El desalojo

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La Ciudad de Buenos Aires se ha convertido en un nervio vital de la especulación financiera, cuyos signos son las grandes construcciones como la autopista llamada Paseo del Bajo, la elevación del ferrocarril San Martín, el decomiso del Jardín Zoológico, el Tiro Federal, seis o siete hospitales ya centenarios, las escuelas nocturnas, todas indicaciones de una refeudalización de la ciudad, con su fantasmagórica clase media esperando los rebotes de los disparos de Chocobar. Estamos exigiendo que la Ciudad siga siendo considerada un bien público, democrático y social.

Todas las ciudades del mundo son objeto de una gran transformación, y no es inadecuado considerarlas como destinadas a ser la sede específica de esos grandes cambios, impulsados por las tecnologías mecánicas o audiovisuales. En medio de la tumultuosa formación de esos archipiélagos de cemento y luz, en general triunfa una fuerte aceptación de la vida urbana, tal como lo determinaron las necesidades de la industria –primero–, y de las mega finanzas después. Por ejemplo, el cinematógrafo introdujo grandes novedades arquitectónicas, como en Buenos Aires lo demuestran los contrastantes y oníricos diseños del Gran Rex y el Ópera, hoy salas de concierto. En otros casos, como en la Unión Soviética, se instaló a los cines en templos abandonados. En sus notas literarias Trotsky festeja este hecho. Décadas después, en todo el mundo son diversas iglesias, sobre todo evangélicas, las que ocupan los cines abandonados. Si tuviéramos que agregar algo más a la sintomatología de esas enérgicas mudanzas, pensemos en el conflicto que se establece en ciertos planos de la conciencia social que tiene que juzgar esos cambios. Por poco que nuestra memoria sea ociosa para adentrarse en esta cuestión, nos referimos a la oposición que su momento tuvo la construcción de la Torre de Eiffel.

¿Quiénes se oponían? ¿Eran insensatos tradicionalistas, poetas simbolistas antimodernos? Verlaine y Huysmans firmaron un manifiesto en contra de la Torre. La consideraron un osario de hierros. Maupassant se fue de París para que no le estorbara la vista. Hoy solo sabemos de la opinión de los turistas que se complacen accionado sus celulares con ese “osario” de fondo. Abundan los casos de angustia literaria cuando una sentimentalidad urbana se ve desafiada por una monumentalidad repentina o la desaparición de edificios de un ciclo histórico anterior. En la Buenos Aires de los años treinta, Martínez Estrada condenó al Obelisco en su libro La Cabeza de Goliat. Borges lamentó el entubamiento del arroyo Maldonado, actual avenida Juan B. Justo, y antes se mostró nostálgico de la escritura manual ante el avance de las “máquinas de escribir”. Podrían encontrarse evidencias de este estilo adverso a la “ciudad técnica” en toda la historia de la literatura.

Larreta, el escribano de cemento

Hay numerosos estudios respecto a que una ciudad es un ámbito de servicios a las necesidades de la reproducción del capital. Así lo afirmaba Manuel Castells al estudiar la ciudad francesa de Usinor, que es claro, era una trama urbana cuyas viviendas, lugares de esparcimiento y medios de transporte estaban vinculados a las “necesidades” de los obreros de la fábrica que daba vida a la urbe. Esto es una obviedad que no puede aplicarse a las grandes ciudades, que si bien se vinculan vicariamente con el movimiento económico financiero, son también un conjunto de símbolos y valores de usufructo artístico, aunque más no sea, refugio ambiental del “urbanitas”, que se considera así un sujeto arraigado a una territorialidad compleja. Como usuario de bienes culturales y no solo cómo objeto de una plusvalía originada en la renta inmobiliaria o en los tentáculos fabriles que precisan reproducir un colectivo servicial en su entorno. Ni siquiera es totalmente así en la ciudad de Berisso, que podría corresponder a la situación de una ciudad que solo reproduce la fuerza laboral del frigorífico que la justifica. Berisso aún subsiste, desaparecida su fuente laboral masiva. Es sin duda una ciudad arqueológica –tal como estudia el gran escritor noruego Kjartan Flogstad a la ciudad soviética de Pyramida, un emplazamiento minero despoblado, que se mantiene vacío como testimonio de una era histórica–, y su destino puede ser el turismo “cultural”, especializado en ver las “ruinas de las antiguas revoluciones”.

¿Una ciudad sigue necesariamente los pasos de la tecnología que se presenta como dominante en un momento histórico determinado? Así lo afirma el mencionado Castells, que ahora ve como surgen las “ciudades informáticas” en vez de las antiguas ciudades fabriles que se mantenían inscribiendo en su traza las necesidades de reproducción del capitalismo industrial. No estamos tan seguros de acompañarlo enteramente, pues no siempre una ciudad concebida como gran metrópolis, se entrega totalmente a la lógica reproductiva de lo que habitualmente se denomina “sociedad de la información”, con todas sus groseras variantes. Aun podemos considerar la vieja tesis de Henri Lefebvre en relación a las ciudades como regidas por un valor de uso. Hay algo en ellas que resiste al movimiento económico financiero de la renta inmobiliaria. No solo asociaciones como Basta de demoler, sino el propio ciudadano que por más ganado que esté por la ideología de la ciudad del “vamos juntos” (la ciudad macrista), aun considera que en su patrimonio espiritual se halla esa vieja esquina que recuerda de su infancia o una estación de tren que increíblemente preserva rasgos de la antigua prosapia de la arquitectura ferroviaria. Aceptemos entonces que el papel de las ciudades en la historia haya sido el de la ruptura del mundo feudal y que haya creado instituciones ajenas al vasallaje de la tierra cuando el mercantilismo urbano podía esgrimir su alianza con las luces de la ciudad, a su manera anticipo del iluminismo burgués. ¿Pero ahora?

