Amistad y política

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Alberto y Cristina se co-pertenecen, como pares dispares, o en la paridad de una diferencia necesaria. Nada está cerrado en cuanto a esta correspondencia entre dos personas para las que recobrar la amistad fue un acto político y productor de políticas acuerdistas. La relación Alberto-Cristina es un flujo en muchas direcciones, cambiante e interactivo en su misma producción de balances y desbalances, dislocaciones y multi posiciones.

1.

La relación entre Cristina y Alberto Fernández, el sin duda futuro presidente, está puesta públicamente como la de dos amigos –debería escribir amigues–, que en su momento fueron separados por divergencias políticas ostensibles, y luego sucedió una resonante reconciliación. El producto de ella está a la vista, Fernández es el candidato a presidente, que está claro que lo será, y Cristina Vicepresidenta. En la misma crónica de esta saga de amigos, se sabe también por declaraciones del propio Alberto que “nunca más se peleará con Cristina”, a lo que ésta responde sobre la inconveniencia de que esa frase sea aprovechada para resucitar un problema –de hecho, ya está ocurriendo–, y el propio futuro presidente agrega que lo debe decir porque lo siente así. En cuanto al factor decisivo para generar ese contundente conjunto de votos, se afirma que son principalmente “los votos de Cristina” aunque Fernández se atribuye haber aportado un complemento menor, que sin embargo la propia Cristina era la primera en valorar, pues de algún modo aceptaba –aunque no parece haberlo dicho públicamente–, que ella era indispensable, pero que “solo con ella no alcanzaba”. La frase es de las más conocidas de Alberto.

Estas situaciones y las frases que la acompañan no pueden construirse sin un acuerdo amistoso, pero es necesario subrayar las dos palabras, para que esta arquitectura fina que envuelve biografías personales se transforme en una experiencia capaz de actuar y modificar los aspectos más petrificados de la vida política en general. En primer lugar, es necesario colocar en un punto maleable pero claro, cuáles son los puntos de la autocrítica realizada por Cristina, pues hay por lo menos un elemento en juego, de crucial significación, cuál es la interpretación sobre los complejos mediáticos y sus múltiples relaciones con sus hipótesis de una sociedad regulada bajo sus moldes, sea entintados o icónicos. Son ellos la punta de misil del resto de las corporaciones financieras, informáticas, de inteligencia artificial y conocimientos biopolíticos. Incluso de la “economía de conocimiento”, ley del macrismo que percibe Alberto como una de las pocas cosas aceptables, pero que creemos, por razones que no expondremos aquí, que también merece revisión. Esta madeja articulada entre sí y formando una vasta trama mundial, es el principal problema contemporáneo en cuanto renovar a la política con el acto de reconquistar su autonomía de decisiones. En este caso, Alberto Fernández siempre pensó que no era necesario el canal público de TV, para contrarrestar la artillería mediática que se lanzó en los tiempos del conflicto rural, y hoy mismo afirma que el paso imprescindible que debe darse es el de un periodismo exento de operaciones, es decir, evitar convertir las “noticias” en intervenciones implícitas de una hegemonía cultural y política. En este sentido, este es un paso imprescindible y estamos de acuerdo con ello.

Deberíamos suponer que esto no pone en juego la amistad con Cristina, sea porque ella no piensa ahora de una manera más categórica la cuestión mediática, o porque el momento que en el presente se está pasando, aconseja las maneras prudentes de Alberto, que hay que reconocerlo plenamente, no dejan de ser incisivas, responden a su pensamiento ya conocido y son finalmente enunciaciones pendientes de nuevas reflexiones sobre un arduo problema, que solo podría resolverse en el seno de programas económicos sociales tan exigentes, que en verdad no tienen posibilidades sin una mudanza muy dura en las corrientes de ideas operantes en el pueblo argentino.

