¿Cómo discutir el macrismo? (Una polémica con Natanson)

Compartir

Una columna de José Natanson publicada en Página/12 sobre los motivos del voto a Cambiemos desató una polémica en redes sociales a la que se suma Horacio González y aporta su visión del tipo de derecha y de proyecto neoliberal que encarna Macri desde Cambiemos. Los discursos de poder y la ideología de la clase media.

I

La nota de José Natanson en Página 12 posterior a las Paso permite una discusión sobre el macrismo que se aleje de los clisés consagrados, del vituperio o la solución fácil de problemas que no lo son. También se abre hacia un panorama que tampoco escapa a la divergencia: ¿con qué conceptos de la teoría política enfrentamos este desafío? En esta respuesta tratamos de honrar un estilo de debate apartado del estereotipo inadecuado, de la rápida conclusión que tanto ciega al argumento como niega al fraseo respetuoso. Expresaremos nuestra discordancia con Natanson en varios, en verdad numerosos puntos sustanciales de su artículo, sin recurrir, como él conjetura irónicamente, a innecesarios cajones de tomates. Pero no nos privaremos de comenzar con una objeción al planteo de fondo del artículo. Lo que Natanson llama “el objetivo de esta nota” es lo primero que queremos considerar desde el punto de vista de sus supuestos últimos. ¿Qué significa dar por sabido, y entonces omitir, todo lo que se refiere a  “denunciar la simulación de Cambiemos o desnudar la oscuridad de su alma verdadera”? Significa apelar a una posición del observador que se priva de indagar las entrañas del problema más escondido y que solo obtendrá datos de los fenómenos del pathos político más visible. Es aceptable querer estudiar una cosa y no otra, pero Natanson hace las dos.

Leer: Debate en Twitter sobre el “triunfo” de Cambiemos

Hay que “entender”. Por lo tanto hay que desentrañar “por qué las propuestas macristas resultan convincentes, indagar los motivos profundos de su eficacia, entender por qué funciona”. Nadie podría estar en desacuerdo con este llamado al entendimiento, usado aquí en el sentido de conocimiento. Pero no querríamos pasar por alto que esta manera de entender no podría ser tan diferente a “denunciar la simulación (…) desnudar la oscuridad de su alma verdadera”. Porque  “resultar convincentes, indagar los motivos profundos de su eficacia, entender por qué funciona”, propósito que Natanson declara perseguir, no podría ser una cuestión tan disociada del análisis de formas oscuras y simuladoras de los procedimientos últimos del macrismo. ¿Será responsabilidad de ese declarado empirismo el que finalmente el autor dice apelar?¿No se paga un precio alto e innecesario, por ser “empírico” cuando se es fenomenológico y hacer buenos análisis fenomenológicos que se presentan como datos objetivos del politólogo exento de la inevitable coloración trágica que tiene toda la escena? No creemos en una politología que abandone tan fácilmente lo que llamaríamos el nudo crucial del presente.

No obstante, todos los elementos de diverso grado de verosimilitud que expone Natanson se prestan a una polémica más que interesante,  que desde luego, queda muy atenuada en su provecho real cuando la conclusión es desilusionadora. Estaríamos ante una “democracia de derecha moderna”. En las propias líneas de Natanson que ahora veremos, este rápido e inexacto concepto vacila constantemente entre ejemplos que poco sirven a su empeño y bastante a lo contrario. Reconozcamos, con Natanson, que Macri en sus períodos como Jefe de Gobierno de la Capital, se caracterizó por sugerir entre otras cosas una restricción a los servicios públicos –lo que estrictamente no hizo. Pero eso no lo convirtió en un progresista forzado, sino en un autoritario caprichoso adecuado momentáneamente a condiciones adversas. No lo hizo pero no lo deja de pensar y hacer, con todos los gradualismos que se quiera, y en su presente momento presidencial, con ostensibles grados de agresividad verbal y concreción perversa. Entonces: ¿es un mérito de la “derecha democrática” solo “nombrar” lo que hasta el momento “permanecía callado”?. No parece que estuviera tan callado sobre los temas de los que ahora habla con fervoroso empeño. Es cierto que “antes” no hubo un conjunto continuo de decisiones sobre diversos temas –servicios públicos, empleo, deuda-, pero no es posible decir que ahora el macrismo haya avanzado. Bien dice Natanson, ha “nombrado” cuestiones, problemas. Pero no se entiende si eso es bueno, tan solo solamente porque etiquetó problemas antes sumergidos. No parece este gesto nombrador un gran hallazgo para determinar las facultades operativas de un gobierno, que de todas maneras sabe hacerse alarmante cuando nombra. Comprendemos la diferencia entre nombrar y actuar. Pero en este caso mucho más comprendemos, en el primitivismo de esta derecha, que nombrar es actuar. Viscosamente, actuar es aquí atropellar cualquier ley. Nombre falso; se erige para ser su propia ley, deshacer lo que se le da la gana, pasar por encima de las instituciones; arrollarlas.