Estamos en la ciudad macrista. Buenos Aires se ha convertido en un nervio vital de la especulación financiera, cuyos signos son las grandes construcciones como la autopista llamada Paseo del Bajo, la elevación del ferrocarril San Martín, el decomiso del Jardín Zoológico, el Tiro Federal, seis o siete hospitales ya centenarios, las escuelas nocturnas, todas indicaciones de una refeudalización de la ciudad, con su fantasmagórica clase media esperando los rebotes de los disparos de Chocobar. ¿Cómo así, no es una ciudad informática? Sí lo es, como todas las contemporáneas, pero con singularidades que no deben pasarse por alto. Aun las estamos viendo con nuestros ojos perezosos. No se trata de hacer como Maupassant, “irse de París”. Esta es nuestra ciudad, y es necesario repensarla para contraponerla a la ciudad macrista, que mantiene el 20 por ciento o más de edificios desocupados, y que demuele sistemáticamente los signos alegóricos identificatorios de la condición ciudadana emancipada. Tampoco se trata de rechazar los cambios asociados a las tecnologías, cuando éstas no provengan exclusivamente del uso que le dan las corporaciones de la construcción, los grandes estudios de arquitectura, las mega inmobiliarias y los gobiernos asociados a ellas. Una lógica publicitaria que se dirige al menguado habitante como un “igual”, está urdida a la manera de una unión de facto entre una ciudad ilusoria y un supuesto citadino favorecido en el acto de compartir las decisiones sobre una compleja metrópolis capitalista y con alta espesura en la circulación de bienes, servicios, informaciones, acciones visibles e invisibles de las finanzas y la economía circulatoria.

Paseo del Atajo

“Vamos a cambiar tu forma de moverte en la ciudad”, nos dicen. Parece lindo. Pero es la quintaesencia del macrismo, considerar como muñecos inertes a los pobladores de la urbe, a los que mueven como titiriteros en una plaza bombardeada por canteros de obras. Estos no son señaladores de un “espíritu modernizante”, como lo fue la construcción de los subterráneos (ver la interesante aguafuerte de Arlt sobre la construcción de la línea B), sino intromisiones “financieras” en la vida del viandante, del habitante, del ciudadano, de la Pólis misma considerada una cabecera de playa tomada. Todo movimiento es absorbido porque es considerado igual que un asiento bancario o una jugada bursátil. ¿El Metrobús? ¿Las bicisendas? ¿Los recipientes de la basura? ¿Las balizas y macetas por doquier? ¿El “embellecimiento” de los puentes de hierro con florcitas de artificio? ¿Los “espacios verdes” sobre el “techo” del “paseo” del Bajo? Ya sé, no es mero ilusionismo, podemos sentirnos agradecidos por las ventajas en la circulación, que compensarían ahora tanto esfuerzo por caminar por la Corrientes “angosta” a la espera de la peatonal que nos facilite la concurrencia a pizzerías y teatros. ¿Volvió el intendente De Vedia y Mitre? Pero veamos la contracara de tanta felicidad urbana, cuerpos liberados, ciclistas radiantes. No es otra que la aludida refeudalización barrial, determinada por los circuitos que marcan las estaciones de Metrobús, los diseños de un esparcimiento cautivo (un “ocio represivo”, se dijo hace ya varias décadas) y las acciones bancarias-inmobiliarias que tienen un “Nordelta” en su imaginación disciplinaria. Paseo era la 9 de Julio. Ahora es un mero Circulador.

Puedo equivocarme en esta apreciación, porque si bien no se trata de oponer tradicionalismo a modernización, estamos exigiendo que la Ciudad siga siendo considerada un bien público, democrático y social. El avance desmesurado de la especulación urbana y de una urbanística del capital financiero, que despoja de derechos a miles de personas en nombre de la cerveza artesanal u otras maneras de “ir juntos” o “en todo estás vos”, adquiere niveles de alienación colectiva. Son ya modalidades del pensar, zonas de gestualidad secuestradas, vallas en la conciencia pública. En Buenos Aires se engendró el macrismo, sólidamente asentado en decisiones cosméticas o de fondo. Ya sea que se inspiren en Cacciatore o en el antiguo ideal de urbanizar las villas, cuentan con el acuerdo de los vecinos de Avenida del Libertador a los que autopista les pasará a unos metros de sus ventanas, o del “Barrio 31”, instancia pretextual para sostener en una promesa de mejoría un negocio de circulación informática, es decir, una autovía poderosa y rampante. En todo este largo ciclo, se ausentaron las decisiones de una oposición más consistente a estos avasallamientos. Ahora es preciso pensar más a fondo como desalojar electoralmente al macrismo de la Ciudad. Imperativo democrático, ciudadano y nacional.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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