¿Cuál modernización?

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La idea de modernización nació como superadora del progreso, afable y tecnológica. Consumo, industrialización, independencia económica y redistribución del ingreso en la historia Argentina, partiendo del primer peronismo y llegando hasta el macrismo.

I

La palabra modernización nació simpática, casi inocente. Despojada de todo ángulo amenazante. Más bien derrochando afecto, por lo menos se ofrecía como reemplazante ventajosa de la expresión progreso, que usada así, tan secamente, había envejecido por el modo que cubrió los episodios políticos y sociales de los años positivistas. “Orden y progreso” eran dos columnatas inamovibles de los nuevos estados que querían “dejar atrás la edad media, la época de las carretas”. La bandera del Brasil las contiene como consigna. El Emperador Pedro II era un lector científico y un hombre cultivado. Seguía las inspiraciones de August Comte. Un siglo antes, a un gobernante que pusiera luces en las arterias de las ciudades, se lo podría llamar Virrey de la Luminarias, o como a Urquiza, introductor de las cañerías de agua caliente en la red domiciliaria de las grandes mansiones. No podría haber nada de malo en ello, en cuanto estas mutaciones técnicas provenientes de un conjunto disperso de hechos basado en ingeniosas investigaciones respeto a la energía, el fluido eléctrico, la combustión, el vapor, el telar mecánico, las vacunas -todo ello llamado genéricamente pero con justicia, revolución industrial. Realidades irreversibles que se acoplaran a las prácticas humanas colectivas, para sacudirlas con nuevas adquisiciones pero a su vez aquellas pesando con fuerza propia sobre las tecnologías, para que preservaran una escala que no inhibiera las iniciativas del sujeto histórico y cultural.

Hoy podemos imaginar que este delicado equilibrio entre la gran tecnología y la voluntad colectiva se mantuvo durante todo el período de la energía natural (carbón, electricidad) sustentando la producción industrial en cadena, a través de obreros parcelarios sometidos a una especialización de por vida regulada por la división del trabajo fordista. Las críticas no se dejaban de oír y prueba de ello es el famoso film de Chaplin, Tiempos Modernos, (1931) que fue considerado por entonces un drástico mojón de advertencia sobre la explotación en plena madurez de la sociedad industrial, aunque las acciones de la película atravesaban tonos de sátira, romanticismo y comicidad. Una década y media después, aparece en la filosofía occidental -bajo el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial-, una crítica a la razón occidental tomando el sospechado nombre de industria cultural, alertando sobre el peligro de que la maquinaria ensambladora, en vez de ser un soporte o un procedimiento material, reemplazara no como armazón sino como contenido a todo acto u obra que se recociera como parte de una creación artística. El cierre de ese período donde el antiguo concepto de mercancía ya significaba el cierre de la autoconciencia de la humanidad, se produjo en gran parte con la eclosión en París en mayo del 68, cuyo debilitamiento casi súbito fue acompañado a distancia por el modo en que en los países entonces llamados del tercer mundo, se reprimía salvajemente a las expresiones armadas que recogían una racionalidad emancipatoria. No obstante, estas últimas no se habían planteado plenamente la cuestión de los dominios tecnológicos en la esfera de la conciencia colectiva.

Esto había sido así, en gran parte por la influencia del pensamiento tercermundista pasado por el cedazo de las izquierdas nacionales, núcleos de ideas muy difundidos entre las militancias sudamericanas. Se cuestionaba la crítica al hombre consumista europeo que hundido en un festival de mercancías ablandaba su conciencia histórica y hacía pasar a grandes sectores obreros a la esfera de la vida sin utopías. Si los pueblos europeos ya gozaban de los productos del derrame capitalista, los pueblos latinoamericanos debían salir de su pobreza sin saltear la justa etapa donde por medio de consumos superiores a la mera subsistencia, pasaran  a tener una vida digna, mejor abastecida. Por lo que las luchas debían tener a la vez en énfasis soberanista de liberación y otro de frentismo nacional con la predominante participación de la clase obrera. El peronismo encarnó a su manera estas nociones de una nación autodeterminada en su producción material y con un formidable engrosamiento del nivel de legislación social igualitarista de modo que sectores mayoritarios de la clase trabajadora se incorporaran a una identidad que mantenía dos épicas, la de la industrialización y el mercado interno; y la de la justicia social redistributiva y la restricción regulada a la acumulación capitalista de las antiguas clases poseedoras. Una traducción no tan irónica de esta situación podría contener una evocación: se trataba de pensar un tipo de acción en las esferas económicas y colectivas a la luz de una probable y oculta consigna, “peronismo y electricidad”.

