Cristina: el lugar de la enunciación

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Cristina Fernández de Kirchner anunció un renunciamiento que al mismo tiempo refuerza su posición central en el drama político nacional. Este llamado frentista en primera persona tiene su fuerza y también sus futuros interrogantes. El dilema de Cristina ahora es que está abierta a conciliaciones, pero también a nuevas posibilidades críticas. Ella apacigua estos dilemas ante la cruda necesidad de escapar de las formidables fuerzas destructivas.

En un video muy cuidado, con un texto leído pausadamente, fruto de una meditación en parte ya conocida, Cristina Kirchner anunció un renunciamiento que al mismo tiempo refuerza su posición central en el drama político nacional. No es posible ignorar, en primer lugar, el efecto de las imágenes y texto que lanzó en las primeras horas del sábado 18, pues se trata de un montaje efectivo, con rasgos de nostalgia y tintes épicos, que reviste la condición de una enunciación vigorosa en primera persona y un encuadre de campaña electoral. El aspecto de renunciamiento, al que nada cuesta otorgarle un vínculo con ese mismo episodio grabado en la memoria nacional evitista, tiene un evidente reverso en el lugar de enunciación que se otorga la propia renunciante. Es la que nombra al que estará un escalón por encima, al mismo tiempo su criatura. Pero no solo eso, alguien cuya amistad se ha recuperado, luego de diferencias que no se ocultan y un presente donde la amistad resurge, amparado por las imágenes de un largo abrazo con Néstor Kirchner.

En episodios anteriores, en las numerosas declaraciones que hacía Alberto Fernández por los medios de comunicación, siempre acentuaba que “Cristina no era la misma” y que ahora “había reflexionado”. Parecía que el modelo de esto dichos era una Cristina, que afortunadamente, ahora se parecía a Alberto Fernández. Pero el enunciador de estos decires, en esas diferencias que ahora habían cicatrizado, parecía muy seguro en la continuidad de su propia trayectoria, tanto desde sus tiempos donde había aprobado la política económica de Cavallo como los más recientes, donde se había aliado a un Massa, que ahora llama a esta gran coalición del “contrato social de responsabilidad ciudadana”. El dilema que inevitablemente surge es cuando se afirma que Cristina recogió enseñanzas que le permiten ahora ser una Cristina que “no repite experiencias”, pues está abierta a conciliaciones, pero también a nuevas posibilidades críticas. Pues no es inadecuado suponer, que acompañada ahora por Alberto Fernández, ¿éste no debería exponer sus propias peripecias de contraste consigo mismo? ¿Es que él estuvo siempre en lo cierto y nosotros tenemos que admitirlo sin más, o hay allí una incisión a ser revisada con un reconocimiento de lo ardua de la nueva situación creada?

Cristina apacigua estos dilemas ante la cruda necesidad de escapar de las formidables fuerzas destructivas, históricamente caducas, pero eso mismo intolerantes y arraigadas profundamente en un sector de poderes corporativos que se adentran en muchos ámbitos de lo popular y cotidiano, que se resistirán a esta nueva combinación. El “maldito” kirchnerismo no aparece ahora enfundado en las vestiduras del más añejo peronismo ortodoxo, sino encabezado por un profesor de la Facultad de Derecho (“recibí el llamado de Cristina cuando estaba dando clase en la Facultad”, dijo el otro Fernández), que se había revelado como hábil negociador, y político de un centro democrático más o menos conservador, si no le exigimos mucho más a los conceptos. Es que futuras definiciones serán necesarias para que esto no sea solo una amalgama de circunstancias, lo que sería mucho más problemático de lo que en esencia lo es ya mismo, ahora, en su formulación tal como este sábado la escuchamos.

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El video, que está muy pensado y celosamente elaborado, muestra cierre de fábricas y rostros populares esperanzados, utilizando en medida adecuada elementos emotivos. Hay un texto con una voz reflexiva y amorosa, que –contra su costumbre–, se permite un solo chiste apenas, precisamente la del “chiste feminista”, al cambiar la famosa máxima peronista de Primero la patria, concluyendo el axioma con “después una mujer”. El chiste tiene su membrana alusiva en relación a los ríos subterráneos que se escuchan torrentosos dejado de esta nueva conformación de una fórmula electoral. No solo feminiza la tradicional fórmula axiológica, sino que es ella la que la reinventa.

Pero no es solo eso. Es una forma de lucha in extremis contra fuerzas comunicacionales, judiciales y empresariales muy espesas en sus mañas políticas, nunca dispuestas a abandonar el poder arbitrario que detentan por vías democráticas. Ante este conjunto de riesgos para la democracia sin más –pues el macrismo no cerró el espacio público, pero lo controla coercitivamente como pocos lo han hecho–, este llamado frentista en primera persona tiene su fuerza y también sus futuros interrogantes. Es acertado que parta de un llamado a las virtudes cívicas. ¿Quién está dispuesto a un sacrificio patriótico? Estas expresiones pueden resultar arcaicas. Pero es que la publicidad neoliberal de estos largo años, nos llevó a la hipótesis de que era indiferente vivir en una nación soberana o en otra atrapada en las redes mundiales de dominación, gozando de nuestro propio servilismo.

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Esto pudo hacer pensar a muchos que no era sustancial asociar la autonomía de un país al bienestar social de sus habitantes. Algo elemental se había perdido en las erupciones discursivas del macrismo. Por fin puede verse –y de ahí la importancia de este video de proclamación de una fórmula presidencia y vicepresidencial–, que el llamado al olvido de lo que es una sociedad autónoma, lo había hecho un personaje imperdonable que ensayaba pasos de baile descoyuntados en el balcón de la casa de gobierno. Esto podía pasar y de hecho pasó como un hecho pintoresco en la memoria pública, un festejo más de un hombre alegre y craso. Pero las imágenes de contraste entre el tono meditado y argumentos de Cristina y este personaje garrafal que hacía de arlequín desencajado, es la distancia misma entre la vida digna y una sociedad a punto de caer en su abismo final.

Nada será fácil. Ni el triunfo de este amplísimo frente con figuras que en el pasado hemos criticado –el propio candidato a la presidencia hizo lo necesario para que así fuera–, ni la posterior actividad de gobierno en caso de un triunfo que se deberá ver como necesario, nos eximen de configurar corrientes de opinión y formas organizativas que actúen con la predisposición de recoger los linajes militantes que enhebran las voces más rigurosas de nuestra contemporaneidad política. Los que sostenemos la decisión de Cristina, debemos saber hacerlo comprendiendo la profunda significación de estos actos riesgosos, que implican a la vez renuncia y reafirmación. Sin declinar las responsabilidades propias, que saben renunciar también a lo que sería una obcecación si se viera toda realidad como inmutable, pero que nunca deben de abandonar la insistencia en transformar la sociedad argentina con el rigor de los hechos y de las memorias más activas. Esto es, que a las astucias de los tiempos oscuros, las puedan acompañar las audacias de los linajes más rebeldes.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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