El capitalismo humanista

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Durante su visita a Chile, el presidente Alberto Fernández habló de un «capitalismo humanista» en una reunión con partidos de izquierda. Horacio González bucea en los orígenes del concepto y sus límites. Y también recuerda al «socialismo con rostro humano» de la Checoslovaquia comunista. El humanismo debe retomar su fuerza originaria como una voluntad de interrogar al capitalismo desde dentro para desbaratar su natural agresividad.

Fotos CasaRosada.gob.ar

En su visita a Chile, el presidente empeló la expresión “capitalismo humanista” en una de sus reuniones, creo que la que se realizó en la embajada argentina con representantes de la izquierda chilena, en la inminencia de las conversaciones para un dificultoso frente de unidad para las elecciones constituyentes de ese país. Ya muchas veces advertimos que no somos analistas del discurso, que no andamos pescando palabras con una “medio mundo” para generalizar un análisis totalista sobre el mundo histórico, y que no vemos bajo ningún prejuicio los enunciados que los políticos despliegan diariamente. Solo que aquí estamos ante una gran cuestión teórica, crítica y política de evidente importancia, en sí misma, y porque el presidente la ha utilizado, creo que por primera vez.

Capitalismo humanista. Aunque este sintagma -llamémoslo así-, tiene antigua raigambre en nuestros países y en el mundo, podemos repasarla rápidamente e intuir los problemas que genera. La filiación de este concepto la podemos hacer remontar a las grandes discusiones de la socialdemocracia alemana, que, a principio del siglo XX, a torno con el anuncio del fin de la “era de las barricadas”, como la designó Engels, se avizora un promisorio destino electoral para ese partido. Para lo cual había que revisar conceptos fundaméntales que no serían llamadores propicios en ese momento de la economía y la política alemana. Así, ya fallecido Engels, sus discípulos Kautsky, Bernstein y otros notables exponentes de ese partido de masas, se disponían a revisar expresiones como “lucha de clases “, “dictadura del proletario” o plusvalía. La gran rival de estos teóricos fue Rosa Luxemburgo, que contrapuso sus tesis sobre el colapso del capitalismo. Pese a las grandes diferencias, Bernstein siempre admiró el talento teórico de la gran dirigente socialista polaca.

El Partido Socialdemócrata alemán mantuvo su nombre -socialismo más democracia-, pero se estableció como una fuerte expresión electoral dentro del capitalismo liberal, en el interior de las dramáticas condiciones en que se expresó la historia alemana del siglo XX.  El conjunto de esa y otras experiencias socialdemócratas en todo el mundo, dejan para el debate incesante el tema que se resiste a una develación más precisa.

¿Es necesario ahora invocar el capitalismo, aunque modificado con tenues coloraturas que le impedirían todo su despliegue agresivo -en este caso la palabra humanismo-, formando un concepto que tiene el aspecto de un íntegro programa de ideas y procedimientos de acción social de justicia y beneficio para los pueblos? La respuesta no es fácil, porque brota enseguida una contestación espontánea a esta pregunta. Los socialismos de carácter revolucionario, desde la Comuna a de París -episodio intenso, dramático y breve- hasta las vicisitudes de la Unión Soviética, que  luego de setenta años de gran complejidad -donde las discusiones internas fueron muy tensas, las formas de autoridad elegidas muy drásticas, la emulación científica reclamando esfuerzos inmensos, más la formulación ritual de una grandiosa epopeya que crecientemente se relacionaba de modo exterior a las diversificadas necesidades concretas que se habían adquirido luego de la segunda guerra mundial-, la hicieron explotar por dentro. Desarmándose un complejo organismo que caracterizaba un mundo bipolar y con equilibrios mundiales de coacciones mutuas.

