Alternancia y colesterol

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Cada cuatro años, con precisión de metrónomo, apenas el gobernador Gildo Insfrán vuelve a ganar las elecciones en Formosa, nuestras almas de cristal republicanas se indignan ante esa persistencia y nos advierten que la alternancia es la base de la república e incluso de la democracia. Pero no parece perturbarlos la persistencia de la familia Posse a la cabeza del municipio de San Isidro o del Movimiento Popular Neuquino (MPN) y cuesta imaginarlos llamando a votar en contra del PRO en la Ciudad para defender la benéfica alternancia.

Cada cuatro años, con precisión de metrónomo, apenas el gobernador Gildo Insfrán vuelve a ganar las elecciones en Formosa, nuestras almas de cristal republicanas se indignan ante esa persistencia y nos advierten que la alternancia es la base de la república e incluso de la democracia. En realidad, ni la república ni la democracia requieren de alternancia alguna, sólo de que esa posibilidad exista. El pueblo es soberano y elige entre todos los candidatos, incluyendo al oficialista. Lo que sí se debería garantizar es que el sistema sea lo más competitivo posible y que puedan presentarse candidatos en igualdad de condiciones, aunque eso no sólo incluye la desigualdad de un candidato opositor frente a uno oficialista que dispone de los recursos del Estado sino la desigualdad entre candidatos que cuentan con el apoyo del establishment, lo que les asegura recursos generosos y apoyo mediático, y candidatos que apenas disponen de la ayuda de sus simpatizantes. Esa inequidad creciente, sin embargo, no parece atormentar a nuestros guardianes de la república y coso.

Cambiar un gobierno que apoyamos por las supuestas ventajas que nos aportaría la alternancia es una idea tan extravagante como que una junta de accionistas se desprenda de un gerente general que considera exitoso para gozar del cambio. En el ámbito privado nadie considera que un cambio de liderazgo tenga ventajas per se y, por el contrario, se suele valorar el éxito y la experiencia. Por alguna extraña razón, los ciudadanos deberíamos, por el contrario, descreer de ciertos gobiernos que consideramos exitosos por el simple hecho de que perduran en el tiempo.

El peronismo unido ganó Santa Fe

Lo más asombroso de esta indignación periódica es que no incluye a otros oficialismos persistentes, como el Movimiento Popular Neuquino (MPN), por ejemplo, un partido que desde su fundación a principios de los años ´60 ha ganado todas las elecciones para gobernador de Neuquén y encabeza el ejecutivo provincial desde la vuelta de la democracia en 1983. Tampoco parece perturbar a nuestros defensores de la virtud de la alternancia la persistencia de la familia Posse a la cabeza del municipio de San Isidro. Melchor Posse, el padre, ganó por primera vez la intendencia en 1958, cargo que mantuvo hasta el golpe militar de 1966. En 1983, ya con Raúl Alfonsín como presidente, volvió a ser electo intendente hasta el año 1999, cuando fue reemplazado por su hijo Gustavo, quien sigue gobernando hoy. Tal vez en este caso se trate de pura meritocracia y no de sed de poder como ocurre con Insfrán.

El domingo 16 de junio, cuando la oposición peronista ganó la gobernación de Santa Fe, el ineludible Adrián Ventura sostuvo en TN que se trataba de una buena noticia para el oficialismo nacional, que salió tercero, porque en la Casa Rosada “dicen que el socialismo venía gobernando ya hacía tres mandatos y Santa Fe merecía algún cambio”. Más allá del encomiable esfuerzo de Ventura, cuesta imaginar al PRO –que gobierna la Ciudad de Buenos Aires desde hace 12 años– dejar de disputar un cuarto mandato ya que los porteños “nos merecemos algún cambio”. Del mismo modo, cuesta imaginar que nuestras almas de cristal llamen a votar en contra del PRO para defender la benéfica alternancia.

Ocurre que la alternancia es como el colesterol: buena cuando gobierna el peronismo y mala cuando el gobierno longevo es de otro signo político.

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