De Buffalo Bill a Trump

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Horacio González analiza el desconcierto producido por la toma del Capitolio y da cuenta de las tensiones que este hecho pone en evidencia, tanto en el territorio estadounidense como en relación a los países más castigados, entre los que se encuentra la Argentina. 

Los acontecimientos del Capitolio norteamericano desconciertan. Juzgarlos nos es fácil, porque decir que se puso en riesgo la democracia, es cierto, pero esto era así ya desde mucho antes, debiéndose agregar que definir qué es la democracia hoy en los Estados Unidos es un desafío más insondable que el que sintió Tocqueville en el siglo XIX, que festejó el uso popular de los ferrocarriles y la facilidad para entrar a los restaurantes y hacer un merecido pedido. Decir también que Trump es inestable, como lo califican sus adversaros demócratas, para no decirle directamente loco, pasa por alto que el histrionismo abusivo de este extemporáneo político se sitúa como los bailarines en la cubierta de un barco que se hunde, sobre un agotamiento del equilibrio de “gran potencia imperial” entre sus secretas finanzas globales, su disminuida vida productiva y la avidez de sus grandes empresas informáticas. Tampoco la crítica progresista, que con razón percibe con justificable asombro la presencia de los disfrazados en el Capitolio -un ultraje institucional que hasta entonces no estaba en la memoria pública-, no llega a adentrarse acabadamente en las significaciones corrosivas de ese hecho, donde no es adecuado decir que la policía no actuó, pues la mayoría de los muertos fueron de la troupe invasora.

En las últimas décadas, una porción no mayoritaria pero sí muy activa de las militancias racistas ultra míticas se fue reencontrando con las reflotadas tradiciones del Ku Klu Klan, la organización que luego de la Guerra Civil tomó a su cargo la violencia étnica sistemática. Esta nunca desapareció, sino que fue arrinconada legalmente, pero estaba latente y resurgía periódicamente. Trump la alentó; así como los movimientos sociales afroamericanos y feministas de izquierda democrática resurgieron en los últimos años, resistiendo ahora no solo a organizaciones conjuradas de propietarios blancos, como era el Klan, sino a los policías estaduales que de algún modo heredan esa grave nota racista,

Los partidarios de Trump emplearon formas carnavalescas para tomar el Capitolio -sus armas fueron el disfraz, la evocación de simbolismos sureños, escenas hollywoodenses, del comic, de la “conquista del Oeste”. O sea, el folletín sangriento y la crónica sarcástica de la historia de la Nación, lo que marca un punto de gravísimo alerta para la función política. Su decadencia fue exhibida a pleno, pero yacía en las entrelíneas no demasiado ocultas de todo el proceso anterior, incluido Obama y los Bush, que ahora se muestran escandalizados. Por supuesto que la mutación que hubo desde los años de Kennedy siguió una dirección que permitió el pasaje del político de partido al político que venía de Hollywood. Aunque antes hubo un político alrededor del cual sobrevolaban trágicamente las actrices más conocidas del momento. En la era Kennedy se fortaleció la alianza con la industria cultural más poderosa del mundo, encarnada en ese momento en la presencia de Marilyn Monroe en la Casa Blanca, tema de insospechada hondura que Norman Mailer trató libremente en su biografía sobre Marilyn, en un gran escrito conspirativista, aunque sus inexactitudes de todos modos eran verosímiles, sobre todo a la luz del asesinato de Kennedy. Trump fue el primer presidente que fusionó ajustadamente la política con un tipo de actuación surgida de su propia preparación espontánea para el show hiperbólico, inspirado en su vestuario de corredor de seguros, las largas túnicas negras de sus sobretodos, sacadas de un spaguetti western de derecha.