El paso de la esperanza al desencanto

II

Notablemente, Natanson no duda sobre una materia donde razonablemente sobrevuelan todas las dudas. Es dudoso que sea este el gobierno de un neoliberalismo “no privatizador ni anti-estatista”. Si tomamos el caso de Aerolíneas, todas las medidas adoptadas en materia de política aeronáutica rodean amenazadoramente a esta compañía estatal hasta que caiga como fruto maduro en la privatización. Lo hace no como en los 90, es claro, pero lo anuncian como en el siglo XXI. “Nombran” el tema como diría Natanson, pero nombrar sabemos que no es mero nominalismo. Enseguida enfocan con mira telescópica y descargan munición “Leuco” o “Fantino”. Parece una excesiva magnanimidad comparar al macrismo con la idea de la igualdad de oportunidades tal como se encuentra en filósofos liberales, como John Rawls y Amartya Sen. Nuevamente, nos parece un demasía condescendiente interpretar los pobres balbuceos de Macri, para decir lo mínimo, con filósofos liberales serios como John Rawls, que hasta despierta una vaga simpatía con su tesis –entre tantas otras- del “velo de la ignorancia», que peticiona una voluntaria disposición a apartar  la desigualdades de riqueza y aptitudes a fin de extraer de allí una  platónica igualdad de situaciones de vida, cuando luego de nombrarlas se deciden sobre ellas medidas en algunos casos espantosas.

Mucho más extravagante suena el dictum de que el “trabajador meritocrático” es el centro “teórico” del macrismo”. Y Natanson explora con alegría el extremo de las cosas cuando en esa neo-meritocracia supone una herencia de la “tradición inmigrante del esfuerzo individual que progresa hasta los estratos medios”. Aún estaría vigente la frase mítica de la clase media: “mi hijo el dotor”. Pero no es posible ver por ningún lado, en cualquier historia seria de la inmigración argentina, un apoyo para este extraordinario aserto. Es una caracterología que desmerece la discusión, apenas introduzcamos en ella una visión de la cuestión inmigratoria nutriendo de significaciones más diversas todas las posiciones sobre las éticas personales, profesionales o económicas. Evidentemente, aunque este desliz denota que Natanson escribe apurado (en fin, como nosotros), importa porque le da una absurda historicidad a su increíble “democracia de derecha” del macrismo. Por lo menos sobra una palabra en esta colación de letras. Ya otros lo dijeron con pertinencia. La inmigración, luego de más de un siglo, pudo consumarse a través de asociaciones comunitarias y de ayuda mutua, que terminaron en la erección, un mero ejemplo, de grandes hospitales en varios  casos. ¿Y sería fácil admitir que tradiciones socialistas o anarquistas desembocaran en el macrismo? Aunque estas situaciones las hubiera, caso a caso, en la vulgar trayectoria individual de quién se diferencia del magma del origen oscuro e inaugura su consultorio de profesional liberal, y aunque con las vetas principales del radicalismo, este análisis genealógico del macrismo no estuviera tan desacertado.

