Densas, intensas e incogibles

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Hace un tiempo, el diputado de Cambiemos Pablo Torello apoyó en twitter la idea de que las feministas eran «incogibles». Sin embargo, sin esas militantes densas, intensas e incogibles –que hoy como ayer militan por ampliar los derechos de las mujeres- la usuaria de twitter que lanzó el agravio que el diputado alentó no podría haber ejercido el elemental derecho al voto para elegir, por ejemplo, a un diputado como Pablo Torello.

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, el diputado Pablo Torello opinó en su cuenta de twitter que las feministas son “incogibles”. “¿Estamos de acuerdo en que todas las feministas son incogibles, no?” publicó una usuaria y Torello respondió con un fervoroso «Yes».

Frente a la indignación pública que generó un comentario de ese tenor escrito por un miembro electo del Congreso, el diputado pidió disculpas “a todos los que se sintieron ofendidos”, puntualizó que “eligió un mal momento” para decir eso –como si pudiera existir alguno bueno– y refutó la acusación de machista ya que “la que había hecho ese comentario era una mujer y yo le estaba respondiendo”, dando a entender que una mujer no podría sostener ideas machistas o simplemente retrógradas. Para concluir esa Rogel de asombros, Torello explicó: “Yo creo que alguien incogible es alguien densa e intensa, no tiene que ver con su apariencia física”. Sólo le faltó aclarar que tiene una amiga feminista.

Probablemente sin saberlo tanto la usuaria de twitter que lanzó el primer agravio en su cuenta como el diputado que lo relanzó con entusiasmo bilingüe son los continuadores de una vieja tradición reaccionaria que consiste en denigrar a las mujeres que militan por la ampliación de sus derechos.

A principios del siglo XX, las sufragistas que militaban por el voto femenino en Inglaterra, en particular las “sufragettes” que lo hacían de manera más violenta, también eran denigradas. Basta con observar las feroces caricaturas que publicaban los diarios serios de aquella época y que las caracterizaban del mismo modo que el diputado Torello describe a las feministas de hoy: densas, intensas e incogibles. Pero no sólo eran ridiculizadas sino también encarceladas por los disturbios que causaban exigiendo algo tan elemental como poder votar pese a no haber tomado la precaución de nacer varones.

Femhacktivistas vs. machitrolls en las redes

Las sufragettes rompían vidrieras, se encadenaban a las vías del ferrocarril y saboteaban líneas eléctricas. Incluso llegaron a detonar una bomba en la casa de un ministro. Una de sus líderes, Emmeline Pankhurst, defendía esa estrategia violenta.

En la cárcel, muchas de ellas optaron por llevar adelante huelgas de hambre para obtener mejores condiciones de reclusión. La respuesta oficial fue la alimentación forzada por sondas. Pankhurst escribiría en su autobiografía: «Mientras viva, nunca podré olvidar el sufrimiento que experimenté durante esos días, cuando los gritos taladraban mis oídos».

Los opositores al derecho de voto femenino veían en estas prácticas de acción directa muestras de la irresponsabilidad y la fragilidad emotiva de las mujeres. Además de densas, intensas e incogibles, las sufragettes demostraban que las mujeres carecían del equilibrio emocional necesario para ocuparse de la cosa pública.

El Representation of the People Act de 1918 concedió el voto a las mujeres mayores de 30 años, aunque con muchas restricciones referidas en particular al patrimonio que debían tener. El sistema aceptaba el voto de las mujeres pero sólo el de las más ricas. Diez años más tarde, en 1928, el voto les fue otorgado a partir de los 21 años como a los hombres y con similares restricciones. La presión militante y el rol que las mujeres llevaron adelante durante la Gran Guerra, a la par de los hombres, incidieron en ese cambio de paradigma.

Del otro lado del Canal de la Mancha, las francesas debieron esperar hasta 1944 para poder votar a la par de sus conciudadanos varones mientras que de este lado del Atlántico, las argentinas lo lograron tres años después, en 1947, con la primera presidencia de Juan D. Perón, ese extraño gobierno liberticida que amplió nuestros derechos.

Cerca del Palacio de Westminster, en el Jardín de la Torre Victoria de Londres, la estatua de Emmeline Pankhurst nos recuerda que sin esas militantes densas, intensas e incogibles –que hoy como ayer militan por ampliar los derechos de las mujeres- la usuaria de twitter mencionada al principio de esta nota no podría haber ejercido el elemental derecho al voto para elegir, por ejemplo, a un diputado como Pablo Torello.

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