Esa relación con los grandes mitos de la cinematografía y el poder se exacerbaron con Tump. Pero él las encarnaba en su propio cuerpo. Ejerció la presidencia con una gran veta actoral con gestualidad de clown tipo “mussoliniano”, y quizás con una referencia a la época de Buffalo Bill. Como se sabe, este era un agente de correos, joven soldado del Ejército del Norte en la guerra civil, luego cazador de búfalos para alimentar a los obreros italianos que construían las extensas vías férreas que cruzaban los desiertos del Oeste, y luego actor teatral que representaba, tanto en Estados Unidos como en Europa una suerte de drama de “reconciliación racial” y al mismo tiempo una exhibición circense de habilidades de equitación, que encantaron a la Reina Victoria. La leyenda de Buffalo Bill era parte del “crisol de razas” norteamericano. Ahora, esa leyenda se deshizo, pero no su énfasis teatral, que arrumbó definitivamente la política. Los escritores de The Federalist, Jefferson, Madison, todos ellos fueron masacrados lentamente, no solo por Trump. La fina teatralidad de salón de los Kennedy fue el último rasgo de que hacía verosímil la coalición aceptable entre las Grandes Imágenes, los enormes íconos erótico-épicos de la Industria creadora de Leyendas, y el Poder político.

Trump estaba arruinando todo. Acudía a otras leyendas, la épica del racismo del vendedor de inmuebles. Pero está épica tenía en su haber grandes realizaciones, estéticamente memorables, políticamente horrorosas. A veces se trataba de toscas posiciones políticas pero surgidas de un cine innovador (Griffith, 1914) y otras veces de una elegante melancolía, pero con logros artísticos, como en Lo que el viento se llevó. Trump no cultivaría esos recursos que aliaban racismo a arte industrial de masas. Lo suyo fue apelar a la gesta de los patanes, pero bajando un escalón más respecto a donde habían dejado la cuestión Reagan y John Wayne. Filmes innovadores como El nacimiento de una Nación de Griffith eran sin embargo una apología del Ku Klux Klan,  mientras que la posterior Lo que el viento se llevó, era una gran manifestación sobre el estilo aristocrático de las grandes familias algodoneras del derrotado Sur, pero los delicados enredos románticos no ocultaban los estereotipos nostálgicos sobre el destino de una clase blanca dominante y una raza negra que era tolerada solo si expresaba el servilismo bajo el cual fue educada por la gran patronal terrateniente y benevolentemente esclavista. Todo ello marcó la cultura social con el peso que tenía Hollywood en la vida general norteamericana, y sobre estas discusiones solo Trump fue capaz de imprimir un sello volcánico, la brusca reinterpretación de la historia norteamericana poniendo en su centro una reconstrucción nacional caricaturesca pero con una base social real, desocupados blancos que representaban un ex proletariado industrial ahora apto para una gesta de supremacía racial, con armamento propio de alto calibre en sus hogares, y con una fuerza nostálgica  que no era la melancólica estancia “Tara” de la Metro Goldwin Mayer, quemada cuando el Sur fue derrotado por Lincoln. Ahora se trataba de que el imperio financiero se reconociera en el espejo del racismo antes de que en las películas de Robert Redford.

El racismo de Trump desde luego es un regulador del mercado de trabajo, al igual que sus arengas malhumoradas. Es un ordenamiento laboral por la violencia, así como el ordenamiento educativo se va acomodando al terror que lo puntúa cíclicamente, con episodios de irrupción de vengadores que masacran al montón. Es lógico que para los mismos fines, el capitalismo meritocrático precisa menos neurosis en la política y menos tiradores especializados, adolescentes que entran en sus escuelas con la crítica de las armas. Trump no ofrecía sino una nueva coalición empresarial guerrerista con sus disfraces a la vista, todos tomados de una versión bufa de la Epopeya Yanky, “contada por un loco en medio del sonido y la furia”. No obstante, esta frase de Shakespeare que utiliza Faulkner en una de sus grandes novelas sobre la saga sureña (formidable retrato familiar envuelto en un balbuceo de delicado desquicio, un primitivismo de gran fuerza) ni siquiera es capaz de describir adecuadamente lo que representa Trump. Sus gruñidos de patán exacerbaron a los sectores progresistas y lo terminaron enfrentando con la gran prensa -que hacía bastante editorializaba contra sus extravíos-, y ahora con las poderosas corporaciones de la “economía de la información”, que llegaron a prohibir sus comunicaciones, por primera vez en su supuesta cruzada a favor de la libre expresión garantizada por las “redes”.