Leer: La nota de Página/12 que cerró ‘la grieta’ (por un ratito)

Pero Mi hijo el dotor, no parece servir de modelo a la meritocracia macrista. En ella no hay tragedia. Aun en Viñas, que no lo trata bien a Florencio Sánchez, hay una interpretación que revela lo complejo de este “teatro social” del ascenso social del “dotor” de Florencio Sánchez. Este gran autor provenía de una familia antiliberal que seguía al jefe del partido uruguayo blanco, Aparicio Saravia. Su conversión al liberalismo podría derivar de una supuesta cobardía suya acontecida en las filas del caudillo. Humillación que luego “racionalizaría” en una denuncia a los bárbaros. El mismo Viñas relativiza esta dura opinión  para ver al dramaturgo pidiendo  su lugar en el cuadro asalariado de la naciente intelectualidad ligada al grupo gobernante y encamina su obra, no sin conflictividad, a teatralizar ese pasaje que él mismo realiza. Muy fino para el macrismo, esta parte del engranaje nunca la pueden agarrar, aunque sí remedar escuálidamente.

Así, esta interpretación  de Viñas, de ser aceptada, no llegaría de ninguna manera a servir de antecedente al macrismo, pues éste vive de otro tipo de tragedias familiares, y en este plano aplica tajantemente las recomendaciones del “ministerio de la modernización”, cuya ignoirancuia en este y otros temas, nunca los llevaría a pensar que el “dotor” es un personaje de la tragedia criolla, que su lucha interna es por la fundación de un horizonte que probablemente se resolvería más ante la biografía de otro ítalo-argentino, José Ingenieros. El que busca en medio de grandes equívocos al hombre no dogmático y el arte como una alteración de la conciencia. Nada de macrismo aquí. No pueden ser éstos los antecedentes de nada de lo que vemos entre los oportunistas culturales de este gobierno.

Si la politología categorial de Natanson estuviera más atenta a los lenguajes que construyeron las difusas clases medias argentinas, hubiera debido separarlas del invento de las conciencias individuales inamovibles en su destino, construidas por el macrismo. Creen encontrar su libertad en su cautiverio. No entenderían siquiera la expresión “derecha democrática” que se les quiere adjudicar pues no son materia existencial de ninguna ley. El macrismo padece leyes, desea rasgarlas, y sus hechos más impresionante –fraudología, trampas horarias para el nombramiento de jueces, eso sí que es nombrar-, pasan por alto el tapiz de la supuesta derecha democrática. Ni siquiera desean encuadrarse en los diagramas de auxilio que le brinda el politólogo con su mobiliario conceptual indulgente.

Mineras: la mentira de Vidal y la realidad de los datos

III

Porque los de Natanson son argumentos bondadosos, cree entender porque la gente de todos los días vota a Macri, que supo tocar la cuerda sensible  de temas como el narcotráfico, que desestabiliza la vida popular. O que entendió las “marcas de época” que logró expresar el ambientalismo, el slogan “ciudad verde”, la importancia del cuidado de uno mismo (expresada en la retórica new age, las bicisendas, las ferias de comida saludable). Argumentos como estos, esgrimidos por Natanson de una manera adecuada, a la que no tendríamos nada que objetar, carecen no obstante de un activismo cognoscitivo de índole crítica. Y más cuando completa el cuadro del “dispositivo de felicidad urbana”  con otra afirmación muy arriesgada que, sin duda, da a pensar. Habla del “sacrificio totalizante que exigía la militancia kirchnerista”.

Esta contraposición entre fórmulas épicas (sacrificiales, totalitarias, quizás quiso decir) y los llamados a la expresión del deseo de bicisendas y yogures especiales para el cutis, pueden ser un punto de partida para una reflexión mayor. Pueden presentarse como descripciones, un dispositivo del especialista político para encuadrar fenómenos diversos. Pero aquí tenemos una contraposición sospechosamente cerca de las versiones mayores de civilización y barbarie, ya muy aminorada por simbolismos como el del “anarco ciclista” y el “kirchnerista” sudoroso que desgañita idolatrías en patios interiores de los edificios públicos. ¿Qué sentido reviste para Natanson el dato pintoresco de que Macri insiste con que sus funcionarios deben volver a casa antes de que anochezca a cenar en familia? ¿Qué diría Florencio Sánchez de esta contraposición, que le gustaba presentarla y no resolverla explícitamente? La equivocadísima expresión “derecha democrática” la resuelve sin más, concediendo más de lo necesario a un intento descriptivo que quería enfocarse en el “funcionamiento de cambiemos” y no en su “alma profunda”. Pero aquí lo tenemos a Natanson haciendo pasar la mera descripción del método macrista por su verdadera conciencia “profunda” de dominio. En esa capa profunda de la conciencia, donde yacen los símbolos rotos de las “heterogeneidad de gustos” del macrista que acaricia sensualmente la piel de la Pólis que lo protege, es donde se juega en verdad el agotamiento del sistema de libertades de Rawls o de quien sea que piense la sociedad como un equilibrio de oportunidades.

