Análisis provisorio de un discurso

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El muy buen discurso del presidente Alberto Fernández, con una emotividad reconcentrada y retenida, es el mejor discurso que puede hacerse en los cánones de una democracia social posible, con aspectos cautelosos que se turnan en aparecer entre otros más originales. Pero al no hablar de cultura es propicio señalar que queda implícita –y a ser develada–, una reforma cultural que incluya aspectos centrales del estado de los medios de comunicación del país.

Los presidentes proponen, inducen, anuncian, animan, sostienen. Los discursos a la Nación, o al pueblo argentino, como prefirió Alberto Fernández, son piezas difíciles, barquichuelos que navegan en mares encrespados. Los eufemismos, entonces, se hacen presentes. Uno de ellos, de la cosecha de Alberto, por llamarlo así, es cuando dijo que de 35 cultivos “solo uno” sube apenas tres puntos en las retenciones. Elegante manera de eludir la palabra soja, alrededor de la cual hay un tejido de negocios, agrupamientos sociales nuevos de probada virulencia y el recuerdo de una encrucijada social, acaso una maldición de un pasado muy reciente. El eufemismo –lo contrario a la blasfemia, uno oculta, esta última exhibe–, no puede ser una política de gobierno, pero puede ser la base de un buen discurso, con mínima emotividad graduada, sobrio y enérgico en puntos muy calculadamente elegidos. Por eso, enumerar lo que le faltó, no es un empeño al que valga la pena dedicarse, al menos, no sin antes comentar todas las tensiones insertas en lo que se dijo. Hace tiempo el gobierno viene considerando la legalización del aborto una cuestión de salud pública, tema que merece un agregado respecto a las mujeres que quieren gestar en condiciones desfavorables socialmente, y el Estado cubre con sus recursos esa situación de carencia. Con justicia, estas afirmaciones fueron saludadas, o de las más saludadas de las tantas con las que el presidente austero, aunque enfático en los puntos que correspondía, fue interrumpido con aprobaciones por una parte mayoritaria de la audiencia.

No obstante, es posible considerar que la despenalización del aborto considerado una cuestión de saludad pública y la inclinación hacia un hecho que “de todas maneras sucede”, adquiere también la forma –aceptable aunque parca–, del eufemismo. Los grupos feministas, no necesariamente los más radicales, hacen de este enunciado de la interrupción voluntaria del embarazo, que cuenta con su propia sigla, el IVE, no solo una cuestión sanitaria, como absolutamente también lo es, sino un ámbito de proposiciones que revisten el carácter de una cosmovisión que contiene pulsiones deseantes, y éticas sobre lo que sería el autodominio de un cuerpo, y en general, una ontología de cuño avanzado respecto a reducir al mínimo el sustento biológico que, inevitablemente, repercute en disfavor de las teologías que ponen las retículas de lo sagrado en la apelación creacionista (lo que llamaríamos la intangibilidad del bios). ¿Cómo vamos a criticar que ante estos dilemas el presidente haya utilizado la noción de “cuestión de salud pública” sin ingresar a la cuestión de la fusión de derecho y vida, sin bases genealógico-patriarcales? El esfuerzo realizado para arribar a estas definiciones ha ocurrido en una sociedad cuyo tilde mayor es un conservadorismo silvestre y no pocas veces despiadado. Sin embargo, es posible observar que lo que es indudablemente un adelanto en la legislación y en la convivencia, es tratado por el Estado ––cuya voz es el presidente–, con un estilo prudente y una elección institucional aceptable en los términos en que se expresa.

Ningún obcecado le pide al presidente que emplee palabras directas y no usufructúe de los grandes recursos que tiene el lenguaje en materia de implícitos, dictámenes laterales, atmósferas tácitas y eufemismos que protegen la interpretación recta. Quien quiera saberla, la tiene delante suyo, con solo aguzar la imaginación. Saber leer entre líneas es la confianza que poseen estos discursos respecto a quienes les son dirigidos, al pueblo como abstracción y a cada una de las singularidades que le dan su complejísima vitalidad a esa abstracción que entonces deja de serlo. La voz interna que lo constituye, según las propias palabras de Fernandez, hablan “desde el alma” y agregan el deseo de “levantar los muros emocionales” que constituyen la “grieta”. No es objetable este pliego de intenciones, en un discurso muy cuidado, de frases cortas y sólidamente sentenciosas, que revela que se ha escuchado el rumoreo de lo popular y de las calles repletas de manifestantes. Decir “Nunca más es nunca más”, es una enérgica tautología performativa que evoca sin intermediarios el “No es No”. El feminismo, atendido en sus reclamos, en cierto sentido, como dijimos, con los límites reconocibles que tiene su demanda central, le ha prestado una línea rítmica interna al discurso presidencial, que puede destacarse.

