Determinismo de la sangre

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Dos asesinatos a 100 metros del Congreso de la Nación el día en que Cristina Fernández de Kirchner presentaba su libro en La Rural no podían escapar a la lógica política, más allá del comportamiento errático de los ejecutores. Ya el caso Nisman ofreció suficientes evidencias de que un suceso trágico, que destilaba todas las argumentaciones de un suicidio, llevó a que el pensamiento político -tan en contacto siempre con la magia y la obstrucción voluntaria de la facticidad más nítida- lo convirtiera en un juego de imputaciones absurdas.

En los sistemas de determinismo total, ni la caída de un pajarito obedece a la casualidad. Creo que una afirmación de este tipo, con su ejemplificación ornitológica, la daba Hegel respecto a las totalidades absolutas. Lo cierto es que el ataque a tiros con las consiguientes muertes del diputado y su acompañante el mismo día en que Cristina Kirchner daría su discurso en La Rural -o predio de la Feria del Libro-, permitió una serie de especulaciones y análisis que ponían ese hecho trágico en la esfera absorbente de la política. Es que no era difícil establecer las ligazones entre hechos de sangre que involucran a representantes políticos -en este caso un diputado y su asesor- y las escenas que suelen preparar los servicios de informaciones y otras agencias clandestinas del Estado, para dejar un vacío de interpretación que arroje culpabilidades hacia todos los cuadrantes del mundo político. Pueden recordarse actuaciones de los servicios de inteligencia o sus grupos afines, como los ejecutores de las células policiales que tenía como blanco a la persona de importantes dirigentes de las izquierdas, o de las izquierdas del peronismo. En este caso, establecidos los mapas de las diferencias internas en las discusiones políticas de agrupaciones que cargan con estas definiciones, el asesinato de un miembro cualquiera de esos grupos por parte de aquellas secciones secretas del Estado, era atribuible a sus contrincantes, con lo que un potencial conflicto que se tramitaba a través de la lucha de ideas, era sellado en sangre. Esa intervención de un “tercero”, provocaba confusión y atribución de responsabilidades erróneas.

Es lógico que este sea un caso que no es fácil rememorar y dar en el clavo respecto a causas y actores materiales, motivaciones y sentidos de razonabilidad en una espesura de hechos en sí mismo opacos. Por eso parecen fenómenos de ultra interpretación o de desborde de la exégesis. Muchas interpretaciones se inspiran en las coordenadas políticas excluyentes que se apoderan, con razón, de todas las conciencias actuando en un preciso momento de densidad política y conflicto con instancias permanentemente abiertas de complejidad. Dos asesinatos a cien metros de Congreso de la Nación, con un diputado primero herido y luego muerto, y su asesor muerto de inmediato, no pueden ser indiferentes al clima que reina respecto a las latencias de un conflicto notorio en torno al poder de decisión de un país. Primero se vieron las imágenes tomadas por las miles de obsesivas cámaras filmadoras de la ciudad, que sin duda puntualizaban ciertas dudas sobre lo ocurrido, pues los personajes que habían disparado un arma desde un automóvil se comportaban erráticamente. No parecía una acción “profesional” de sicarios de cualquier especie o de miembros de los servicios de inteligencia, pero a favor de esta hipótesis, obraba el momento político, la cargazón emotiva que nos traspasa con sus incertezas, y la potencialidad de violencia que recorre como una profecía aciaga la hora argentina.

El caso Nisman ofrecía suficientes evidencias de que un suceso trágico que destilaba todas las argumentaciones de un suicidio, pero una irrupción de la sangre en el punto más escénico del momento, hizo que el pensamiento político -tan en contacto siempre con la magia y la obstrucción voluntaria de la facticidad más nítida- lo convirtió en un juego de imputaciones absurdas. Lo que era un hecho autodeterminado por su propio causante, se convirtió en un torneo de hipótesis alucinadas sobre una acusación que se sostenía en las mitológicas ofuscaciones e inquinas del momento.

En el caso del crimen del Congreso la proliferación de huellas, a los ojos de los hermeneutas del Estado -los propios servicios, los intérpretes de cámaras de seguridad, los que “saben” de estas cosas, alojados en los ministerios de seguridad-, permitían suponer que había algo de repentismo y de contingencia en el hecho, atípico respecto a la política, heterogéneo y no perteneciente a su sistema de signos. Es claro, pongamos de ejemplo un asesinato “dentro” del Co9ngreso, el del senador Bordabehere en la década del 30, cuyo autor material estaba a la vista, y cuyo destinatario real era el senador Lisandro de la Torre, hecho de sangre que demostró ya en ese momento la complicidad de la justicia con los funcionarios del gobierno de Agustín P. Justo, que sostenían la política exportadora de carnes trazada por los frigoríficos ingleses. Nunca se establecieron las complicidades empresariales y políticas que forjaron la decisión asesina. En este otro crimen el de las “afueras” del Congreso, la ministra del ramo lo definió, al cabo de rápidas investigaciones, como propio del “código de sangre” de la gitanería. No esta demás aclarar el tinte de preconceptos que es un halo que fácilmente percibimos en el empleo del término gitano. Pero también llama la atención que diga código de sangre, expresión que habrá escuchado tantas veces en los lugares que frecuenta, cuarteles policiales, reuniones con diagramas de mano dura con los miles de agentes de seguridad que han proliferado por todas partes, haciendo más insegura nuestra vida.

