Del espanto macrista al alivio de la derrota

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Un relato cruel y cómico de los tiempos que dejamos atrás. Las penurias del macrismo y la esperanza de un futuro venturoso: “Estoy feliz porque esta navidad voy a volver a ponerle relleno al pionono. Porque espero no tener taquicardia cada vez que llegue el sobre de AYSA: “¡Once lucas de agua! Imaginate si nos bañáramos!”, dice la humorista Vicky Grigera a través de las palabras de su personaje: “Me va dar algo”.

Hasta el 10 de diciembre de 2015 era empleada estatal pero –como en una versión peroncha y conurbana de La Metamorfosis de Kafka– de golpe me desperté en otro cuerpo, con otro gobierno  y otra identidad.

Me miré al espejo mientras calentaba la pava para el mate y de fondo, desde el plasma comprado con el sueldo de fantasía de clase media, se oía la asunción del nuevo gobierno. Respiré hondo y me dije: “Debe ser cierto lo de la reencarnación y el karma. Seguramente en otra vida fui horrible, fui chofer de Mussolini y ahora lo estoy pagando siendo argentina y peronista”. “Si no, ¿cómo me explico que me rompí el alma haciéndole campaña a un manco y termine con una vicepresidenta paralítica?”.

Lloré de risa. Lloré de espanto. No podía creer que en el balcón de la Rosada, el que vio a Perón, a Eva despidiéndose de los descamisados, el mismo donde Alfonsín nos dijo: “La casa esta en orden”, y hasta Maradona nos saludó con la Copa del Mundo, ahora fuera escenario de una imagen que ni Almodovar fumando opio hubiera imaginado: Michetti cantando Shilda. Al lado Vidal, una especie de maestra jardinera diabólica, y el presidente en modo coreografía: “Listo. Asumieron los payamedicos”, pensé. “Menos mal que no sale más Billiken, porque no me imagino esa tapa”.

Pasé los primeros tiempos de los años que vivimos en peligro, a puro abrazo. Los abrazos simbólicos al CCK, a los Ministerios, a los despedidos de todas partes, incluso los abrazos que me dieron cuando me echaron por grasa militante. “Me abracé tanto y con tantos que tuve un embarazo psicológico”. Casi no se perdió una “Plaza del pueblo”. Iba en el tren con mis amigas y nos autodenominábamos “Las nenas de Kici”. Lloré de emoción esa tarde en el Parque Centenario cuando pude abrazar a Axel Kicillof. Estaba conmovida, nunca había visto a un egresado de Nacional Buenos Aires en la vida real. Me saqué todas las selfies que pude y las subí a Facebook: “Con Kici!! Al fin tengo un amigo judío!

Del “no fue magia” a “la magia de Disney”

Hoy, económicamente destruida, pero anímicamente recuperada, mientras busco alguna bombacha con elástico que me haya quedado de la “década ganada”para ponerme este 10 de diciembre, me alivia saber que perdieron y me alivia de que no bailen más, por el bien de todes. Y por la memoria de Fredy Mercury, que al fin descansa en paz.

Estoy feliz porque esta navidad voy a volver a ponerle relleno al pionono. Porque espero no tener taquicardia cada vez que llegue el sobre de AYSA: “¡Once lucas de agua! Imaginate si nos bañáramos!”. En la visualización de abundancia de mi clase de yoga para peronistas me imagino la estufa prendida. Demasiado cruel fueron estos inviernos de “apagá la estufa que es más barato el amoxidal”. Me imagino, después de años de desempleo y amargura inaugurando mi peluquería “Ni un pelo de gorila”.

* “Me va a dar algo” es una caricatura de este tiempo.

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