Entender hay que entender. Pero la hipérbole del entendimiento puede ser una aceptación, cierto que más refinada que la del vulgar patán macrista. La “derecha democrática” sirve también a otros articulistas de Le monde diplomatique para dar una versión muy poco interesante de lo que ocurre en Venezuela. No es Natanson quien lo dice, pero al leerse en la revista que él dirige nociones  como la de “nacional-stalinismo” para calificar al gobierno Venezolano, bajo la sensata idea de que hay que cuidar la esfera democrática, se la deposita como óvalo sufriente en la actividad de los golpistas –a los que no se llama así- y se omite el nombre real, por todos sabido, de los fuertemente implicados en las operaciones de clausura democrática en Venezuela. Muchos de esos hombres vuelven del trabajo a casa, en el horario ascético ya recomendado. Ese rotundo concepto de  “totalitarismo” estremece a tal punto que se debilita lo que cualquier análisis político debería comenzar por hacer, una revisión metódica del conjunto de operaciones de desmontaje de los gobiernos de emergencia emancipatoria, a los que se les revisan todos sus errores, pasando por alto la naturaleza histórica de quienes los atacan. Ya se ve, nombrar no es fácil.

Cresta Roja: «Vidal nos utilizó para hacer campaña»

IV

No puede tomarse en serie esta serie de heterogeneidades en los gustos, preferencias y deseos de identidad del “uno mismo” como logros macristas. La mención del chapucero Macri al retorno al hogar de sus funcionarios junto a cada una de sus “Julianas”, suponemos que es una broma de Natanson, aunque pueda ser parte del marketing sentimental de Cambiemos.  Sí, es cierto, el macrismo es un resultado de esas habilidades miméticas con un neocapitalismo para micro-satisfacciones urbanas de carácter fenomenológico: bicisendas, algunos centímetros de verde artificial, metrobuses que rediseñan la ciudad recortándole la circulación espontánea con trazados que resultan coacciones tecnocráticas. ¿Nada que decir sobre esto? Como dice Jorge Alemán, estas transformaciones requirieron mucho tiempo, muchos hicimos mal en menospreciarlas y en ese sentido el artículo de Natanson “pone el dedo en la llaga”. Pero hay algo de su descripción de “Cambiemos” con un oficialismo surgido de una visión anti-heroica de los asuntos públicos y una reivindicación de la normalidad cuya gran escenificación es el timbreo, a la que falta exceder la etapa descripcionista en la que se halla, no agregándole una “etapa superior” sino reconociendo los nervios escondidos que habitan esa, la que parece una simple detallismo con verdades parciales. Pero su fondo es siempre coactivo, generador de servidumbre. Por ejemplo, no diferimos de frases como éstas, alusivas al “contraste con la forma favorita del populismo: el acto de masas y toda su parafernalia de organización, traslado, protocolo de oradores y largas negociaciones previas por los lugares en el palco”. Pero una cosa es  lo que llama populismo –concepto sujeto en los últimos tiempos a que se rechace toda interpretación simplificadora- y  otra cosa los molestos  protocolos que son habituales en las herencias políticas argentinas. Que hay que mutarlos para otras sensibilidades públicas más interesantes, sin duda, pero no como lo hizo Cambiemos, que al anular el orador público y a cierta dramaturgia inherente a todo acto político, anula una parte sustancial de la vida política. De ahí que no es justa la mención del “traslado” de concurrentes a los actos kirchneristas, como lo haría el Hombre de Callao y Santa Fe, y la condescendencia con las ficciones políticas creadas por alquimistas de trastienda y profesionales del simulacro.