Capítulo por capítulo, todo lo que dice el libro de Cristina

Todo lo ocurrido recuerda muchos más episodios tratados en filmes como Belle de Jour, que a circunstancias de la política argentina, que cuando destruye personas utiliza otra clase de artillería, como tantas veces se dijo, o sea, el poder infamante de los medios de comunicación. Pero nunca queda descartada la “ultima ratio”, el uso de la Glock 17,9 mm. Asuntos vinculados a los torneos amorosas que cuentan con el respaldo de heráldicas familiares y formas arcaicas del cortejo y el orden familiar, pueden llegar a pasar por alto la instancia judicial para intervenir en los casos pasionales en forma arrebatadoramente directa. Así aparece ese salto con el que se lava un escarnio sin ninguna ley, o dándose su propia ley. Puede ayudar a este hecho, un momento de incontinencia donde se pone en juego una oscura razón honorífica, tanto en cuestiones comerciales como amorosas. No podemos ponernos a juzgar precariamente estos asuntos. Lo cierto que un evento de estas lamentables características contó con inmediatas interpretaciones políticas. Algo nos dice todo esto.

No se hace más que hablar de crímenes o atentados de “falsa bandera” o “plantar un cadáver”. Estas tremendas y repudiables expresiones pertenecen al diccionario de la lengua, políticos encumbrados suelen pronunciarlas. La Real Academia no tiene nada preparado para advertir contra ellas. Pero de tanto en tanto las escuchamos. En un tejido inmenso de tensiones, un cuerpo traspasado de balas tiene una elocuencia singular. Puede ocultas los signos de su autoría y se ofrece a la exégesis en la que nada de lo que ocurre es casual. Y sin embargo, los hechos contingentes, azarosos y esencialmente inciertos son los que naturalmente se derraman ante nosotros, sin ton ni son.

Por la fisura de las totalidades causalistas, escapan entonces estos hechos aleatorios, que poseen la facultad potencial de la recomposición de escenas que parecen ya cerradas. En los años 70, el asesinato del padre Mujica -siempre recordado en su martirologio-, introdujo la típica confusión “servicial”. Como Mujica estaba involucrado en la discusión sobre la figura de Perón, en la que se empeñaban los militantes de la juventud peronista de aquellos años, su asesinato provocado por la nefasta tres A, fue capaz de generar absurdas dudas en todos los sectores. Los memoriosos de aquel tiempo podrán certificarlo. Es sabido, por otra parte, cómo los servicios de inteligencia, sobre todo los de Estados Unidos -y esto en gran escala- montan autoatentados atribuibles a enemigos difusos para calibrar y poner en marcha su propia maquinaria de guerra.

Este doble crimen de Plaza Congreso mostraba gran precariedad visual, expandía señales por  doquier sobre lo que parecía obra de los tres chiflados, pero con munición gruesa en vez de tortas de crema, pero aun así ingresó al preocupado análisis político. Para el gobierno era una oportunidad señera par reflotar su tesis sobre mafias y patotas, que en su voracidad destructiva destinan a todo opositor. Pero una parte de la ciudadanía preocupada también vio allí los esquemas destructivos y las operaciones de montaje para superponer temas contra temas, asuntos contra asuntos, marcas (así sea de sangre) contra las marcas discursivas de la política. Todo esto arroja una lección. La contingencia existe y es de este de modo imprevisible como se presenta. Se exhibe en todo ámbito imaginable, y el mundo político no es el único ámbito posible. No obstante, en momentos de tensión e incertidumbre, todo hecho casual puede ser absorbido por el determinismo, sobre todo si hay sangre de por medio.

Es el determinismo de la sangre, si así podemos llamarlo. Puede ahora servir de ejemplo para retirar de nuestras aproximaciones a los hechos que se irradian por todos lados, esa reacción inmediata que los percibe en relación a culpabilidades vicarias o inventadas, arrojadas al terreno contrario. Por supuesto, no es desdeñable estar siempre prevenido a la luz de las acciones oscuras del gobierno, pero esta vez una pasión enlutada estuvo en el lugar de una complicada exaltación, una venganza privada en una mañana de sangre.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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