políticas. Sin embargo, para un cierto sentido común alimentado desde los medios serios y el oficialismo de Cambiemos, eran periodistas que ejercían el fascismo.

Y así fueron tratados. En estos 4 años de libertad de prensa recobrada, como hemos leído en tantos medios serios, las principales figuras del programa fueron condenadas al ostracismo, tanto público como privado. Periodistas independientes que consideraban a Macri como nuestro “Konrad Adenauer” u opinaban que tenía “algo de Nelson Mandela” o que “Marcos Peña es el Kennedy argentino” consideran que 678 fue un programa de propaganda.

En realidad, como leemos en el “Manual del militante pasivo en defensa de la política”: “Lo que sorprendió y molestó fue que criticara a quienes nadie nunca había criticado y mostrara sus hilos. Romper la impunidad de un lado fue el pecado imperdonable de 678 (…) Fue un nuevo producto para un grupo grande de personas a las que el mercado de medios no detectaba o no quería detectar. Nadie obligaba a nadie a mirar 678. El Estado siempre gastó en medios, sólo que en ese momento tuvo un producto apreciado y exitoso para muchos a los que el mercado no le daba otro”.

El odio no fue causado por las formas, por el tono burlón o por el oficialismo explícito sino por haber cometido el peor de los pecados: mostrar el truco del mago de los medios.

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