He aquí a Trump como “victima” de un valor esencial del capitalismo informátíco. Este se basa en el ciudadano informatizado que usaba las “redes” para expurgar su alma frustrada. Impedir la circulación sin trabas de los bytes que encapsulan información era una cuestión que se le achacaba a los totalitarismos, como la vigilancia ejercitada por China sobre Internet. Ahora se la impusieron al desaforado Trump, en un aviso mundial que la vigilancia informática puede ser una nueva categoría de la política mundial, sea quien sea el objetivo. El presidente mexicano fue una de las voces mundiales que se arriesgó a criticar la medida de las grandes empresas comunicacionales, que en este caso asumían las posiciones de la razón democrática ante el espanto provocado por los enmascarados tomando el símbolo donde habita el espectro del Padre de la Patria y del Manifest Destiny. También Merkel ha observado con preocupación que la caída de Trump puede consolidar un nuevo Imperio que ya no precisa de mitos nacionales; ni el decadente de Norte América ni la reglamentaria mirada que Alemania no quiere perder en su implícita supervisión sobre Europa. La turba que ponía los pies sobre el escritorio de los senadores y se limpiaban los dientes con palillos debajo del óleo de George Washington parecía justificar cualquier medio para erigir un nuevo trato para las lógicas del poder mundial.

 

Crónica de una potencia en declive

 

Las imágenes televisadas que todos vimos a su vez mostraron un tema que nos es caro. Manifestantes trumpistas acusando a la prensa. “Ustedes son los culpables”. De este modo, hay una reivindicación flotante que bajo ciertos términos es atendible y justa -contra el papel preponderante de las corporaciones informáticas controlando con sus artefactos específicos las conversaciones cotidianas en los mercados de intercambio de todo tipo de especies, palabras o transferencias bancarias. Aunque en el específico momento norteamericano, estas Corporaciones se expresen, ahora, contra el modo tan escénico y grotesco que encarna Trump, con sus lunáticos y peligrosos caprichos. Como es el síntoma de la frenética decadencia norteamericana en sus instituciones políticas, todo lo que se haga contra él despierta simpatía. No es diferente nuestro caso, pero no debemos pasar por alto lo riesgoso de las armas que emplean los supuestos “buenos”, mostrando también su capacidad de dominio sobre todo tráfico de narraciones y escritos a nivel mundial.

Todo este gran set que Hollywood no hubiera imaginado con tanta exquisitez no puede ofrecernos ningún elemento al cual, en la perspectiva de nuestros castigados países, podamos verle algo positivo. Ni Trump es el paladín incomprendido de los trabajadores desempleados, ni la vasta reacción de una elite progresista -que se prepara a controlar la cadena de mandos “que puedan desatar la explosión nuclear”-, son la garantía en una nueva racionalidad globalizada que retire de nuestros ojos a los histriones que intentan tocar y revivir los nervios profundos de racismo fundante de las naciones. En el célebre film de Kubrick Como aprendí a amar la bomba atómica se anticipan las mismas cuestiones, ya hace más de medio siglo, por las cuales Nancy Pelosi, la presidenta demócrata de la cámara de representantes, ahora consultó con el Pentágono si estaban seguras las cadenas de decisión sobre la puesta en marcha del poder atómico, para preparar el próximo y amable período presidencial.