Una conocida crítica señala que el distribucionismo peronista no llegó a la reforma agraria ni a la industria pesada. No obstante, se construyeron aviones, locomotoras, altos hornos, y el nivel de sindicalización, incluso en el campo, llegó a niveles no igualados por ningún otro país latinoamericano. Pasión por el desarrollo tecnológico y política de masas en estructuras gremiales, caracterizaron el doble brazo del peronismo. El peronismo contenía médulas importantes de lo que después se llamó desarrollismo, en el período final de su primer capítulo histórico, cuando a propósito del crecimiento de la industria petrolífera Perón planteó acuerdos con empresas extranjeras que aportaran bienes de capital que la Argentina no poseía. El golpe de 1955 recogió muchas vetas, la católica en vistas del giro peronista hacia un culto oficial, la laica por el mismo hecho pero al revés -la doctrina peronista como lenguaje devocional-, las derechas conservadoras clásicas por razones obvias y el nacionalismo en sus variadas vetas alegando las decisiones sobre contratos con empresas externas que involucraban perjuicios para la empresa nacional de petróleo.

II

Perón abandona el gobierno sin deuda externa y aun no se había escuchado la expresión FMI. Se puede considerar a este primer peronismo como un proto desarrollismo, sin el uso de esta palabra. Su equivalente era la consigna de la independencia económica, a la que también llegó a llamarse “segunda independencia”. La Resistencia Peronista volcó entonces, durante más de una década, todos los actos producidos bajo ese nombre y en una fórmula de lucha, las nuevas maneras de organización; clandestinidad y multiplicidad de diseños políticos que abarcaran también las irregulares convocatorias electorales. El gobierno de Frondizi surgió simultáneamente de un acuerdo con Perón y de una ruptura en el partido del político nombrado en primer término, el Radical. Desde hacía tiempo, contra una visión meramente institucionalista de este partido, expresada en una abstracta “virtú” republicanista, el frondizismo esgrimía palabras como agroindustria, autoabastecimiento petrolífero, industrialización e infraestructuras de gran porte (ej: puente subfluvial entre Santa Fe y Paraná). El investigador Alain Rouquié observa al pasar que la revista Qué, del frondizismo, tiene sus páginas cubiertas de fotografías de torres petrolíferas. Vaca Muerta aún estaba lejos.

Emprendedorismo y ajuste versión G20

A eso, el peronismo en el gobierno no le era ajeno, como bien sabemos. Quedan hospitales, pabellones habitacionales, el tren de las nubes, la Panamericana, lo que hoy es el Instituto Balseiro, lo que ahora conocemos como Indec, etc. Pero en su experiencia de exilio, destitución, negación del nombre y entrada franca al lenguaje de las luchas clandestinas (Correspondencia Perón-Cooke), va a adquirir una creciente dimensión extra-económica. Las estructuras ya serán como dijo Daniel James (retomando a R. Williams), las “estructuras del sentimiento”. Es la dimensión sacrificial, puntuada por diversas mitologías activistas, y centradas en el resistente armado con el trasfondo supuesto de la espectral, pero no irreal masa popular peronista.

El frondizismo en el gobierno no podrá sostenerse, pues los peronistas lo enfrentan por la ruptura del pacto electoral (y contra ellos se organizarán los primeros planes represivos en gran escala en el país, luego de los ocurridos cuatro décadas antes en la Patagonia) y por su lado, los militares antiperonistas lo acosan, pues sospechan del marxismo superficial que Frondizi había cultivado en el quinquenio anterior. Todo ello imposibilitó que pudiera desplegarse a pleno el énfasis desarrollista, que nunca perdió su carácter abstracto, y solo remedaba lo que sus colaboradores inmediatos llamaban “el último Lenin”, el de los planes de electrificación de toda Rusia y el de la organización racional de la producción. El resultado de ese laberinto desarrollista fue, primero, una importante escisión en el peronismo. Notorias figuras del nacionalismo popular apoyan a Frondizi, como Scalabrini Ortiz y Jauretche. Y luego, el viraje que Frondizi consideró inevitable hacia la política económica de “mercado social” de Alsogaray, donde la expresión “fuerzas productivas” era tajantemente reemplazada por maniobras de lo que entonces, en contraposición a las doctrinas de la Cepal, se comenzaba a llamar “monetarismo”.