Cuando decimos que la amistad de Alberto con Cristina es una amistad acordada, esto no desmerece a la amistad haciéndola parte de un contrato, ni desmerece los acuerdos, haciéndolos parte de una utópica intimidad. Por eso me parece necesario bordear algunos temas de las clásicas consideraciones sobre el poder a propósito de esta figura de potestad que se ha creado en forma bicéfala, desde el punto de vista de los símbolos de época, y de manera bifurcada en dos funciones del ente magno presidencial, desde el punto de vista de la institución del presidente y vicepresidente. El plano inferior lo ocupa quien ha dado a luz, bajo su propio nombre, la creación de la situación que hizo a Alberto presidente –como ninguna evidencia hasta hoy lo contraría–, con lo cual este tema reside en un primer lugar que se origina en el que se proclama segundo, pero que debe demostrar a la vez que no hace tributar hacia sí a ese “segundo”, que debe ser primero. Y todo esto debe ser verdadero, ni el presidente debe dejar de serlo en plenitud, ni la vicepresidenta pasar a ser solamente un segmento generoso, es decir un lirismo que se agota en sí mismo, de toda esta nueva acomodación de papeles.

2.

La generosidad existe, no se halla ausente. Aunque las astucias siempre dominantes no lo piensen así. Pero el mundo político está hecho de tramas, donde todo tiene un rasgo suplementario; por cierto una retirada puede tener un futuro significado de avance, o un abandono convencido puede tener un efecto de presencia vigorosa que nadie esperaba. Pues se puede abandonar una posibilidad ya por descontada en un terreno fértil y reabrirla en otro terreno inopinado con la fuerza que adquiere la persona que inició la serie de ofrendas. Lo que se tiene puede adquirir valor fijo, aquello de lo que uno se desprende puede recrear todo tipo de valores en otra vuelta de los anillos del tiempo. Esto nada tiene que ver con el eufemismo piadoso acuñado por los tonos grisáceos habituales en la política diaria: tal o cual “dio un paso al costado”, o le sugirieron que lo haga. En el caso contrario, alguien que deja su posición inicial ya consagrada, puede estar reconociéndola como una forma insuficiente para el desafío, pero también sin ninguna astucia de por medio, creará otra dimensión en su voluntaria elección de un acompañante erigido a la manera de un primus inter pares, otorgándole y otorgándose un nuevo halo de atracción. De lo insuficiente se genera otro valor extra suficiente. Lo que en otros términos puede llamarse también una “decisión estratégica”.

Evidentemente, la generosidad es una forma de desprendimiento de las pasiones propias y reconocidas, en nombre de una esfera que sería más importante de lo que esas propias pasiones efectivas, examinándose a sí mismas, podrían admitir. De ahí la entrega de la responsabilidad más encumbrada hacia otro portador. Pero esa limitación del propio interés ardoroso forja otra pasión hecha por los mismos ingredientes, es decir, la generosidad misma pasa a ser mencionada como galardón primordial. Se trata entonces de poner en el escenario un nivel superior en materia pulsional y no uno que se rebaja de sí mismo. La generosidad descarta un deseo propio y natural, para asumir otro deseo no menos vibrante, precisamente el deseo de generosidad. La jugada actúa en el significante.

Entonces, Alberto y Cristina se co-pertenecen, como pares dispares, o en la paridad de una diferencia necesaria. A esto puede llamárselo también, por más que se hallen de por medio conciliábulos o cenáculos, gestos patrióticos. Por eso, tan delicada construcción entre dos poderes, uno que indica al otro sin restarle autonomía y sin fingir la ausencia de la donante, exige que haya una enorme libertad de palabra para que cada uno hable tanto de su rol institucional, donde hay un primacía clara de Alberto en ese ámbito –que además hizo un papel convivencial pero lúcidamente templado, debatiendo con la prensa más agresiva–, e igual primacía concita Cristina en los vínculos plebiscitarios que se ejercen en los actos donde expone tanto los “jirones de su vida” de un modo coloquial, como sus implícitas, o bien directas referencias a las fuerzas dañosas de los imperios mundiales. Que solo conciben a una humanidad maltrecha y herida, lanzada a naufragios y desoladas caravanas por polvorientas rutas. Vigiladas por helicópteros del coronel Kilgore.