El rumbo Alberto: sí al aborto, no a la deuda ni a la extorsión judicial

Pero también está la palabra “grieta”. Esta sí, en estado de ronda efusiva, contundente y agresiva. Generada en los medios de comunicación consabidos, que no es necesario nombrar. Siguen tan activos como siempre en la denigración y la petición de condenas jurídicas que son finalmente políticas. Es que “grieta” es un concepto televisivo, culpabilizador, en nombre de supuestos “agentes del mal” a ser castigados. El presidente lo recoge para indicar su predisposición al diálogo, que comienza tomando como buenas las agrias e injustas conceptualizaciones de los otros. Con garantido respeto, deberíamos decir que es posible explorar caminos mejores para plantear de qué modo se producen consensos sociales que al superar aquellos muros emocionales, sean también expresados, emocionalmente, sí, pero con vocabularios propios.

El fraseo de Fernández bebió de diversas fuentes, y aunque marginalmente, no se privó de citar siquiera a Arturo Frondizi. La doble centralidad de Néstor Kirchner y Alfonsín merece algún comentario. El primero y más notorio: ambos le dan su marco retórico al gobierno, Incluso el fraseo fernandista recuerda al de Kirchner, “vengo a proponerles un sueño” aunque aquí se diga “vengo a convocarlos”, y otras expresiones del estilo. De Alfonsín, toma Fernández el tono de primera persona fuerte, el “estoy persuadido”, no dicho de esa forma sino con otras inflexiones de un yo decidido y preocupado. Frases: la de Alfonsín diciendo que con democracia se come se educa y se cura es un poco más contundente que la del pluralismo que evoca Kirchner cuando dice que de todas las verdades relativas surgirá el plexo de la unidad o de la “casa común”. Claro que no es cuestión de comparaciones torpes. El presidente se propone como discípulo de Néstor Kirchner y amigo y admirador del talento estratégico de Cristina. Lo dice. En medio de eso, la historia que rememora abarca un ciclo largo donde su monolito fundacional correrá a cargo de Alfonsín. El muy buen discurso de Fernández, con una emotividad reconcentrada y retenida, es el mejor discurso que puede hacerse en los cánones de una democracia social posible, con aspectos cautelosos que se turnan en aparecer entre otros más originales. Si no llama particularmente a un gesto de asombro y a exclamaciones dichosas, es porque integrarnos a la globalizados desde nuestras raíces singulares, es algo que merecería, en el sistema de consignas sutiles con las que habló el Presidente, una revisión terminológica profunda. ¿Por qué decir globalización, que al igual que grieta es un término inventado por las lógicas neo-financieras del capitalismo y que ahoga países enteros diciéndoles “globalícense”? ¡Les toleramos sus fórmulas idiosincráticas, anímense!

No deseamos ser aguafiestas de un gran discurso, el de máxima tensión que puede logarse en una democracia herida y sangrante, como sugirió con esas mismas palabras el presidente. Traza un ambicioso cuadro de la historia nacional contemporánea desde una razonable socialdemocracia avanzada, si es que podemos arriesgar una etiqueta o un logotipo, tarea siempre infiel y dudosa. Perón queda ligado a sus frases más rituales, nadie se realiza en una totalidad que no se realiza, pero se le saca partido a esa frase promoviendo un latinoamericanismo pragmático. Es cierto que suenan en otros tramos de este discurso muy fibroso y de trama sagaz, una declaración de principios, contrarios a cualquier discriminación de sexo, racial, religiosa o cual sea, pero al anunciar pragmatismo en la relación con Brasil, acudiendo a la frase habitual de que son relaciones históricamente fraternas (lo de históricamente habría que verlo) más allá de las personas que gobiernen, se deja entrever la fortísima cuestión de cómo hay que juzgar el fenómeno del crecimiento de estos neofascismo en el sub continente, y en el mundo. Allí la palabra del gobierno argentino no estaría de más que se exprese también “desde el alma”. Y procurara definiciones más incisivas.

Esta democracia social con ciertos pespuntes de radicalidad, y otros contornos de evidente prudencia, adquiere mayor interés en disposiciones sobre la publicidad oficial, lo que encierra un dilema. Está muy bien que esos recursos se destinen a programas publicitarios en torno a la educación popular, y sobrentendemos que esta medida pueda ser realmente transformadora –tanto como eliminar los recursos reservados destinados al espionaje–, si hay una simultánea reforma educativa que no confíe en el poder de atracción que tienen los medios de comunicación, maestros informales de una educación para-pedagógica y para-cogoscitiva, basada en pulsiones consumistas guiadas por corporaciones, que hasta el momento no se han mostrado receptivas a las palabras del presidente en torno a la tolerancia. Muchos de los anuncios, en sí mismo interesantes, merecen pues esta observación, ni agria ni susceptible. Las ideas que se lanzan son de gran significado, como los consejos asesores y las reformas de áreas como justicia, seguridad, deuda externa, derechos íntimos como el aborto, a la vez derechos sociales, y todo lo bueno que de las demás medidas pueda decirse, pero al no hablar de cultura –salvo para decir cultura del trabajo y no a la cultura del descarte–, es propicio señalar que queda implícita –y a ser develada–, una reforma cultural que incluya aspectos centrales del estado de los medios de comunicación del país. Solo hace falta reabrir la discusión, en los términos que ahora proponga el Presidente, pues nada de estas necesidades parecen ajenas a la orientación general de su incisivo discurso.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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