Desde ese momento, hasta este brutal presente en que vivimos, esa palabra adquirió tan nivel de “antropomorfización”, que el mercado es lo que habla por nosotros, lo que piensa por nosotros, lo que nos vigila a nosotros y lo que expresa su oscura voluntad indiscernible a través de tormentos surgido de su mente apocalíptica. El mercado habla consigo mismo. “Estoy en calma pero no saben el daño que puedo hacer si me vuelvo loco”. En concreto, los memoriosos recordarán que proviene de esa “voluntad de mercado” la decisión de comenzar a desarmar el sistema ferroviario argentino, que de 40 mil kilómetros pasa actualmente a ocho mil. (1958, Plan Larkin). El fracaso de Frondizi es muy aleccionador y fue también registrado por los grupos culturales que desde un inicio esperanzado apostaron por él (Revista Contorno). El peronismo había sido modernizador pero a través de su coalición doctrinal entre fuerzas productivas y proceso social colectivo.

El ingreso a OCDE, otro corcé neoliberal

III

Frondizi en cambio se situó en el primer término de la ecuación y coqueteó con el segundo, pero ni pudo mantener su primera opción ni concluir con la democratización de la vida pública, concediendo elecciones libres al peronismo proscripto. Este tenía ahora consignas surgidas no de una praxis económica modernizadora sino de antiquísimas expresiones de la política en condiciones de proscripción. El proscripto es una categoría ético política. El modernizador es un planificador de un tiempo lineal, de carácter economicista y expulsivo de la ramificada raíz que todo presente tiene en un pasado encrespado. La sociología refundada en esa época (Carrera de Sociología, UBA, 1957), surgió enarbolando una crítica a la sociedad tradicional en nombre de la secularización de la vida, y diferenciando un desarrollo estructural profundo de una modernización que sería solo un efecto superficial de las superestructuras, que al cambiar engañosamente, podían dejar aún más maniatadas las “arcaicas formaciones histórico sociales”.

Esta crítica era razonable, pero la imagen lineal de la historia que portaba el esquema “de la sociedad tradicional a la sociedad de masas” muy pronto concitó la crítica de los jóvenes profesores de la época, que enfrentaron ese sociologismo apático desde las nacientes semiologías, estructuralismos, gramscismos y nacionalismos populares. El “rebelde primitivo” estudiado por la historiografía inglesa es retomado por Roberto Carri como fundamento de un tipo de violencia popular espontánea, rural y sin conciencia de clase, para que dialogue con otro esquema de violencia, luego desenvuelto por las organizaciones armadas, que rechazan integrarse al boceto de conducción de Perón, que les propone llamarse formaciones especiales, relativizándolas y a la vez dotándolas de una terminología extraída de una bibliografía que a ellas les era ajena. Esto fue causa de un desgarrador debate, cuya conflictividad afectó luctuosamente todo el período. La dictadura militar subsiguiente encarnó un terrorismo de estado cuyas premisas son hoy vastamente conocidas- secuestro, tortura, desaparición de cuerpos, diseminación de un sordo horror en la sociedad como estilo de gobierno-, y una política económica influida por Bancos como el Chase Manhattan -al que pertenecía el ministro Martínez de Hoz-, donde la palabra  “modernización” se  pronuncia con insistencia, para recubrir, entre otras acciones aciagas, el refuerzo de los procesos de endeudamiento iniciados las décadas anteriores, por medio del mecanismo de endeudar las empresas públicas para sostener una abstracta paridad cambiaria.