Quizás esta es una oportunidad de gran escala, única para que las naciones que logren subsistir con dignidad los juegos geopolíticos que alcanzan niveles de alucinación y misterio bastante gravosos -y han llevado la lucha a la salud mundial-, den su palabra autónoma sobre las implicancias de esa historia que nos toca tan de cera. Todos somos conocedores de la cultura norteamericana, sea por el pato Donald o por Normal Mailer, John Coltrane, Francis Ford Coppola, Whitman, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler o Jack Kerouac, y todos sabemos bien, desde la guerra contra España en 1898 hasta hoy, cómo ha actuado el imperialismo norteamericano en los países del sur del continente que compartimos. ¿No es momento, dado que nuestras mejores decisiones políticas ocurrieron cuando los poderes monárquicos europeos o los poderes imperiales norteamericanos se lamían sus propias heridas, de ver el modo de reponer una escena propia de autonomía real y novedosa en la historia mundial contemporánea? De nada serviría interpretar todo lo ocurrido, ciertamente vergonzoso y kitsch, a la altura de las escenografías de Buffalo Bill, como un puntapié en el trasero de Trump dado por los progresistas para poner el poder atómico de EEUU en manos de la racionalidad a la Kissinger.

No se habrán agotado los escarceos de la troupe trumpista, con sus personajes orgiásticos que salen de los deshechos de la propia historia nacional, acentuando ahora teorías conspirativas que son la sal de la política. Pero otros se harán cargo del gobierno del Imperio machucado por dentro en su lenta agonía. Es peligroso, pero a la vez se abren nuevas escenas. El ingrediente conspirativo siempre estará presente (fuerzas no identificadas traman en secreto para que los “buenos” no triunfen) y el lenguaje político habitual unirá datos dispersos con hipótesis muchas veces cercanas a esas tramas de oscuras truculencias. En este caso, Trump con sus mensajes agresivos dirigidos contra enemigos poderosos y secretos (los medios, el establishment), alentó la proliferación de estas bandas y pandillas neonazis, que actúan como una granada con su espoleta suelta, con la que hace malabares en las salas neoclásicas del Capitolio, repletas de mudas e inertes reliquias. Un personaje vestido de Bisonte exhibe sus cuernos a Benjamin Franklin. No tenían nada que envidiarle al Doctor Strangelove anunciando el fin del mundo en la Casa Blanca.

Es evidente que degradan la política y dejan el campo libre a otra forma de los mismos administradores de los grandes núcleos corporativos a los que dicen reprobar. En nuestro caso, las críticas a los medios coaligados con los horizontes más notorios de la reproducción de las finanzas y las operaciones sobre la justicia son el umbral indispensable para recrear políticas autónomas y la vida política misma. En tal caso, la denuncia de López Obrador a las principales empresas del mundo, como Twitter, Facebook y sus anexos, es pertinente. Pero es necesario decir algo más para dar cuenta de la espesura muchas veces inextricables que persisten en esta situación. Las acciones de Trump no pueden ser interpretadas como representativas de un sector laboral perjudicado por el tenor de salvajismo hegemónico de grandes corporaciones. Esto último es una afirmación general que hay que interpretar bajo otros contextos y consignas. Trump no es justificable por más que se haya enemistado con uno de los focos irradiantes más enmarañados del complejo mundial, dedicados al control de la lengua y de los intercambios de todo tipo (desde financieros a amorosos) por parte de sus equivalentes en Giga Bytes.

Tampoco los demócratas, otro partido derruido a pesar del intento de Sanders, deben merecer que nos entusiasmemos por ellos. Pues a pesar de que en esta ocasión están del lado de las instituciones clásicas en contraposición al histrionismo de los aquí llamaríamos “terraplanistas”, representan desde hace mucho tiempo la máscara racional de la cuota en megabytes de agresividad necesaria para mantener el “estado de la Nación”, es decir su agresiva forma imperial planetaria. Ante esto, las políticas nacionales con proyección universal basadas en modos profundos de la democracia y las reformas sociales más necesarias -como es evidente que le tocan ahora ejercer con más vehemencia a nuestro país-, deben munirse de un sentimiento más sutil y mejor evaluado de las tremendas circunstancias que atraviesa la población mundial. No solo por la pandemia ante la cual hay que ser convincentemente estricto, sino también por la crisis mundial del juicio y la razón política, ante la cual hay que ser capaz de fundamentarse histórica y políticamente con más vigor, y ensayar novedosas respuestas. Pues sería posible una más audaz y creativa política nacional, en esta grave hendidura que se abrió en el mundo.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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