Nada está cerrado en cuanto a esta correspondencia entre dos personas para las que recobrar la amistad fue un acto político y productor de políticas acuerdistas. Todo lo cual aparece como un modo en que hay que pensar la amistad cuando ocurre en los dominios de la política. Es sabido que la política suele poner niveles de actuación y decisión donde expresiones “el amigo de la vida” y otras manifestaciones de la estética fraterna, se ponen un día en juego y estalla en un segundo lo que los tiempos apacibles forjaron en una larga duración. Por lo que la amistad, que siempre debe tener un componente pre político, un plasma emocional anterior al mundo de las decisiones profesionales en los ámbitos públicos de tensión, debe conjugarse con un sensible acuerdo. A la vez este no sería el mismo si no se hace en el seno de la amistad. Amistad, entonces vista como conocimiento de las porosas pasiones de cada uno, y una suerte de contrato que no implica firma, escribano ni politología alguna, sostenido por los delicados límites que le pone lo amistoso a lo fraterno y lo fraterno a lo amistoso. Además, esos límites deben estar relativamente velados o retenidos, sin manifestarse a cada paso. Así se está expresando hasta ahora, pues sino sería aceptar que la autocrítica que Alberto le adjudica a Cristina sería una reinterpretación tan honda como a trasmano, de medidas que se tuvieron por muy kirchneristas, y ver en la elección impensada que Cristina hizo de Alberto como portaestandarte del kirchnerismo, un gesto de arrepentimiento peronista. Nadie lo dijo así ni es posible que sea así.

Interpretada débilmente esta situación, equivaldría a decir que se ausentó súbitamente el concepto de grieta, que durante los últimos años pasó a ser, de un modo absurdo, una pieza maestra de la espontánea tarea del interprete político. Su raíz televisiva, inventada para dar lugar a una culpa y a un sentido siniestro de la política, no la hacen un vocablo apto para nada más que infundir temor y una idea del mal adjudicable al kirchnerismo. Si no sirve, es por eso. Por eso está bien acabar con la “grieta”, pero en tanto concepto berreta, pensamiento a la violeta, y táctica salida del gabinete belicista del poder mediático, que por descuido o haraganería luego fue empleado por personas que se consideran académicas y por los propios políticos. Pues bien, no diríamos eso de la relación entre Alberto y Cristina, pues efectivamente se trató de conocimiento, actuaciones comunes, acuerdos, ruptura de acuerdos, posteriormente afirmación del concepto de amistad y proposiciones en torno a no pelearse más, que sugiere de todos modos un compromiso no reclamado, frase acaso innecesaria, pronunciada por el propio Alberto. Porque tiene que ocurrir así, sin que se lo proclame, en medio de lo inestable de la situación.

3.

Todo esto es muy serio, pues es el basamento de un orden de pulsaciones muy sugerentes en torno al poder de Estado, que no se parece ni a los poderes delegados (Perón con Cámpora), ni a los poderes interpósitos (Medvedev con Putin). Introduce de hecho nuevos conceptos de gobierno y de relaciones interpersonales, además de exigir continuamente nuevas palabras para que se conviertan en una nueva condición ética para la acción del político. Alberto Fernández está yendo a todas las zonas comunicacionales donde al kirchnerismo se lo consideró un sacrilegio, el escarnio para la Argentina que al parecer siempre había estado allí, inmutable, desde la Sociedad Rural hasta el Coloquio de Idea, desde Techint hasta Smarmatic. Su papel, entonces, es extraordinariamente delicado, pues si va a Clarín a decir que no puede ser que haya un país que permanece con rencores cruzados e indisolubles, que eso procede en gran parte de la conversión del periodismo tradicional en periodismo de operaciones, el diario puede registrarlo y lo pone efectivamente en su tapa y sus múltiples lenguaraces lo repetirán luego en todas las sabidas instancias disponibles.

Pero cuando Fernández dice que el Frente formado es mucho más que el kirchnerismo (esto es, con peronistas u otras personas de la creencia que fuere, que votaron contra Macri sin hacer pesar en esa decisión el sinfín de acusaciones al por mayor, que salieron del pinchado surtidor judicial macrista), su frase es de inmediato parcelada. Porque además dice que él también se considera kirchnerista. ¿Qué titula pues el diario, que escuchó al hombre que les aconseja que abandonen las operaciones? “Somos mucho más que el kirchnerismo”. Simplifica, acota y desfigura con un título (es decir, una operación semántica sobre un significado completo, a fin de recortarlo), lo que en verdad quiere decirse. El concepto era: “Somos mucho más que el kirchnerismo y yo soy dirigente kirchnerista también”, palabras más o menos, astillas elocuentes de un debate de los planos profundos de la realidad histórico política. No quiere sacarse de encima al kirchnerismo, como quiere Clarín. El verdadero político respeta los nombres que lo abarcaron, nunca se va de ellos porque siempre los problematiza.