La historia de época de las empresas públicas argentinas -Aerolíneas, YPF, Obras Sanitarias-, es una de las enormes tragedias económicas del país, desde 1976 hasta hoy. Este endeudamiento permitía el contrapunto pasivo, vía Banco Central, con supuestos créditos que endeudaban el país.  En algún punto de la curva creciente de este endeudamiento -que como el de hoy no dotó de fondos a horizontes productivos sino a la evasión de capitales-, es la decisión de estatizar la deuda privada y privatizar las empresas públicas. El nombre de Domingo Cavallo, que enlaza a los tristes años del gobierno militar con el menemismo y sus postrimerías, ayuda a comprender este proceso de despojo nacional. Un debate siempre abierto reside en la pregunta de si el terrorismo estatal, aplicado en una dimensión catastrófica, clandestinizando el Estado, e ilegalizando de hecho a toda la sociedad civil, fue la respuesta necesaria para asegurar el plan económico de destrucción de los resortes clásicos de regulación del Estado, que venían no solo del peronismo, que los había reforzado, sino de las Juntas Reguladoras de los años 30. Incluso, del período de Alvear, donde se crea YPF y otros órganos estatales, lo que ha merecido en el senado de un recuerdo reciente por parte de Pino Solanas. Alvear, figura antipática al “forjismo”, sin embargo, a la luz del desguace actual, parece un intervencionista keynesiano.

Pero en el debate que mencionamos, no es necesario pagar tantos tributos a la relación causal que en el terreno de la sangrienta y extensiva represión habría tenido la necesidad de implantar el plan económico que bajo el nombre de modernización, eficiencia y racionalidad en el gasto público, reforzó la drástica caída del país en el enredo trágico del endeudamiento y la erosión del producto bruto interno. En realidad, hay que ver el nodo no causal sino contingente, que hay entre economía y terrorismo estatal. Si se mató tanto es porque ello correspondía al modo en que jugaban los poderes militares entre sí (cada territorio controlado a través de la tortura, el cautiverio, el trabajo esclavo y la desaparición de personas) lo que pertenecía a una economía del control de las vidas, su servidumbre y aniquilación, habiendo allí una plusvalía que administrando la muerte fortalecía el poder en las tinieblas. Hay pues una explicación inherente a las exigencias de la guerra sin reglas -el terror explicado por el propio terror sin capacidad de pensarse a sí mismo-, antes que un acatamiento a las necesidades del “Plan Martínez de Hoz”, que, con variantes, se despliega hoy con otro modelo represivo.

IV

Quizás pueda decirse que un peronismo con sus cuentas históricas sin saldar y sin ninguna idea reparadora respecto a la horrible etapa lúgubre atravesada -concluida con el desastre militar en Malvinas, continuación bélica del viejo reclamo nacional pero producida por torturadores y sádicos-, no podía ganar las elecciones de 1983. La figura de Alfonsín, apelando al prólogo de la Constitución y luego a la expresión Nunca Más, logró un ámbito de fuerte receptividad en casi todos los estratos sociales, que interpelaron fuertemente a un desconcertado peronismo. No obstante, en la tarea de ser fiel a su slogan de campaña contra “el pacto militar sindical”, motivó el descontento gremial del viejo movimiento “invertebrado”, cuyo tema eran los ajustes que el gobierno debía practicar, siguiendo una constante que no hizo más que agravarse después con Menem y mucho más acentuadamente si cabe, con Macri. Sin embargo, la política económica del ministro Grinspun, influido por el pensamiento cepaliano, intentó poner un freno a las injerencias del Fondo Monetario, en una atmósfera de muchas dificultades. Si Alfonsín había tenido un éxito cultural destacable al dar el nombre de “utopía” a los desafíos de crear una nueva democracia que mirase privilegiadamente a la cuestión de los derechos humanos -tema que reaparece como una epifanía-, en el plano económico tenía de lidiar con los efectos de la estatización de la deuda pública, el crecimiento de las tasas de interés en el mundo y las pérdidas de reservas del Banco Central. Micro retrato de los días de hoy, donde esto no ocurrió en contra de la voluntad de un gobierno, sino porque este mismo gobierno lo quiso.

Macri convoca, la derecha regional responde

El cuadro del alfonsinismo se agravaba por el pago de divisas  a las empresas endeudadas que habían adquirido seguros ante devaluaciones previsibles, con lo que el gobierno, ya sin Grinspun, debió navegar entre sus innovaciones politológicas y la realidad económica nacional e internacional, que no le permitía moverse al margen de los condicionamiento de la deuda, que se reflejaba en la ventriloquía que ya ejercía el Mercado respecto al facto “confianza”, fantasmática moneda simbólica con la que ya empezaban a jugar los canales de televisión en manos privadas. Es el comienzo de programas como los de Neustadt y Grondona, que trazando una amplia curva que termina en los controles mediático judiciales y financieros fusionados ahora, ya iniciaban las tutorías penumbrosas que se le dirigían a los gobernantes. Pero todo puede degradarse, y de aquel dúo conspicuo hasta Leuco, Majul o Intratables, todo se ha hecho más turbio o viscoso.

En este período, se reinicia -pues tenía fuertes antecedentes en la época de Juárez Celman (1890) y en la campaña del Diario Crítica contra Yrigoyen (1928-30)-, la prédica “anticorrupción”. Se trataba entonces de un caso menor, pero la palabra que salía de un carcaj de flechas envenenadas surtió su efecto. Obviamente, decir “corrupción” es una palanca teológico-política que designa el mal. Se la puede usar con múltiples propósitos, con y sin pruebas, con y sin argumentos, con y sin razón, pues su esencia es ejercer la intimidación pública y no el aumento del terreno de virtudes cívicas en la gestión del Estado. Para Menem nada de esto significaba un problema, pues estaba dispuesto a avanzar un paso más en la práctica de la mentira política -muy bien estudiada por Hannah Arendt-, y prometiendo un absurdo malvinazo, terminó practicando un golpazo de timón con una alianza premonitoria con la casa Bunge y Born, complejo símbolo de la aristocracia capitalista exportadora primaria argentina. El “converso” pasó a ser un personaje central de la existencialidad política. ¿Qué faltaba ver todavía?  Vuelve el tema de la modernización de la mano de la Convertibilidad de Domingo Cavallo, cuyo discurso era una “tablita fija” por la que se quería mostrar que era el único modo de controlar la inflación. Se trataba de una sobrevaluación del peso que hacía irreal todo trato económico serio en cuanto a las competencias del país en vistas a la producción y capacidad de recibir importaciones sin daños a la producción local y al empleo. La palabra flexibilización laboral resuena con su vengativo tañido sobre la cabeza de millones de trabajadores. Para colmo, en el pasaje a la responsabilidad estatal de la deuda ya acumulada vertiginosamente, pasaban también los pasivos de sucursales de empresas multinacionales. Menem, hablando en nombre del peronismo y de los caudillos del interior -en la mímesis con uno de los cuales canceló su propio rostro-, fue un adalid de la causa de la modernización. Este vocablo-programa ya adquiría, como las patillas del mencionado gobernante, un aspecto intimidatorio hacia todo lo que de digno y productivo había en el país. Su recorrido de alegóricas trapisondas fue desde Juan Manuel de Rosas al Almirante Rojas. Artefacto inusual de la historia argentina, Menem pudo ser reelecto en el país de Trapalanda.

V

Como una demostración más de lo que significaba la cuerda de acero tendida por la convertibilidad, símil de una devaluación o antesala de lo que se invoca ahora como dolarización, los sucesores de la Alianza con el inútilmente pomposo De la Rúa, cerraron todos los eventos conocidos en los términos de una gran estupidez, sumisión y rastacuerismo. El pago de votos para votar una ley antiobrera, y la crisis definitiva de la convertibilidad, generó por reacción popular, el espíritu asambleístico -incluso con proyectos de asumir el poder político bajo el sistema de asambleas comunales a la manera de las grandes revoluciones mundiales-, concluyendo todo con tumultuosas jornadas cuyo resultado final fue la fundación del kirchnerismo como “anomalía”, en el decir de Ricardo Forster, ocupando un pliegue histórico que surgía del interior del peronismo, arrastrando sus sectores más despiertos, y abarcando un sector social también muy amplio, de pasadas militancias de izquierda o centro izquierda, que se sumó a una alianza de hecho. Era una alianza fáctica de carácter reformista, ingeniosa, movilizadora y atrevida. El carácter personal de Néstor Kirchner, bromista, cachador, imprudente y aceptador unánime de riesgos, contribuyó para estirar los alcances del kirchnerismo -denominación identitaria que se mostró perdurable-, y a la vez que por su estilo informal fue fuente de diversos problemas. No recuerdo que se haya empleado la palabra modernización, aunque los sectores que se sumaban al kirchnerismo desde la Universidad se caracterizaban por ser estudiosos de la “modernidad”, es decir, lo moderno como una severa interrogación al presente, un acto inconsumado de potencial utópica y un cierto aire de estetización ante la historia. Con él, se podían estudiar los acontecimientos políticos como hechos nunca sólidos ni definitivos, sino auroleados por el azar de una estética que hacía que ningún acontecer de la lucha entre los hombres dejara de buscar correlatos en una sospecha artística o cultural.

