Decrepitud del tiempo

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Horacio González se pregunta en este artículo si las nociones vinculadas al carácter de las personas llevadas a los rangos más elevados de la vida política se trasladan al carácter de las decisiones de una sociedad compleja. Retrato de una época en la que la forma de vida anterior desaparece y las armazones políticas clásicas pardecen de una profunda debilidad.

La Tecl@ Eñe.- Nunca el tiempo se acaba, pero es un misterio, nuestro misterio favorito, pensar el tiempo como un ahora, un súbito reclamo de ya no dar más. Una voz se levanta y aprueba la frase. Dice que hay que interpretarla como una defensa del político que espera su tiempo, que lo madura, lo acaricia, lo ve en largos plazos, hasta que llega su hora, la que entrevé apenas entrecerrando un poquito sus párpados. Un rumbo que milenariamente ha seguido la política es la espera de los acontecimientos que se presenten por fin con el rostro dadivoso. Mi propia voluntad, en este caso, contaría poco. Reemplazo una vocación de afirmación, un ansia de poder, por una demora que “a la larga o a la corta” me será favorable. ¿Contra eso, no vemos de inmediato levantarse de su asiento al disconforme, al crítico, al que pide ir a las cosas ya? ¿Acaso no se ven los peligros que acechan? Un tanto ciceroniano, ese crítico, dice que hay abusadores de la paciencia que exigen ya el rayo fulmíneo del poder popular.

No estamos en una asamblea de girondinos y jacobinos, pero si lo estuviéramos, se escucharía desde un rincón de la sala a otra voz, diplomada y con una toga al viento, que sin entrecortarse nunca, formularía consejos de madurez en el juicio, sabiduría hacia los ancestros y prudencia para con los modernos. ¿No se perciben esos poderes mayúsculos que están todo el día prontos al ataque, creciendo en todo el mundo, esperando que les demos el pretexto para actuar? “Somos débiles, no tomemos las medidas extremas que ellos esperan para darles un pretexto final”. Si la política es una embarcación que mueven hacia un lado los que se presentan a sí mismos como la alternativa de “dar tiempo al tiempo” y hacia otro lado los que pretenden -secesionistas-, que procedamos con urgencia, que vienen ya por nuestras cabezas, estamos entonces dentro de una discusión conocida, archiconocida, que nos envuelve con sus hilachas aun frescas. ¿No es esta la misma discusión, pero hecha en otra época, en otro lugar, por otros personajes vestidos de manera diferente, pero que en un pálido resumen, nos hace ver por un lado a los que se perciben dentro de un tiempo en que maduren las brevas -tiempo lento, retenido? ¿Y por otro lado los que desean un actuar con demoras, pues es la alocada precipitación lo único que no va a corroer el alma, es decir, nuestro espíritu político?

Por eso nos falta escuchar aún otro argumento que habita la sala de reuniones. Y esta vez alguien dice que esta discusión ya la conoce, ya la vio, ya está saldada -así dijo, saldada-, que hubo una época que todos recordarán en que se hablaba de retardatarios y apresurados, y sin duda esos dos conceptos encerraban una férrea contraposición, pero quizás no tanto, eran énfasis, por cierto, muy notables, pero dentro de una misma concepción histórica. Nuevamente, y no se asusten por estas greguerías tan directas, se trataba de jacobinos o girondinos, pero todos dentro de una misma concepción de “revolución burguesa”. Entre paréntesis, había alguien que tenía la llave final y por lo tanto el derecho a criticar ambas alas de la razón política, los que deseaban la tensión del presente que pondría en peligro el futuro o un futuro realizado con paciencia que pone en un hilo de indiferencia al presente. Ese Uno estaba entre él y el vacío.

¡No, cómo nos vamos a asustar! Si nos consideramos exentos de cualquier preocupación sobre cómo se hablaba en un mítico tiempo anterior y cómo se habla hoy, es porque no le vamos a arrojar a nadie en la cara el bofetazo de su supuesto anacronismo. Es cierto que los grandes cambios se suceden cuando se cambian los escenarios y las lógicas de las tablas -sean teatrales o de ajedrez. En su absoluta totalidad, o subsumidos en ella, en esa totalidad que apenas llamamos la realidad -poniendo cierto énfasis en esta última palabra-, esos son los límites del juego que nos ha tocado. Por lo tanto, la disputa se asemejará un poco, todo lo poco que sea suficiente como para hacerla existir, a una disputa caracterológica. El carácter de los líderes pertenecerá a la época y ésta a ellos, en la medida que ellos hagan las maniobras suficientes de adecuación. Tema bien maquiaveliano. Los de carácter apresurado o los que exigen prudencia, y citan tal o cual caso de la historia para hacer valer su prisa o su retardo, serían a la vez biografías políticas de carácter, y el carácter de una época. Quizás…

