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Con la muerte de Diego Armando Maradona llega la hora de que un villero, guevarista y peronista ingrese al lugar que se merece en la cúspide de nuestra identidad cultural como pueblo. De Fiorito al mundo y más allá. Se dice que Maradona es un mito. No. Diego erigió su mitología desde que era un pibe en “Los Cebollitas” hasta la Selección. “Yo soy de la gente”, repetía. Y la gente llora y lo despide. Adiós al 10.

En el bar el televisor estaba en silencio. De pronto leo esta frase a pie de pantalla: “Murió Maradona”. Todos los clientes nos acercamos al aparato y el dueño subió el volumen. “Sucedió al mediodía y fue un paro cardíaco”, dijeron. La angustia y la bronca comenzaron a galopar por el pecho. Y las imágenes de la memoria circulan por debajo del llanto de los ojos donde anidan las cosas más simples de la vida, como los juegos de la infancia, aquellos colores, y el olor a pasto y a tierra, con la pelota embarrada. 

Salgo. Camino. El tiempo es una ilusión que se escapa entre las manos. 

El linyera de Lacroze y Zapiola apoya la radio a pilas pegada al oído izquierdo. Se escucha el apellido Maradona. Pasa un pibe cantando “Diego, Diego” y lleva puesta la camiseta de Argentina con el 10. El micro toca bocina en un grito ahogado de compañía colectiva y los pasajeros miran por el rabillo de los ojos en el espejo mudo de la muerte entre los barbijos de la pandemia. 

Fue un año de mierda. 

Hemos perdido madres, padres, amigos. La noticia de la muerte de Diego Armando Maradona dejó en shock al planeta. Hablaron de él los presidentes, las estrellas del rock, las actrices, los actores y los referentes de este universo frágil. 

Los portales de los diarios publicaron ediciones especiales sobre el mayor emblema cultural de la Argentina y el más grande futbolista de la historia.  

Es hora de que un villero, guevarista y kirchnerista –amigo de Fidel Castro-,  que cantaba la Marcha Peronista, pueda ingresar al lugar que se merece en la cúspide de nuestra identidad cultural como pueblo. 

Ya es hora de que los caídos del sistema tengan en Maradona una reivindicación. Porque Diego llevaba en su torrente sanguíneo y hasta en sus peores errores –que los tuvo y muchos- el secreto hondo de los sentimientos que nos unen.    

De Fiorito a Qatar, de Villa Crespo a La Boca, pasando por Barcelona y Nápoles donde suenan los fuegos artificiales y todas las madres lloran. De México a La Plata con Gimnasia en el bosque y el fuego de las tribunas rebeldes. Lo aman en Palestina y también en Israel. Lo aman en Rusia y en Afganistán, China y Noruega. Lo ama Pelé y el ex jugador que lo fracturó. Y Messi –su más cercano heredero futbolístico-, lo despidió como “el más grande”.

Desde que su madre murió, el 18 de noviembre de 2011, una parte de él se fue con ella. La foto color sepia de Diego con Doña Tota y Don Diego aparece en las redes y se agolpan los recuerdos como en un film imaginario de Leonardo Favio y Paolo Sorrentino. El querido Alejandro Caravario retrató a Maradona en su cumpleaños 60:

“El tribunal ñoño que le apunta (monocromáticamente gorila) acaso cree que el poder de los dioses deriva de sus virtudes morales. Tal vez habría que tomar las escenas de Youth con la debida distancia metafórica y ver en ese hombre acabado un significante exhausto, una bandera de todas las causas que ya no resisten otro uso.

Ahora que Maradona regresó a las canchas argentinas al frente de Gimnasia y zurció las grietas futboleras (en cada cancha ocurre un homenaje de amor genuino que recorre todas las generaciones) y que cumple 60 años (la edad provecta, un número que incita a la revisión), convendría poner pausa, podar las muchas ramas de la jungla narrativa maradoniana (sobre todo el puterío, un género que él ha fomentado con esmero) y volver al origen. Aunque una visita a YouTube puede confirmarlo en pocas escenas, a veces se pierde de vista que la piedra fundamental de este culto fue una revolución en el fútbol. La reinvención de un juego sagrado. Eso hizo Maradona. Le adosó a la magia sudaca de su zurda la velocidad sónica. Fue un atleta virtuoso que además se esforzó por darle al fútbol la altura dramática de la epopeya”, escribió Caravario.