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Dos décadas antes de este desenlace que asombró al mundo, en Checoslovaquia se había iniciado una movilización de vastos alcances bajo la consigna se “socialismo con rostro humano”, entendiéndose por esto la creación de una esfera pública, dentro del socialismo, con menos controles de prensa, fortalecimiento de libertades individuales y una relación menos hostil con los países occidentales. Como es sabido, numerosas fuerzas militares del Pacto de Varsovia ahogaron esta experiencia, aunque, sin embargo, en los agotados días en que la dirección soviética intuía que el viejo ideal de 1917 ya flaqueaba, la dirección política del partido comunista apeló a la consigna que décadas antes había cancelado, el “socialismo con rostro humano”. Mientras tanto, iba creciendo en China una experiencia singular cuya discusión está en pleno desarrollo -en medio de diversos entusiasmos, pero a la que tampoco se le ahorran críticas y reparos-, y que expresada por masas humanas expandidas en  el amplísimo territorio que no logró conquistar Inglaterra a mediados del siglo XIX y que en 1970 encontró dificultades  para a conjugar la cultura comunista revolucionaria con las exigencias de un desarrollo tecnológico que apuntara a la autonomía de un “gran salto” industrial, logró mantener el control político partidario. Con su tradicional simbología revolucionaria, incluido el respeto por la figura de Mao, fusionando de un modo no menos que original, estilos de comando de tipo cercano al stalinismo, con medidas financieras, empresariales, comunicacionales, que se en cierta medida son tomadas sobre la base de una ingeniosa mimetización, del vasto arsenal del capitalismo. Se crea así una base para desarrollos propios y orgánicos de una sociedad heterogénea en el  sentido de una modernización capitalista y un aparato político que supervisa con energía el curos de los acontecimientos. Sería inadecuado resumir esta superposición tan homogénea de planos en la expresión comunismo capitalista. Pero muchos gobiernos periféricos, ajenos al bloque europeo, ponen la mirada en China como la promesa de un nuevo multilateralismo, al que se añadiría la hipótesis de una lenta decadencia del “imperio norteamericano”, lo que ahora no se muestra imposible.

Lo que triunfó mundialmente, no fue exactamente el capitalismo con sus ortodoxa y antigua “división del trabajo internacional” entre países productores de materias primas y los países industrializados, que crecían bajo el signo del “deterioro de los términos de intercambio” según el concepto que Prebisch popularizó al comenzar los 60 para diseñar una posible reacción industrialista de los pueblos latinoamericanos y del “tercer mundo”. Lo que ocurrió fue, mejor definido, un gran salto tecnológico que se presentó bajo el auspicio de la proliferación de las comunicaciones definidas como “banco de datos” y del poder de un nuevo individualismo “liberal posesivo”, para recrearse dominando la posibilidad de expandir en red su propio hedonismo, ostentoso de singularidades, que fue creado por un nuevo tipo de empresas que actúan en el mundo del lenguaje, los símbolos y el consumo de emociones. Estas son figuradas en iconologías que eximen de escritura con una vuelta a expresiones cuneiformes y simplistas alegorías. El alto capitalismo se alía al capitalismo popular en la idea de que se nos da forma de manera virtual y lo que se nos informa reproduce el capital, ahora llamado “simbólico”. El arte, la política, la vida diaria, son sometidas a un nuevo tipo de control basado en un replique del modo en que ocurre el flujo de las finanzas, en el espejo de todas las demás formas de intercambio. Una plusvalía fantasiosa y cardiogramática se apoderó de la idea de las relaciones interpersonales, interpretándola ahora con conceptos como conectividad, y, por lo tanto, dando de baja idea de igualdad utópica del humanismo político. Un humanismo ficticio se torna entonces el regazo de la conexión vital provista por corporaciones que manejan la llamada “economía de la información” o “capitalismo cognitivo”. 

El Presidente evocó en los comienzos de su gobierno la expresión “economía de la información” y por fortuna, después no se la ha vuelto a escuchar, pues es tomar como buena una de las ideologías centrales del nuevo capitalismo, cuya ya arcaica dominación económica ahora se hace por medio de la emisión de bytes, manipulados por millones de sujetos que encuentran en este hecho menos su libertad que una rara y nueva forma de subordinación por medio de su capacidad de consumo, detectada por las informaciones que emiten de ellos mismos. En Chile se escuchó entonces la expresión “capitalismo humanista”, que toma la anterior expresión “capitalismo serio” del kirchnerismo, y ante la cual debemos declarar nuestra predisposición a debatirla, sin dejar de comprender que son las discusiones que precisa resolver adecuadamente un movimiento popular arduo, complejo, heterogéneo. 

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Las acciones que protejan a ese movimiento popular deben asumir nuevos horizontes en su dotación moral e intelectual. Las movilizaciones producidas por la madeja de prejuicios en torno a la seguridad personal asumida como neurosis ciudadana, la soberanía irresponsable de los miedos urbanos, la suspicacia como método para juzgar la diversidad humana, el deseo profundo de agresividad con que el periodismo bélico hace de cada noticia sobre el gobierno el equivalente de órdenes de captura, que ejecutan los comentaristas anónimos o no, cuya intervención de irritados verdugos es suscitada por la naturaleza provocativa de los deliberados enfoques de la prensa. Solo busca infamar para sacar personas del juego, con ayuda de una plusvalía judicial llamada jocosamente “lawfare”. Todo esto surge de los silos y bodegas profundas de una enconada emotividad propietaria, que ha ennegrecido su conciencia al compás de la lógica del Capital, ya sea el empresario “racional” que explica que el mundo está basado en una necesaria desigualdad, ya sea el aplastado granjero que custodia sus hectáreas con un trabuco en la tranquera, cegado por pesadillas donde aparecen satánicos expropiadores. 

¿Qué debe decir ante esto un presidente que fue electo por un frente de unidad sumamente heteróclito, donde hay azulejos sueltos de todo tamaño y color? No le reprochamos que no asuma la situación, pues es más que sabido que la entiende. No le reprochamos que diga las mismas palabras que siempre le gustaron más, porque son las de él, y es ocioso que siga aclarándolo. No le reprochamos que no diga socialismo con rostro humano en vez de capitalismo humanista, porque no son sus estilos ni convicciones. Pero nada de esto debe impedir que se abra una discusión sobre la palabra capitalismo, quizás del siguiente modo: la fabricación de las vacunas sobre todo en los grandes laboratorios occidentales, es un tema del humanismo sin más. Aceptando esta palabra no como cobertura de acciones agresivas sino como lo que significó en sus orígenes, ver en la raíz de lo humano un núcleo sensible vinculado a la naturaleza acogedora, un síntoma a ser amparado ante el avasallamiento de las tecnologías capitalistas. Esos Laboratorios son como estados mayores de una Política sobre la Vida, donde la medicina bioquímica y sus productos son destinados a un mercado inmenso y horadado, donde la humanidad castigada por un virus, cuyos efectos son interpretados de cenagosas maneras, asiste también a una negociación de tipo bursátil sobre las incipientes vacunas. Todo esto ocurre en un arco de situaciones asombrosas, desde Brigitte Bardot, que nos ve como una depuración racial del árbol humano, hasta una porción enorme de médicos y agentes sanitarios de todos los países que, al contrario, conservan la medicina humanista del juramento de Hipócrates que en versión popular indica consagrar la vida “al servicio de la humanidad”. En los grandes laboratorios occidentales no ha prosperado la idea de que la vacuna es un bien social de la humanidad -como así lo dijo el presidente chino-, un producto esencial para la sobrevivencia de hombres y mujeres y no una mercancía para acumular riquezas oligopólicas por parte de todo tipo de empresas fabricantes o intermediarias de este producto vital.

En el discurso de Davos, el Presidente habló de los derechos de la naturaleza, del derecho al agua. Son las vetas de un nuevo humanismo posible. Ahora bien, este debe penetrar en el capitalismo que conocemos para obturar sus aletas destructivas y su afán de perdurar con legitimaciones sobre la lógica de los patentamientos, fomentando el “gobierno electrónico” o la “inteligencia artificial”. El humanismo, que no siempre citó a Tomás Moro y a Erasmo, y que muchas veces fue cobertura para bombardear pueblos, debe retomar su fuerza originaria no como compañero cultural y amable del capitalismo, sino como una voluntad de interrogarlo desde dentro para desbaratar su natural agresividad, pues se mueve con variables de selección y abandono de personas, como si estuviera más acorde a su naturaleza con su brutal naturalidad. 

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El problema que se presenta para un gobierno como el de nuestro país, que no puede renegar de su mensaje de índole popular, nacional y universalista, es que su humanismo debe ser recreado con nuevas visiones que vayan desde las políticas económico-sanitarias hasta los estudios de humanidades. ¿Y entonces, se me preguntará, el presidente debe declararse solo humanista? ¿O debe reemplazar la palabra capitalismo por otra que sea más arriesgada y lo lleve a otra clase de compromisos? En verdad, no. Pero para evitar que sus definiciones cierren caminos e impidan la creación de nuevas fuerzas imaginativas en el campo político, lo mejor sería hablar y enunciar a través de algunas omisiones significativas, sujetas a la interpretación que surjan de las exégesis políticas y de los acervos disponibles en la historia nacional reciente y antigua. Lo mejor, en nuestra opinión, entonces, es que no diga la palabra capitalismo, aun admitiendo que quiere relativizarla. Y que superarla, ya se ha demostrado, en un dificultoso camino de espinas, lo problemático y sacrificial que puede ser.

Pero para no cerrar la hipótesis esperanzada de nuevos tipos de sociedades más justas y que la Argentina se ponga en primera línea en el trabajo sobre estas huellas que las memorias populares aún se atesoran, sería bueno que donde hoy está la palabra capitalismo, se haga un trabajo delicado de expurgación. No se trata de que haya otra que lo rechaza o lo aminore. Queda otra posibilidad. La del lugar vacío. No aludirla, no invocarla, no solicitarla. Y así, el humanismo que se invoca no sería un suplemento inerte, sino, tal vez, un espacio nuevo de edificación de nuevas relaciones en el seno de una nación que aún hurga en sus prácticas, tan limitadas como hoy lo son, una señal propicia que no haga redundar lo malo conocido, aunque ahora de manera presuntamente “seria” o “humana”. 

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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