De una Guernica a la otra

Compartir

El drama de Guernica obliga a pensar la ley más allá de aquellos que martillean y gobiernan la especulación financiera, de tierras, de medios comunicacionales, de acordadas judiciales, de maniobras políticas de desgaste social. Se precisa una legalidad que no esté en manos del punitivismo, una antropología política que no se deje encerrar entre el golpismo de un juridicismo abstracto y una comprensión sustituta del origen del tema de la demanda genuina habitacional.

Lo que vamos a decir no es ninguna novedad. Hay conflictos marcados a fuego por la condena social que declara incompletos los sustentos necesarios para la vida de grandes contingentes humanos. En estos justos reclamos, hay mediaciones, hay intermediarios. La pobreza extrema se muestra por sí misma. Pero también hay quienes son destinatarios del grito desnudo de los despojados y los que en primer lugar los tratan. Movimientos sociales, vida política en general, gobierno, aparato judicial. Allí donde no hay solo un reclamo laboral o educacional, sino por los dones mínimos de la existencia, por cierto, se mueven representantes políticos, jurídicos y de los movimientos que actúan junto a los desheredados de la tierra, con distintas políticas de canalización de estas vitales demandas.

En ese movimiento de última instancia de los desprovistos de techo (poniendo en la falta de ese abrigo fundamental el cimiento generador esencial de las penurias de fondo), también suelen haber personajes que probablemente le quitan “pureza” a la desesperación del reclamo. Veamos lo que pasa en Guernica, que dicho sea al pasar, el nombre de la localidad fue puesto por habitantes oriundos de esa población vasca bombardeada en los inicios de la guerra civil española. El pueblo de este nombre que se funda en la Argentina es contemporáneo de ese episodio bélico que aun habita la memoria trágica del siglo XX. Permítaseme la obvia pero sentida comparación. Ahora los bombardeados por una suerte de aviación invisible, lenta, destructora como las injusticias del capitalismo financiero suelen serlo, son los que tomaron los terrenos que hoy son motivo de una discusión fundamental sobre el derecho, la ley, la justicia y las condiciones generales de dignidad en el existir.

Pero decíamos que se puede escuchar, entre quienes están relacionados directa o indirectamente con este conflicto de fondo, a personajes que se ofrecen de intermediarios, los picaros de ocasión que medran con los desahuciados –prometen falsas ventas de lotes–, y los desahuciados mismos, que vienen de experiencias largas y profundas con toda clase de mediadores, intercesores, negociadores. Ellos mismos tienen un saber acumulado. Conocen qué momentos les son oportunos, tocan las puertas o despachos a los terceros que intervienen como factores válidos, pues los protagonistas directos no son carentes de ingenio para mantener el mínimo de autonomía, que en tan difíciles circunstancias es tan posible como indispensable. Muchos salen de un lugar precario, donde soportar las duras condiciones de vida es una hazaña que el despojado absoluto sabe encarar, pero aspiran a asentarse en una añorada territorialidad. Y se lanzan a la aventura.

Si aparece en la pesada trama política de un país la fisura disponible, alguien corre la voz, alguien se decide por tomar la iniciativa, y todo lo demás lo hace la pesada atmósfera irrespirable que desde muchas décadas acompaña a un gran contingente humano. Ellos son la expresión de las vidas sin chance, enteramente grises de futuro, ausentes de presente, solo tomados por la ansiedad que los legitima y que les permite calcular el momento. También les permite decir cosas fundamentadas con sutileza sin igual, ante la sorpresa de los medios de comunicación. Los ocupantes de tierra saben –lo saben como nadie– que los llamados comunicadores, son la mediación para que todo evento al que concurren tenga enfoques, opiniones o barnices donde se lucen los esquematismos comunicativos del caso. Pero, aunque los medios concurran con intención difamatoria o provocativa, la cosa se “visibiliza”. “Visibilizar un conflicto” es la expresión que los medios inventaron como parte de su procedimiento elemental y quedó en la jerga social reivindicativa, para bien.

Decimos esto para intentar una primera aproximación al tema. No se puede en una situación de esta índole asumir solamente el punto de vista de la ley y como complemento, señalar que en toda toma hay “avivados”. Porque, como principio de un pensamiento social avanzado, siempre la ley debe ser entendida como un momento anterior que quedó provisoriamente fijado en la letra inmóvil de un cuerpo normativo, hasta que otro evento colectivo impone reflexiones retrospectivas que suponen un consenso nuevo y superior. Un “avivado” no logra nunca debilitar la justicia intrínseca de una demanda colectiva. Carlos Cossio, un gran jurista argentino, decía que el Derecho nos está poniendo siempre en “un tiempo existencial”. No podemos remitir las tierras ociosas de Guernica, ni a la juridicidad que impone la Batalla de Caseros, ni aplicar una ley de la propiedad privada que sería inamovible ante un sufrimiento colectivo, y que nunca se muestra en forma abstracta, sino con en la múltiple dimensión de un arrastre de acciones basadas en la consternación. Aunque este se mediatice inevitablemente por operadores del sufrimiento –que pueden serlo los propios sufrientes– sin que ello retire en lo más mínimo el carácter de justicia primordial que tiene el hecho.