El pibe que soñaba

La epopeya de saldar la dependencia colonial de dos siglos con Inglaterra después de la Guerra de Malvinas, más esos goles como perlas que inmortalizó su talento, y que Víctor Hugo Morales dejó en un relato épico que no podrá perecer jamás, y que forma como Maradona parte de nuestro ADN.  

Como obeso de más de cien kilos y jugando con frases geniales sobre tortugas y embajadores de EEUU, vestido de modelo televisivo y entrevistándose a sí mismo en espejo o jugando al cabeza con Pelé. Con Claudia o sus posteriores parejas; con sus hijas e hijos, con Coppola, y los que llegaron después. Aunque nada de ese cuadro empaña su zurda mágica nacida en Fiorito y las prácticas con la selección mayor de 1978, cuando les daba un paseo antológico a los jugadores titulares y no se quejó al quedarse afuera de los convocados para el Mundial. 

En 1979 se paraban las clases. Teníamos 12 años y veíamos el Juvenil de Menotti en Japón, donde Diego filosofaba en el círculo de lo inasible hasta la gloria del 1986.  

En Cuba fumando habanos con Fidel y el tatuaje del Che en su brazo, más dos relojes –uno por cada una de sus hijas, Giannina y Dalma. 

Se dice que Maradona es un mito. No. Diego erigió su mitología desde que era un pibe en “Los Cebollitas” y jugó el “Campeonato Evita”. “Yo soy de la gente”, repetía. 

Salía con el pecho inflado, la zurda hábil y la cabeza en alto. Flaquito y redentor. “Barrilete cósmico”, dijo Víctor Hugo, y así fue. 

En el momento de la muerte, el dolor monumental que nos agobia frena el odio por un rato. Pero el odio está presente como el veneno. Porque Diego fue el más grande mago de los villeros. Un símbolo de los arrabales del mundo de los plebeyos. 

“Nos dio felicidad a los pobres”, resumió un entrevistado en C5N. 

Ahora llega el rito de la despedida envuelto en esperanzas. Diego se opuso a EEUU y ayudó a frenar el ALCA en Mar del Plata. Denunció la corrupción de la FIFA y la sociedad con los poderes fácticos. El sistema financiero y la derecha neoliberal. Inmortalizó como “cartonero” a Mauricio Macri, porque no quería ceder un aumento a los jugadores de Boca. Lo gastó como en el barrio y nos hizo Justicia.   

Se esperan un millón de personas en su despedida. El Presidente Alberto Fernández dispuso tres días de duelo nacional. No descartan que el velatorio dure varias jornadas.  

Tomas Eloy Martínez inmortalizó a Evita con “Santa Evita” y las velas que nunca se apagaron en 18 años de fusilamientos, cárcel y proscripción hasta la tumba con nombre falso en Milán. 

Rodolfo Walsh describió a “Esa mujer” y al monstruoso ser de verde oliva que profanó su cuerpo ya sin vida. Sucesos de la miseria humana y del ciclo serpenteante del odio que nos visita.

Ojalá Diego Armando Maradona tenga en la historia el lugar que se merece por ser el más digno militante (aquel que anhela cambiar el mundo con su ejemplo) de sus orígenes por defender la causa de los pobres junto a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los curas villeros, cartoneros, viajantes de utopías y febriles buscadores de avioncitos de la belleza.  

Diego bailando con Rafaela Carrá, Diego contra Bush, Diego con Alfonsín,  Diego con reyes, jeques, mafiosos y millonarios, Diego con criminales sentimentales de esos que en la serie “Gomorra” te matan por un cigarrillo mal encendido. Diego apoyando a los humildes sin refugio ni panera. Diego como medalla en el corazón cruzando el pecho. Diego como un gancho al hígado de la hipocresía. Con un camión Scania estacionado en Barrio Parque, la vecindad de Susana Giménez y Mirtha Legrand. 

Pero el final siempre llega en soledad. “Diego murió de amor”, reflexionó Ernesto Cherquis Bialo y quizá sea cierto. ¿Quién podría ser juez en el momento de la más lacerante orfandad de un hombre?

La sonrisa ancha, la pelota el pie, el tiro libre al ángulo rompiendo la gravedad, la pirueta apasionada de la voluntad, la certeza del amor y la verdad, desde el cielo hasta el infierno, quiero verte gambetear. 

 

 

 

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Juan Alonso

Juan Alonso

Periodista, escritor y docente. Columnista con Roberto Caballero en Radio Colonia y del programa ADN en C5N. Distinguido con el Premio Walsh de la Facultad de Periodismo de La Plata en 2017. Fue editor de Policiales de Tiempo Argentino.

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