Autonomía y donación

Compartir

Una campaña, con sus asesores y publicitarios, no deja de ser un manojo de tácticas y reacomodamientos, que piensa más bien en públicos segmentados que en el “discurso a la nación”. Quienes encaran las campañas deben estar en la predisposición de saber convencer y de saberse examinar a sí mismos. Que es un terreno resbaloso, ya lo sabemos. Exige permanentes discursos, opiniones, encuentros con públicos diversos y heterogéneos. De la configuración de la fórmula Fernández-Fernández se puede crear una situación de gran interés y mutuo aprendizaje. Respecto de las opiniones, se trata de cuidar la expresión y al mismo tiempo buscar los caminos originales para decir quiénes somos.

 

Una campaña electoral lleva en sí el contundente resabio de un acto masivo, protagonizado por una fuerza que sale de sus lugares habituales –cuarteles, iglesias, escuelas, partidos políticos–, para un exterior en el que se hallan aquellos a quienes convencer, “In partibus infidelium”, como se solía recordar. Esto es, ir allí donde se hallan los “infieles”, los que aún no han aceptado, por rebeldía, inocencia o encono, el mensaje verdadero o redentor. La palabra campaña, por supuesto, implica exponerse y comenzar a recorrer un territorio, esto es, el “campo”. Y hacerlo de manera empeñosa, a plena marcha, con tácticas, estrategias, sorpresas, invenciones que van surgiendo de una imaginación activa. Siendo así, siempre se espera de una campaña, que es un territorio de tensiones mientras dura, que anuncia las medidas que vendrán después. Debe haber coherencia entre ambos momentos, aunque se caractericen por diversos énfasis. Quienes encaran las campañas, deben estar en la predisposición de saber convencer y de saberse examinar a sí mismos. Es que campaña obliga a modelar creencias y adhesiones, y también obliga a modelarse a sí mismo a los que asumen la tarea de la prédica.

Que es un terreno resbaloso, ya lo sabemos. Exige permanentes discursos, opiniones, encuentros con públicos diversos y heterogéneos. Una opinión muy escuchada indica que no hay que limitarse a “cazar en el zoológico”, expresión dicharachera y un poco áspera –sobre todo para los sufridos animalitos–, con la que se quiere decir que, con los ya convencidos, no hay problemas ni necesidad de esmeros mayores. La cuestión está en los escépticos, resentidos o reservados. Pero hablarles a los otros que no comulgan con el credo que brota de campo de batalla –ese es el origen remoto de la palabra campaña–, supone diversos requisitos. Quizás el primero de ellos sería el de no dejar escapar palabras que perturben la claridad del mensaje, si es que, por ser dichas desde otros contextos más libres, las aprovecha la corporación comunicacional adversa, y la muestra al estilo de un “ven no han cambiado, quieren investigar a toda la justicia y se negarán a pagar la deuda, y encima van a repetir todo lo que hicieron ominosamente”. Frente a ello, se erigen diversas opiniones. De las cuales, obviamente una es cuidar de modo absoluto y total la propia enunciación y no permitir esas sustracciones intencionadas que quieren ver a los que apoyan la fórmula Fernández-Fernández como “kirchneristas solapados y virulentos”. Otro es, ante la disconformidad de una actitud que parecería timorata, afirmar una historia inmediatamente transcurrida con orgullo, y sin decir que todo volverá a ser igual –ya que eso nunca ocurre–, se mostrarán disconformes si se borra todo hilo de continuidad con el gobierno kirchnerista. ¿Que habría que ocultar? ¿Asumir sin decirlo que jornadas que para muchos fueron memorables, ahora no se deben mencionar para no ser irritables?

Cristina sobre el FMI: «Al presidente lo maneja Christine Lagarde»

Si el problema no existe desde el punto de vista de la historicidad de las cosas, existe desde el punto de vista de las tácticas electorales. Una campaña, con sus asesores y publicitarios profesionales, no deja de ser un manojo de tácticas y reacomodamientos, pensando más bien en públicos segmentados que en el “discurso a la nación”. En el primer terreno de las llegadas a “públicos estamentales”, como los “arrepentidos”, “los indecisos”, los “anti kirchneristas”, existe el tema-debate de cómo evitar la captura por parte de la maquinaria semiológica del gobierno, respecto de las opiniones de compañeros que se expresan libremente, fuera del canon de predicen y recomiendan los asesores, y esto reclama tanto no expurgar ni censurar a nadie, ni dejar de atender el necesario cuidado en este punto que es de singular relevancia. Porque tampoco se trata de omitir pensamientos críticos que siempre hemos tenido, alguno de los cuales, si se opacaron en virtud del acecho de la aspiradora retórica de los adversarios que quieren mostrarnos como antidemocráticos –cuando son ellos quienes lo son–, cederíamos un terreno moral que nos es constitutivo. Se trata entonces de cuidar la expresión y al mismo tiempo buscar los caminos originales para decir quiénes somos, no unas conciencias que de tanta prudencia afectan quizás para siempre el nervio de sus convicciones.

Pero este tema le iguala en importancia a la configuración futura de la fórmula, en su funcionamiento institucional y simbólico. Desde luego, todos sabemos de su complejidad semántica. Alguien ofrece un don a un tercero, consistente en el poder del que gozaría la ofertante. Ahora el poder reside en el receptor de ese don, que al mismo tiempo no puede ignorar que en el acto anterior de producirse la donación, se produce un hecho de superior calidad, que es al mismo tiempo el desprendimiento de la donante, lo que la recubre de la cualidad privilegiada de haber sido la donante. Esta situación impone conductas nuevas en la política. Pues no hay donación sin autonomía ni autonomía sin donación.

Porque evitando organizar vertientes que acentúan cada uno de los flancos de esta unidad donante-donatario, y al mismo tiempo resguardando la institucionalidad, se puede crear una situación de gran interés y mutuo aprendizaje. Sucedería así un tipo de gobierno de intercambios de prácticas y estilos, pues ni una campaña ni un gobierno pueden ser terrenos cercados a la innovación y al riesgo de decir lo que en vez de no traspasar la frontera que impone el autómata general del neoliberalismo, lo desafíe con las sorpresas de esta nueva modalidad de gobierno. Se trataría de la institucionalidad presidencial que aprende que la institucionalidad gubernamental es un acto plástico que se piensa así mismo, confrontándose con su propio pasado y abriendo sus poros a toda clase de novedades, y la institución del don, de lo que se ofrendó y se aceptó, debe ser el combustible del que emanen las líneas programáticas de las más exigentes que puedan lograrse. ¿Para qué? Para actuar la responsabilidad ciudadana y revelar los verdaderos alcances del contrato social. Que estos conceptos, finalmente develados, sean fuente de superación de los demasiados estereotipos que nos rodean, de las demasiadas aflicciones que atraviesan la vida popular.

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 21/09/2019 - Todos los derechos reservados
Contacto