Y lo que se quería decir, juzga el lector que leyó el reportaje, sin duda llamando a un tono conciliador por ambas partes, es que hay de por medio una situación con muchas vetas y matices. Que debe acabarse la dimensión insultante y persecutoria que tiene la política. Aunque usándose la expresión fin de la grieta, que no corresponde, pues “grieta” solo define el animus injuriandi de los poderes políticos de trastienda, y resuena como una invitación al fin de la política, amasada en infinitos conflictos que se desdoblan, se conjugan y se transfiguran en todo momento. Clarín sin embargo titula con un inevitable sesgamiento el reportaje. Es decir, sella con lacre lo dicho, lo que también se refiere a metodologías del mismo diario y del mismo grupo mediático, iluminando solo la mitad de la frase que dijo Fernández, que le cambia severamente su significado. Parece entonces una invitación a que abandone al kirchnerismo –pues es la encarnación auspiciosa de ese “mucho más”–, cuando esa expresión no constituye una escala valorativa sino una apelación frentista, de la que él mismo se considera parte de una suma mayor y al mismo tiempo del kirchnerismo (“dirigente del kirchnerismo”, dijo, mencionando los primeros tiempos al lado de Néstor Kirchner).

Discusiones, perspectivas que sin duda se abren a un debate, pero ajeno a las maniobras del positivismo hermenéutico de Clarín. En la misma entrevista dice Alberto Fernández que el modelo de superación de la grieta es su propia reconciliación con Cristina, que el Frente constituido es también “más que el peronismo”, y que, por fin, Cristina es fundamental. Son los lineamientos de su primera hipótesis de trabajo, “Sin Cristina imposible, solo con ella insuficiente”. Una paradoja. No alcanza a la dialéctica, pero abandona las postulaciones lineales.

Vemos que “superación del modelo de grieta” tiene complejos y múltiples componentes, de los que depende en gran medida la sustentabilidad de los que se haga, en este gran momento que se abre no lo solo para nuestro país sino para toda Latinoamérica, e incluso para la política que se haga en cualquier lugar del mundo con proyectos de abandonar seriamente el ultra-capitalismo que inventó la tosca ficción neoliberal.  Entonces, primero veamos cómo se modulan relaciones políticas interpersonales de amistad, y en qué lugar previo o basal se pone ésta respecto a lo político, o si es solo política. Y segundo, si no conviene en verdad abandonar dicha expresión compulsiva y caricatural – la grieta–, para describir adecuadamente los conflictos colectivos en el mismo acto de decir donde nos situamos.

El debate con Clarín tiene muchos más matices, sobre todo en el aspecto del nuevo poder que se constituye entre dos personas que encarnan la representación en objeto. Sus tratos personales de amicitia, su fraternidad interna, su distribución de lugares, comenzando por las personas y siguiendo por las situaciones. Todo poder es situacionista, es pasible de ser modulado por cada momento distinguible del anterior, sin que cambien en ese mismo momento las palabras que se usan para definirlo. Por eso la relación Alberto-Cristina es en verdad un flujo en muchas direcciones, cambiante e interactivo en su misma producción de balances y desbalances, dislocaciones y multi posiciones. Y, además, debe ser en primer grado un acto institucional. Los problemas que esto entraña no es con Clarín, como todos sabemos, que pueden ser debatidos. Porque no habrá voluntad de su parte para desarmar la máquina montada tan laboriosamente para juzgar y controlar la vida social.

Los famosos tramos de las páginas de Max Weber sobre las formas de legitimación del poder, desde el carisma a la institución, y la forma en que conviven, pueden ser útiles en este caso. Es necesario, pues, pensar en estas circunstancias para no solo salir del pantano de pánicos y tribulaciones a que nos sometió el macrismo, sino reponer una forma de poder institucional enriquecido por nuevos tipos de comunidad, considerada como memoria colectiva y personal, y síntoma de justicia en la valoración de las propias biografías y la del modo cómo la mundanidad de la política nos debe conducir a mutaciones que puedan dar cuenta de sí mismas. Todo lo contrario a la de los esquiadores, cuya historicidad se desliza, congelada, sobre la indiferente nieve, mientras escuchan “de aquí nos sacarán muertos” sin que se les escarche el corazón ni los esquíes.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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