El estado de la deuda motivó una preocupación especial del gobierno; todos recordamos las peregrinaciones de Kirchner con sus peculiar fraseo –“a un muerto nadie le cobra deudas”-, con lo que consiguió importantes quitas del monto histórico que el país había acumulado como deudor serial (la historia argentina desde Baring Brothers en adelante -1822-, es de alguna manera la historia de su deuda), provocando el problema que se desataría años después con el sector minoritario de capitales especulativos concentrados, que condensan más acabadamente el modo capitalista salvaje, ya sin ninguna ontología productiva ni secuencia de plusvalías, sino directamente a través de guerras semiológicas, imponiendo condiciones de pago delirantes que tienen efectos demoledores sobre las naciones. De ahí que lo que el capitalismo originario no quiso -el fin de las naciones-, los fondos buitres sí lo desean o directamente lo ignoran. Para ellos, solo con que exista la República del Litio, la República Vaca Muerta, la República de Benetton, La república de Barrick Gold, la república de TN, la República de la Soja perdida, u otros desglosamientos, el mundo seguiría igual y más feliz. Con este suicida pensamiento, no solo la economía quedaría sin tejidos culturales sedimentados, sino que la economía se privaría de su gallina de los huevos de oro, sin capitalismo plusválico, existiendo solo a través de especuladores cuyo procedimiento es la rapiña avalada por un sector jurídico -los jueces Moro o Bonadío de cualquier lugar, ya que el mundo sería cualquier lugar-, y aunque con vergüenza, por un sector comunicacional que aun intuye que la extinción de los conglomerados nacionales-culturales podría ser también la extinción del lector y de las mismas comunicaciones, transformadas en una condensada batería de bits financieros con penalidad a futuro, y nada más. Un mundo así de invivible, lo comenzó a encarnar el macrismo, y este grupo de intrigantes y ambiciosos sí dijo modernización. Lo dijeron y crearon un Ministerio con ese nombre -ahora abolido porque no era necesario. Porque todo lo que hacen y respiran es modernización como sinónimo de destrucción de instituciones públicas, constreñimiento de la vida política democrática, restricciones presupuestarias, baja masiva de empelados, creación de situaciones de desocupación, cierre de establecimientos industriales, desprecio al trabajo, inutilidad de los acto s de conciencia, racionalización mecánica de la actividad humana entendida como rendimiento, incitación a empresarizarse como simulacro perdonavidas a aquel que fue desligado de sus ocupaciones vitales y lanzado al desierto del microemprendimiento, que si existiera, sería porque las demás precondiciones para que lo haga, no deberían ser atacadas por los mismos que lo promueven. Lo hacen sin embargo al atacar la herencia  clásica del trabajo manual, intelectual y simbólico.

