Diccionario Polisófico: «A» de Animal

Compartir

Lo animal, así en neutro, y nunca el animal, así universal, porque como dice Derrida, nada tienen en común todos los animales para conformar una unidad salvo el hecho de no ser humanos.

El animal, así, agruparía a todas las especies, salvo la humana, en un rasgo común. Salvo la humana, o la humana a salvo. Siempre el que nomina delimitando el espacio sagrado, el que se halla a salvo de todas esas criaturas inferiores, exterior e interiormente inferiores sobre las que delimitarse. Delimitar es poder límites, acorralar, alambrar conceptualmente un conjunto que nada o todo tienen en común, pero no importa. Lo que importa es quién queda del lado de adentro y quién queda del lado afuera. Si hasta nos permitimos hablar del animal interior que todos llevamos adentro y que por suerte domesticamos. Pero si hay un animal adentro, ¿entonces por qué caemos por fuera de la delimitación?

En un clásico texto del año 1944 Sartre sostiene que el judaísmo no existe, sino que es un invento de los antisemitas. Entre judíos nadie tiene claro qué los define como tales, pero el que los quiere exterminar sabe muy bien a quien le cabe la cámara de gas y a quien no. ¿Qué es un animal?¿Cómo constituimos su identidad siempre a necesidad de nuestras necesidades?¿Cómo constituimos en general la identidad siempre a necesidad de nuestras necesidades? Es que para ello siempre haca falta un otro. Hace falta la falta, la carencia, la indigencia, un resto, una sobra, la naturalización de un estar afuera, un sentido común que legitime la normalización de una diferencia. El otro es otro por todo ello. Es otro porque no encaja, porque su disolución es justificada, porque su negación es dada por obvia. El otro es otro porque es imposible. No hay vínculo posible.

Lo animal es un otro. Hay animales salvajes y hay animales domésticos. Los primeros son combatidos, los segundos son amaestrados. Los animales salvajes conservan su animalidad a costa de su exclusión, los animales domésticos son incluidos a costa de la pérdida de su animalidad. Ambos pierden, ¿pero quién pierde más? Dice también Sartre en ese libro que hay algo peor que un antisemita: un demócrata; aquel que le exige al judío que deje de lado algunas menores cuestiones de su subjetividad para ser incluido. ¿Quién pierde más?

Lo animal, así en neutro, tal vez como una forma de resistencia frente a la peor forma de la exclusión: su normalización. Los discursos de la tolerancia han generado un movimiento doble, ya que cuanto más incluyen, nuevas zonas de exclusión emergen y nos obligan a correr la frontera y evidenciar nuestras propias imposibilidades. Es tan tranquilizador saber quién es el otro. Y mucho más tranquilizador es saber cuán tolerantes somos con ellos.

El problema es cuando el otro ya no es el otro, y todo nuestro regodeo por la tolerancia se vuelve otras de las tantas formas narrativas de inmunizarnos de nuestras propias miserias.

¿Pero quién es el otro? El otro es tan otro que ni siquiera lo podemos percibir como tal, ya que si lo percibiéramos, si le diéramos entidad, si aceptáramos su singularidad independiente de nosotros, entonces dejaría de ser un otro para pasar a ser alguien o algo, alguien con nombre, y de allí con todos los rasgos propios de alguien como nosotros, o de alguien a quien constituimos como un alguien. O dicho de otro modo, dejaría de ser otro porque pasaría a ser parte de todo el dispositivo con el que nosotros legalizamos su existencia en función nuestra. Pero para ello hay que reconvertirlo, o por lo menos dejar establecidas epistemológicamente la razón de ser del otro en función de nuestra necesidad. El precio que paga el otro para ser incluido es dejar de ser otro. Y a la inversa, su victoria es la molestia que puede seguir causando desde el destierro. Porque el otro no tiene tierra. Por eso es un otro.

Es que en nuestras sociedades al otro se lo come. Su ingesta es necesaria para nuestra supervivencia. O mejor dicho; hemos diseñado históricamente una maquinaria de saber-poder que ha justificado desde las ciencias más apolíticas la necesidad incuestionable de su comida.

El otro es nuestra comida: debe ser procesado e ingerido para que nosotros crezcamos, nos veamos relucientes, rozagantes, vivos. Su muerte es nuestra vida, una muerte necesaria.

Y así suponemos que la necesidad nunca es una cuestión política, sino natural, como si la naturaleza fuese algo externo con leyes propias que el ser humano descubre y contempla. Pero nada hay más político que una ingesta. Sobre todo, cuando la comida es producto de un proceso de desotramiento tal que solo percibimos en ella nuestra propia necesidad. ¿Pero a quien se le ocurre cuestionar la necesidad de nuestra propia alimentación, si alimentarse es algo sano? Lo sano, siempre del lado de las purezas. Como si hubiera algo puro en el mundo. Como si no fuéramos todos animales…

Años nos preguntamos sobre la frontera entre lo humano y lo animal: ¿los animales piensan?, ¿los animales hablan? Tal vez llegó el momento, sostiene Derrida citando a Bentham de desplazar la pregunta de la frontera: no tanto si los animales piensan, sino ¿sufren? ¿Es posible alcanzar la otredad del otro sin proyectarnos a nosotros mismos en él, o en definitiva resulta necesario un movimiento inverso que más que ir en su busca, se abra a su irrupción? Es que el otro no pide permiso: irrumpe. Irrumpe porque es otro. Y al final la única necesidad auténtica es la suya.

¿Quiénes son entonces nuestros propios animales? Los domesticados, los salvajes, los interiores, los exteriores. ¿A quiénes industrializamos para que en su proceso nos permita nuestra propia expansión, crecimiento, ganancia? ¿A quiénes justificamos su absoluto desotramiento en pos de nuestra supervivencia? ¿A quiénes nos comemos en ese acto por el cual el otro solo tiene valor como bolo alimenticio que nos nutre y una vez procesado, nos sobra?

El otro, el animal. La frontera móvil. Animales humanizados y seres humanos animalizados. La frontera que se presenta como natural, pero que siempre se desplaza de acuerdo a los intereses de quienes alambran. Una definición es un alambrado, y un alambrado por un lado mantiene lejos el peligro de los de afuera, pero al mismo tiempo ejerce el control disciplina a los de adentro. Y en ambos casos, no hay más un otro. No puedo haber un otro, ya que su presencia nos pone en evidencia. Nos desarma. Nos fragmenta. Nos debilita. Lo animal, así en neutro, porque el neutro nos obliga a pensar más allá de nosotros mismos y de ese otro que supimos concebir. El otro, siempre más allá, aunque de él nos alimentemos a diario.

Comentarios

Comentarios

Avatar

Dario Sztajnszrajber

Docente de filosofía. pincharrata. conductor de Mentira la verdad. autor de ¿Para qué sirve la filosofía?. mi apellido se pronuncia shtain-shraiber

Hacé tu anotación Sin anotaciones