Al limitarse el análisis de Cambiemos a lo que más bien parece un festejo secreto de sus métodos -el contacto bilateral funcionario-vecino, el timbreo que apunta a la particularidad de cada persona. a la singularidad de su problema concreto que prevalecería sobre su condición de clase o filiación política-, Natanson pone en juego el modo de una politología con intereses de conocimiento que pretenden vestiduras de neutralidad. ¡Pero qué rápido aparecen los tomates que arroja él mismo sobre esta vieja sombra de los análisis profesionales del ser político! Pues en verdad trae entre sus vituallas la teoría de una dicotomía entre la historicidad problemática de un movimiento popular y la recreación de la tradición individualista liberal en una singularidad de goces  heterogéneos que, de paso, evitan reflexionar hasta qué punto, desde el estadio al que ha llegado, el macrismo puede extremar una etapa de fraude constitucional y represión política.

Natanson le aconseja a los que desean “ganarle al macrismo”. Escuchémoslo. Mis amigos, así se equivocan, estudien mejor ese fenómeno que se les escapó entre los dedos, en medio de cantos y blasones del pasado. ¿Pero qué nos aporta? Apenas de que estamos ante una democracia de derecha o una derecha democrática. ¿Esta es la gran novedad si “deseamos ganarle”? No se ofenderá el amigo José si nos animamos a rechazar sus consejos. Si rechazamos que el macrismo sea un movimiento “potente que se encuentra en el trance de construir una nueva hegemonía”. Ya sabemos, a Natanson no le gusta el macrismo. Durante el recorrido de su nota, ofrece numerosos ejemplos. Percibe sus “los resultados socialmente negativos de sus políticas, el fondo individualista que late detrás de sus decisiones, la concepción liberal de justicia sobre la que sostiene su discurso (que) lo empujan sin remedio a la derecha del cuadrante ideológico”.  ¿Entonces todo queda en una discusión de matices? No, aunque de cualquier manera hay que agradecer que Natanson haya escrito su pieza y obligue a mover otras, en un diálogo controversial que ninguno piensa que es innecesario y del cual nadie quiere hacer otra cosa que rebuscar argumentos que se perfilen como aceptables. Un argumento lo es cuando obliga a quien lo emite a mejorarlo y mejorarse a sí mismo.

¿Cuál  es entonces el problema? Que Natanson examina estas precondiciones causales del macrismo y sus características o deficiencias como propias de “una derecha democrática y renovada, que hasta el momento estaba ausente de nuestra escena política”. Además, como se lee un poco antes, Cambiemos fue “empujado” hacia ese lugar del “cuadrante”. No nos parece. Así como nunca hay tanto grado de contingencia en las graves planificaciones del presente del macrismo, tampoco  hay suficientes elementos de determinación conceptual que lleven a colocarlo en cualquier cuadrante expresado por la palabra democracia. ¿Es una dictadura, entonces? Tampoco, aunque ahí sí, puede ser “empujado” hacia ese lugar en la tabla, como tantas evidencias actuales lo indican a nivel “gendarmería”. ¿Y cómo lo nombramos?

Aquí falla la tesis con la que empezó Natanson. Lo bueno de saber nombrar. No, no hay nombre para lo que hace el macrismo, en esa fisura que existe entre la democracia, sea o no  de derecha, y una dictadura, sean cuales fueran los grados de subsistencia que haya de la vitalidad de un espacio público. El intrincamiento de formas democráticas anuladas en actos concretos del macrismo y el nada velado acrecentamiento de técnicas de control ciudadano y de represión –que incluye reivindicaciones indirectas, pero no siempre, del pasado represivo- impiden calificarlo con la tranquila “razón cínica” que lo mueve hacia el cuadrante democrático. Queda sin ese sostén “democrático” el concepto  de “derecha” que de todos modos también hay que reinterpretar. Aunque no sea tan apacible como parece serlo en el uso que le da Natanson. Y hasta parece excesivo regalo para el “equipo” macrista.

¿Qué es esto? Esa es la pregunta fundamental de todo pensamiento político, que politologías de fuerte presencia en nuestros “cuadrantes” intelectuales, se empeñan en omitir. Cuando esta pregunta atraviesa todo tiempo político, nunca cesa, borronea todo diccionario ya fijado y burla constantemente los nombres, aunque también puede perdonar a los que ya nacen desacertados.

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 20/10/2019 - Todos los derechos reservados
Contacto