El balance y juicio ecuánime de los gobiernos Kirchner está por hacerse y se amasará con las opiniones que proporciona esta problemática actualidad. Se toleraron o alentaron ciertos focos neo-desarrollistas; el ambientalismo fue mencionado para las papeleras del rio Uruguay, pero no para las mineras cordilleranas. Muchas más cosas podrían decirse en este sentido. No obstante, el kirchnerismo fue una democracia viva, desprejuiciada con los mundos ideológicos, que no abandonaba ni regulaba, incursionando en experiencias no previstas en plan alguno. De ahí sus decisiones que parecían súbitas, y lo eran, pero al cabo surgidas de largos debate anteriores que el kirchnerismo apenas sospechaba. Pero encaró una decisiva Ley de Medios, traspasó los fondos de pensión nuevamente al Estado, inhibiendo un formidable negocio financiero, forjó el Unasur, protagonizó la gran reunión contra el Alca en 2005, se orientó intuitiva pero aceptablemente en un mundo multipolar con guerras latentes de todo tipo, redescubrió los derechos humanos llevándolos más lejos que Alfonsín sin dejar de homenajearlo en vida. De alguna manera, sin decirlo, su referencia anterior era este presidente, al que puso en una escala digna en relación al procerato peronista de los orígenes. Por otro lado, el pensamiento de la modernización está verdaderamente en otro lado. Veamos dónde. Como vimos, modernización significa ajuste estatal y desdicha popular, sin que se respeten las conquistas tecnológicas de la ciencia del país, pues éstas también han sido dramáticamente limitadas -en una demostración de renegación de la soberanía que nadie había practicado hasta el momento, salvo aquellas inverosímiles palabras del hijo de Roca en 1933 ante el problema de las carnes. En esta acepción, entonces, es un pensamiento que abarca a una parte importante del peronismo institucional, que acepta que el gobierno lo denomine “republicano” o “racional” para hacerlo un símil de sí mismo. Su otro, su relevo tolerado u ordenado por algún juzgado de Nueva York.

Con esos dirigentes es imposible contar hoy, han hecho estallar un nombre. Junto al gobierno que se “peroniza racionalmente”, el peronismo institucional se “macriza espiritualmente”, y a ambos lados del republicanismo inventado por algún vodevil televisivo guionado por una doctora en leyes, ya sabemos cuál, por lo menos en las leyes de la intriga y la injuria conspirativa calculada, desean protagonizar la modernización relacionada al laboratorio químico que invente la grajea contra los daños que pueda hacer un político si se “vuelve loco”. La historia no tiene acompasados sus afluentes económicos con sus dramaturgias políticas. Nada menos parecido a la historia que el pensamiento desarrollista o modernizador en cualquiera de sus variantes. Los modernizadores de hoy, primero citaron a Frondizi -hay un Frigerio en el gobierno-, pero no se animaron… ahora hablan de una crisis de 70 años. Abarcan al peronismo todo, menos sus dos años iniciales, y también los dos primero de Macri. Además de ofender a muchos de sus aliados peronistas, es una muy mala medida, la historia como un juego numérico estúpido, propio de quien lo juega. En cambio, sí se puede periodizar según las políticas del FMI y ante el FMI, o con los estilos militantes del trágico decurso del ser político. Vemos a Cristina, lúcida en sus análisis o intervenciones, módicas a su manera, y con las que se puedo o no coincidir en matrices o fundamentos. Pero no se puede dejar de sentir en lo íntimo su abismal diferencia en cuanto a qué significa su presencia como núcleo de una recuperación a través de la dignidad del perseguido, respecto a la despreciable figura gubernamental, encarnada por cierto personaje cebado de carroña y heno.

El macrismo tiene un habla de sobrevuelo, no toca ningún problema pues teme contaminarse de historia sin saber que ya están envenenados con la ausencia de significado real -es decir, político o histórico-, de cualquiera de sus decisiones. Deja que a los problemas los creen las medidas económicas que están obligados a tomar. Hacen el mal indirectamente, desde una pizarra lejana. Encadenaron al país, niegan todo pasado, se aferran a un plan que ni siquiera saben operar en sus propios términos de desguace de la madeja social argentina, dejaron que se escurriera por cualquier escotilla de necedad política la misma idea de sustentabilidad mínima del país, su piso irregular, quizás maldito, pero existente respecto a su soberanía. Son unos fracasados y nos llevan al abismo. Pero hay que impedirlo, entre otras cosas, reaprendiendo a escribir nuestra historia por todos sus lados asimétricos, su maldito precipicio donde se hallan las luchas sociales y los héroes que conmemoramos, y el lenguaje apto para contar de qué modo destruyen la economía real, la economía colectiva, la economía de las vidas, las lógicas de la reproducción social de una nación y la teleología de su homo faber.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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