Dos ejemplos, para amenizar el asunto en cuestión. En 1955 en rueda de generales -todo esto, versiones de versiones que se leen en crónicas de la época-, al general Perón se le dice. “Yo si fuera usted resistiría”. Es la señal que le emiten los llamados generales leales. “Yo que usted también resistiría”, responde Perón. Si no me equivoco, lo cuenta el mismo Perón en “Cuándo, cómo y quienes me derrocaron”. Quería decir con esto, que su posición era única, intransferible. Que su responsabilidad era inaudita y no relacionable con ningún juego de fuerzas -ya que numéricamente éstas le favorecían-, sino que tenía que ver con el impalpable riesgo al que sometía a todo un legado, a todo lo “acumulado en el tiempo”, por así decirlo. Perón, si no fuera Perón, hubiera luchado, pero no lo hacía porque no podía desacatar un destino, un carácter, una forma del tiempo que le parecía inherente a su propia vida.

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No sé si soy claro hasta aquí. Pero antes de preocuparme por eso, ofrezco otro ejemplo, al pasar. Cierta vez, en un programa sobre la vida de Salvador Allende, una cinta en blanco y negro daba el testimonio de un obrero socialista chileno: “Chicho tenía que haberse escapado de esa trampa del palacio de la Moneda, y desde afuera encabezar la resistencia. ¿Por qué se suicidó? ¿Por qué no hizo como Perón, años de exilio para trabajar en un regreso triunfal?”. Palabras más o menos, este obrero socialista chileno alteraba la historia realmente ocurrida con un imposible, pero no con un impensable. Pensable pero imposible. Perón no era un suicida. Allende era un suicida. De un modo diferente, que era señalado por tan distanciadas concepciones del tiempo, ambos eligieron maneras bien heterogéneas para ser recodados. Hoy se nos hace difícil, salvo como entretenimiento banal, pensar que hubiera sido Chile sin el suicidio egregio de Allende y la Argentina sin el largo exilio, urdiendo y destejiendo planes de operaciones de Perón.

Con todo esto quiero preguntar si las nociones vinculadas al carácter de las personas, por lo menos las que aquellas llevadas a los rangos más elevados de la vida política, luego de conocidos y desconocidos escarceos con todas las texturas políticas, se trasladan invertiblemente al carácter de las decisiones que se deben tomar en una sociedad compleja, en un tiempo de genéricas y singulares acechanzas a la vida tal como fue conocida años atrás, y desde la profunda debilidad de las armazones políticas clásicas -sobre todo en los estados periféricos-, ante las nuevas coaliciones de la industria digital del “Envío” (envío de palabras, paquetes, mensajes, íconos, imágenes, cuerpos). Todo objeto o sujeto es traducido a paquete de signos que se encriptan y desencriptan en una atmósfera sin tiempo, sin territorio y sin destino. No hay tiempo que preferir a la sangre, no hay sangre que privilegiar respecto del tiempo. Pero visibles o invisibles, estas chucherías están, porque estar están, y de repente nos abruman con inyecciones que se van ramificando por dentro de nuestros ojos enrojecidos.

Ahora, una breve y sumaria caracterología biográfico-política, a partir de cierto énfasis del vocabulario público que exponen nuestros políticos. El “estoy persuadido” de Alfonsín indicaba que el hablante se percibía a sí mismo como poseedor de una virtud republicana, que por tenerla él, estaba en posición pedagógica para infundirla, persuadiendo a los otros. Perón había logrado otras pedagógicas muy recordables. “Llevo en mis oídos”. “Llevo grabado en mi retina”… ojos y oídos que hacían de todo el conflicto una corporeidad sensible en movimiento. Son los ungüentos previos a la democracia sin los cuales ésta no sería posible, pero también formas colectivas de percepción tamizadas por el Estado mismo. Veamos el “vengo a proponerles un sueño” de Kirchner.  Discurso tomado de otros discursos, importando menos una posible reiteración o préstamo súbito, que la circunstancia del que viene, viene en un venir inopinado, que trastoca los balances conocidos y entonces, al vacío político lineal, le propone otro vacío mayor y más interesante, la política como arte del abismo. No es un veni vide et vinci, sino una puesta escrita en los papeles al viento de un “reciénvenido”. ¿Y Cristina? Ya se habrá notado una característica que parece minúscula, apenas una pieza redundante y chiquita de su oratoria, esos “porqué” que se van extendiendo en la vocalización, entre afirmación y afirmación. Porqueeee…