Toma en Guernica: intendentes trabajan en una solución consensuada

La cuestión de Guernica necesita, para resolverse acabadamente, de un Picasso social, político y antropológico argentino, capaz de una pintura que tenga en cuenta todos los tiempos y espacios que esta gran cuestión implica. No es concebible que un juez diga “con el uso de una mínima violencia”, como si estuviera dado de por sí el desalojo con benevolencia, pensamiento típico de las aristocracias que se dan el lujo de tener un día de condescendencia año por medio. O que la condescendiente expresión “dentro de ley” dé por sentado de un modo esencialmente inmóvil, que hay una ley fuera de la temporalidad que señalaba Cossio. De allí proviene el temor de que si se concede un “derecho a la ocupación” se “viene todo el conurbano encima”. Son todos pensamientos que surgen de la vida política, en donde hay que incluir la visión de los que desearían que el gobierno no encuentre las medidas y sensibilidades necesarias para el imperio de la justicia en esta materia de la política de tierras.

Quienes anhelan un fracaso gubernamental en una cuestión tan estratégica –el drama habitacional argentino, que como se dijo en principio, es una cuestión social antes que una materia de seguridad y de rudimentos del derecho–, tampoco se sitúan en un plano que contenga a la vez cuestiones de reconocimiento público de una resolución, que sea asistida por un derecho social renovado. Se precisa una legalidad que no está en manos del punitivismo, una antropología política que no se deje encerrar entre el golpismo de un juridicismo abstracto y una comprensión vicaria o sustituta del origen del tema la demanda genuina habitacional.

Lo genuino pasa a ser entonces también un tema político y jurídico sujeto a interpretación. El respeto a la propiedad privada, que el gobierno necesariamente mantiene, no se desmerece, por el contrario, se enriquece a la luz de la propiedad social, que permite la acción del estado sobre las propiedades a las que se les podría poner un impuesto potencial –como decía Giberti hace décadas, referido al hoy olvidado impuesto potencial a la tierra–, o indemnizarlas luego de mostrar al volcarlas para su uso social, que se repone un sentido comunitario que la fuerza política que gobierna está obligada, por tradición y necesidad actualísima, a defender. Si no es en este momento que lo más sujeto a interpretación que hay, es la misma idea misma de ley, no se comprende cuándo se avanzará decisivamente en la resolución novedosa y considerada de este conflicto. Porque si no, se lo deja confiscar por una concepción jurídica que deja en la oscuridad el hecho de que ella misma puede originarse en intereses de clase o de una sectorialidad no declarada, en vez de referirse a una “valoración jurídica”. Otra vez Carlos Cossio. Valoración jurídica que hace que cuando se va al Juez no necesariamente se va a la justicia –como se equivocaba Aristóteles–, sino que se va hacia un dilema entre valores donde se tensa una subjetividad social.

Subjetividad social encarnada en cada caso por jueces, políticos, personas vinculadas al gobierno o a sectores acusatorios de cualquier medida del gobierno, incluyéndose allí a ámbitos que invocan un sentir de izquierda, que ya está impuesto como un esquema a priori, en vez de surgir de una resolución que acuda a valores –acción racional respecto a valores–, a los cuales puede recurrir cualquiera de los protagonista del conflicto, para crear otros horizontes intelectuales para el derecho social de usufructo de la tierra en este vasto país.

Por eso, en el caso de Guernica, es toda la sociedad la que se flexiona hacia ese punto de convergencia de todas y cada una de las notas de un pentagrama que hay que interpretar como una música de la justicia social, que no ve a la sociedad en abstracto, sino como un ente que cada vez se sitúa en un punto donde convergen las múltiples contradicciones, desde las militancias más activas hasta las rutinas de un Juez. La señora Carrió ve sitiado el Palacio de Tribunales por cien automovilistas y dice “habló la sociedad”. La abstracción aquí se hace notar; es nítida pero no saludable. En cambio, en el caso d Guernica una sociedad concreta está hablando, y cuando un juez o un sector policial pronuncia la palabra ley, hay que entenderla del mismo modo en que Carrió dice “sociedad”. Una abstracción interesada fraguada por las lógicas especulativas que hoy lo presiden todo, con toga y martillo sentencioso. Martillean y gobiernan la especulación financiera, de tierras, de medios comunicacionales, de acordadas judiciales, de maniobras políticas de desgaste social. Para ver en el drama de Guernica un hecho concreto de múltiples inflexiones, hay que pensar la ley a través de un modo de conocer a que tipologías de la existencia social concreta responde. Si brota de este hecho crucial algo nuevo, la ley que salga de allí estará encarnada entonces no en una inercia interpretativa que repite incisos sin privarse de la palabra represión, sino surgirá como hija de un sentido superior de justicia. Y esta misma, acompañada de una valoración de nociones mínimas de igualdad social en la posesión de bienes indispensables a la reproducción viva de la sociedad, como ente real encarnado en existencias concretas.

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 28/10/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto