El cuerpo de mi vida

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¿Es posible que nuestra única posesión real y exclusivamente nuestra no nos pertenezca? Nuestro real territorio de poder –nuestro cuerpo– está controlado, diseñado y valorizado por el sistema machista capitalista en el que vivimos. No nos pertenece. No hay lugar al que podamos ir sin trabajar con nosotras mismas para dibujarnos la ruta de escape, para aprender a tomar nuestros cuerpos, sean como sean, y amarlos hasta que la muerte nos separe.

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Fotos: Joaquín Salguero

¿Pensar el cuerpo? Sí, pensarlo por primera vez, pensarlo nosotras porque antes lo hicieron otros. Los mandatos, las exigencias, los juicios del afuera viven en nosotras aún cuando estamos solas sin nadie observando nuestro cuerpo. Incluso solas y desnudas en una habitación no estamos solas, están las voces, las miradas, los recuerdos de opiniones ajenas. Tenemos dentro los “muy gorda”, “muy flaca”, “muy débil”, “muy vieja”, “muy masculina”  y mil sentencias más.

Para el machismo no hay cuerpo femenino que esté bien. Ningún cuerpo vivo de mujer es correcto para el patriarcado. Aún el esbelto, sexy, torneado y joven mostrado de todas maneras en los medios, es un cuerpo que se fragmenta. Si es sexy sólo es eso. La historia termina en el cuerpo. La linda es tonta, la fea es buena.

Para el machismo no hay cuerpo femenino que esté bien. Ningún cuerpo vivo de mujer es correcto para el patriarcado.

Nuestros cuerpos deben cuadrar en algún casillero: cuerpo de madre, cuerpo victorioso de la que es madre pero también sexy. Cuerpo de puta provocando, usado para vender desde autos hasta queso, pero si queremos usarlo para cobrar por sexo no se puede porque mi cuerpo sólo debe tener sexo cuando sienta amor o deseo. Cuerpo viejo, invisibilizado, asexuado, negado. Cuerpo trans, patologizado, reducido a si hay una vagina o un pene. Cuerpo travesti, maltratado, desterrado, freak. Cuerpo de gorda expulsado de lo femenino por ofender la belleza que nos es menester a cualquier precio. Cuerpo de lesbiana, machona, insultante. Cuerpo perfecto, el santo grial, el máximo poder con fecha de vencimiento que puede tener una mujer, uno de los objetos con más valor en el mundo, de los más cotizados y anhelados. Un extraño valor que puede llevarla a la cima del mundo pero no salvarla del maltrato de un varón que conocía, frecuentaba, o amaba; que la creyó una cosa de su propiedad con la que podía hacer lo que quería.

Cuerpo disidente

Yo tengo –yo soy– un cuerpo disidente. Mi cuerpo gordo es extraño para los demás. Lo miran, lo señalan, lo comentan, se ríen de él, le gritan cosas, lo desprecian muchas personas real y virtualmente. 

Mi cuerpo existe hoy, más allá de cómo deba ser idealmente o cómo vaya a ser en otra instancia. Mi cuerpo me ha dolido conceptualmente muchos años de mi niñez y adolescencia. No físicamente, porque –pese a parecer un oxímoron– mi cuerpo gordo está sano.

Mi cuidado y salud son problema mío. Cómo lo tratan y cómo se relacionan lxs demás con mi cuerpo es problemas de los demás y de todxs. Como mi cuerpo, hay muchos que no son lo que “deben” ser, y son parte de las vidas de todxs. Créanme que desde acá es muy extraño ver todo lo que les produce mi cuerpo.

Es gracioso, y da vergüenza ajena y pena a la vez, cómo por la calle o en algún tweet personas se creen mordaces, vilmente incisivos o divertidos por decir algo sobre mi peso, como si siguiéramos en quinto grado; como si yo no hubiera visto mi cuerpo en un espejo  y ellos van a contármelo para herirme, por primera vez.

Tengo 36 años y no han logrado que toda su mierda me doblegue porque soy una afortunada: tuve herramientas, lecturas, compañías, influencias y coraje para construirme al margen, como un yuyito que crece al lado del camino del deber ser.

Muchas niñas y mujeres van a perder la batalla, van a renunciar a sus sueños, deseos, fantasías, actividades, amores por ser gordas.

Pero me dolió igual. Y muchas otras niñas y mujeres no pudieron, no pueden. Van a perder la batalla, van a renunciar a sus sueños, deseos, fantasías, actividades, amores y mil etcéteras más, por ser gordas. Como si eso definiera todo su ser, toda su vida. No importa cómo, gorda no. Tu cuerpo será juzgado igual, pero dentro de ciertos márgenes de normalidad, ¡por favor! Porque ser gorda está mal, es de las peores cosas que debe ser una mujer.

Los varones gordos también sufren maltrato y discriminación pero en menor medida. Cientos de veces varones gordos intentaron ofender a mi cuerpo, ellos antes que gordos son varones. Y yo antes y después soy una mujer. Ya por eso tienen derecho a opinar en el espacio público o en el privado sobre mi cuerpo. Porque eso se hace con las mujeres, se las mira, se les da puntaje, se las clasifica.

El 80% de las mujeres que me rodearon y rodean padecen todo o algo de su cuerpo. Cambiarían algo ya mismo si un genio les diera la oportunidad. Aún cuando ese cuerpo esté sano y hayan vivido grandes momentos con él tal como es. La violencia contra las mujeres empieza en el espejo porque lo que vemos siempre está mal, siempre falta algo para ser como se tiene que ser. Yo aún no soy, esto que soy no es.

Las “mujeres reales” de la publicidad

¿Qué son las “mujeres reales”? ¿Ese ser que es más parecido a la diversidad de la calle pero dentro de cánones publicitarios y “agradables”? Las mujeres reales no existen porque si existieran convalidarían que hay “mujeres irreales”. Y todas las mujeres –a menos que sean un holograma– son reales. Si una mujer tiene cuerpo es real. La “mujer real” nace como un concepto amigable para disfrazar las verdaderas intenciones. Es sólo otra herramienta en la sistemática manía de disciplinar y moldear nuestros cuerpos.

Las mujeres reales no existen porque si existieran convalidarían que hay “mujeres irreales”. Y todas las mujeres –a menos que sean un holograma– son reales.

Te dejamos unos kilos más, menos maquillaje, una remera blanca neutra, un jean, un look tranquilo, que parezca que no te importa tanto verte bien, y ese pelo que tuvo su hora de preparación previa será acomodado para que parezca que despertaste así. Pero eso sí que no es real. Ninguna de las mujeres que aparecen en esas campañas tienen una imagen que genere ruptura. Todas son convencionalmente bellas o al menos “normales”.

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Las mujeres muy delgadas también sufren el estigma. Se las tilda de enfermas, se duda, se pregunta, se debate la razón de su poco peso. La policía del cuerpo, afuera y adentro nuestro, trabaja 24 por 24 para fragmentarnos, para alienarnos, para hacernos sentir como extrañas en nuestra propia casa de sangre y hueso. Nos fragmenta concretamente cuando nos corta la cabeza en una campaña de perfume y deja sólo un par de tetas. Sin cara no es nadie, no es una persona, es un cuerpo de nadie pero de todos.

A los museos, sólo desnudas

El nivel excesivo de interés por el cuerpo femenino no se traduce a otras áreas de nuestra humanidad. Importa cómo nos vemos pero no qué nos pasa, qué necesitamos realmente. Esto es claro observando la presencia de la mujer en los grandes museos del mundo. Paredes y paredes de desnudos femeninos pintados por varones; mujeres expuestas o retratos a pedido;  una Georgia O’Keeffe a quien le reducen la obra a la simple pregunta, ¿pintaba flores o vaginas?; y algunos de Frida Kahlo, su cuerpo desnudo pero exponiendo su historia, sus dolores, sus sueños, y algunas pocas pintoras más. Menos del 3% de los artistas expuestos en los museos son mujeres pero el 83% de los desnudos son femeninos.

Recomiendo investigar, si no las conocen, a las míticas Guerrilla Girls, artistas activistas feministas que visibilizan con su genial obra esta problemática, y plantearon hace más de 20 años la eterna pregunta: ¿hay que estar desnuda para entrar a un museo?

Estamos viendo y escribiendo la historia de  un porcentaje ínfimo que sigue dejando afuera a muchas mujeres, a muchos cuerpos.

Y no se trata de incluir nombres, de conseguir el cupo en cada área de la vida y de los cuerpos. Si nuestros cuerpos no existen, no son registrados, ¿dónde estamos?, ¿dónde estábamos mientras al mundo lo contaban varones? Estamos viendo y escribiendo la historia de  un porcentaje ínfimo que sigue dejando afuera a muchas mujeres, a muchos cuerpos.

Un falso empoderamiento femenino

Acerca de la muy de moda “inclusión” de otro tipo de mujeres en algunas campañas de marcas mundiales de ropa –donde atentos a lo que se está hablando y a este nuevo influjo feminista en la sociedad–, se suben a consignas de empoderamiento femenino, he debatido con varias mujeres sobre la eterna confusión de que el feminismo no encaja con la búsqueda de la belleza y lo que cada unx quiera hacer de su cuerpo (usar, maquillar, peinar,  etcétera). Una idea ridícula que no hace más que ser policía de cómo debemos ser –en este caso las mujeres feministas. No hay fórmula, no hay un feminismo. El feminismo no es una doctrina o una norma, es mayéutica constante. Una búsqueda de que lo que hago y me hago, sea elegido, sea consciente.

Si necesito horas de peinado, maquillaje y tiempo para decidir qué ponerme, y mucho dinero gastado en ropa y zapatos, no habría mayor problema. Son mis decisiones. Pero cuando esto se replica en millones y millones y millones de mujeres de toda raza y nacionalidad que si no cumplen todos estos pasos no son capaces de sentirse seguras y confiadas, y no se sienten listas para nada; si no se acercan con tiempo y dinero usado solo en su apariencia a ese ideal que persiguen, ya no es mi decisión, es lo que me toca. Me hicieron así, me tienen entretenida.

La belleza en una mujer va de la mano de ser aceptada, de ser amada y, ¿quién puede juzgar las ganas de ser amada de una persona?

La belleza en una mujer va de la mano de ser aceptada, de ser amada y, ¿quién puede juzgar las ganas de ser amada de una persona? Que para muchas su herramienta, su única forma de lograrlo, sea siendo bonitas es funcional a un mundo donde cada vez ocupemos menos lugares porque pocas alcanzan este objetivo y el camino les costará el doble. Otras, como Narcisos tristes, se perderán en un juego de espejos y selfies que nunca, en toda su vida, reflejará algo que las haga sentirse bien, en paz.

El hegemón mediático

¿Tenemos que alegrarnos cada vez que el hegemón mediático lava sus culpas con nosotras asomando la nariz al feminismo? No exactamente. El feminismo falopa no existe, no vive en ninguna mujer, es sólo una ofensa vacía. Pero si algo parecido existe es el “feminismo” de marcas basado en usá, comprá, tené esto y aquello para ser una mujer fuerte y poderosa. No son parte de la lucha. No están detrás del cambio. Sólo quieren vender subidos a la agenda social.

El “feminismo” de marcas se basa en usá, comprá, tené esto y aquello para ser una mujer fuerte y poderosa. No están detrás del cambio. Sólo quieren vender subidos a la agenda social.

Eso, sin embargo, podemos verlo, no todas, no siempre. Hay edades y realidades en las que ver en un comercial de una marca canchera de ropa a una chica gorda, a una chica trans, a una mujer mayor, crea representatividad de alguna manera, estilizada, agradable pero al menos un poco más inclusiva. Y también estamos hecho de mientras tantos. No es la solución, no es la verdad pero quizás sea menos duro para una niña trans su propio tránsito por la adolescencia si tiene una mujer en la que mirarse que se parezca más a ella. Quizás lo que duele, duela menos si hay otra en la que reflejarme.

El cambio es de a pasitos. Si cuando yo tenía 16 años hubiera visto en los medios, en la música o en el teatro a una mujer gorda que hiciera algo que me gustara o inspirara a mí y a otros, y se la valorara por algo más que por su apariencia, me habría llevado menos tiempo quizás darme cuenta que yo podía ser esa mujer. Que yo podía habitar mi cuerpo desde mi cabeza y mi corazón en unidad. Sin vergüenza de que a través de este cuerpo se escuche mi voz y lo que tengo para compartir con lxs demás.

Te invito a que te animes a bajarte de los tacos si te duelen, a relajar con ese pelo que no quiere domesticarse, a trabajar para que –no te digo mañana– pero pronto te sientas fuerte aún a cara lavada.

Desde este cuerpo, desde esta orilla, desde este cuerpo con el que he podido tener mucho de lo que soñaba, –no pese sino CON– te invito a que mientras tanto, mientras caminamos a un cuerpo más sano, más lo que quieras,  te mires con amor. Te animes a bajarte de los tacos si te duelen, a relajar con ese pelo que no quiere domesticarse, a trabajar para que –no te digo mañana– pero pronto te sientas fuerte aún a cara lavada. Porque sin tanta ropa pero contenta es divertido salir igual. Porque chatita y espigada la sensualidad y las curvas recorren tu cuerpo. Porque arrugada sos una bomba. Porque ya aprendiste cómo hacer explotar cerebros y corazones con tus besos y tus palabras. Que bien chonga y peluda lo femenino se te escapa por los poros. Que aunque nunca pariste estás llena de vida. Que como sea ese cuerpo lo tomes todo, lo quieras todo, lo cuides, lo elijas, lo limpies de mandato, te apoderes de vos, que seas la mujer de tu vida y te ames hasta que la muerte te separe de tu cuerpo.

@srtaBimbo

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