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Es la oradora buscando en el tiempo, en el tiempo del discurso y en el tiempo de la historia, razones de fondo, explicaciones, escurridizas causalidades. Uno diría que todo político las debe tener preparaditas y empaquetaditas. Pues no es así. No se ausentan las afirmaciones vivaces, el énfasis en el concreto histórico sobre el cual hay que modelar otra sociedad. Pero los fundamentos de tal actitud nunca están del todo claros, pues hay que trazar senderos en bosques muy tupidos, insinuar ciertos atajos (que no le gustaban a Alfonsín), saber que habrá resistencias recurrentes del macizo central del país, ese feudo tecnocrático que entiende solamente un tema, el de la competencia para sofrenar todo acto social e igualitarista del Estado, pues ellos vienen como en estado de naturaleza mientras funcionen jubilosamente las cotizaciones en la Bolsa de Chicago. ¿Entre la razón transgénica y la razón bursátil, que puede un Estado, que siquiera ejerce el derecho pleno de lo que pudorosamente llama “retenciones”?

Es así que volvemos a ese dilatado porqueeee… Es la manifestación en el decir de lo difícil que es encontrar una razón última para un enfoque novedoso, que haga “entrar en razones” (así suele decirse) a los núcleos visibles e invisibles de ese vivir inmune a lo que es el complejo singular de una democracia viva, una sociedad que no sienta el aparato judicial y comunicacional como una opresión a la que debe someterse voluntariamente. Porqueeee… La extensa coleta de esa palabra es el tiempo que la oradora precisa para buscar razones fuertes, que además que deben ser entendidas, puedan aplicarse, ejercerse. Esto mismo nos lleva a meditar sobre las características del Presidente, recortadas sobre los perfiles provisorios que tracé hasta el momento de la bitácora verbal de otros presidentes.

Usualmente el Presidente compone su mirada valorativa poniendo polaridades que aparecerían excluyentes entre ellas mismas -los jubilados y los bancos, por ejemplo-, y recién después da curso a su preferencia. Es evidente que el Presidente usa la idea de “preferir” como un completo sistema de gobierno que concibe a la sociedad como un conjunto de entes con intereses corporativos más o menos legítimos, a los que les pide que “entiendan” que están en un juego de reconocimientos mutuos con cesiones de pequeñas porciones de sus ingresos para que recompongan la dotación asimétrica de “la parte de los que no tienen parte”.

El Presidente no busca razones fuertes para ello y pide una suerte de consenso entre el Estado como una más de las partes, medida sobre las demás partes, acaso más poderosas. Emplea el Presidente una no por incesante, también convencida tarea de aleccionamiento, de pedagogía en un tiempo largo, cuyo dramatismo es evidente, pero que quedará bajo la ética de la preferencia. Entre los jubilados y los bancos me quedo con los jubilados, es una concepción que ubica la decisión final en la dirección de sus predilecciones y favoritismos, en un momento que no siempre está cercano, porque incluye el tiempo más o menos lineal que es portador de innumerables momentos que razonablemente llevan a tener que postergar su preferencia. Lo que triunfa entonces es otra preferencia más inmediata -no la que se reserva como instancia última-, que sería la acción pública que evoca la célebre ética de la responsabilidad, para frenar la plantilla más agresiva del poder corporativo. Dicho de otra manera, la educación cívica de los poderosos.

No lo digo en términos de sarcasmo sino de preocupación. ¿Esta resignación espontánea y voluntariosa de la acción de los poderes públicos, solo podría ser un capítulo incidental y pasajero de una historia política como la que vivimos? En algún momento habrá que bucear con más hondura en las causas que motivaron que la sociedad argentina haya adquirido cierto declive en su querer político más evolucionado. Que por cierto no debería tener entre sus notas dominantes una resignación que corre el riesgo de confundir perseverancia con pasividad. Es perfectamente evitable que las quejas del incomprendido alguna vez hagan caer su tañido sobre este ámbito general de la escena histórica.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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