El filósofo y el político

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La decisión política y la expresión filosófica tienen naturalezas diferentes. Es un mito la existencia del Rey-Filósofo o la figura fusionada en una sola persona. Lo más comprensible que se presenta a nuestros deseos inverosímiles de unidad es la existencia unívoca de “reyes-políticos” y “filósofos-intelectuales”, que tienen tareas separadas aunque saben que deben juntarse y conversar. Perón abrió las puertas de la conexión entre el arte filosófico y el arte de la conducción política, unión necesaria pero imposible. No hay política efectiva si no se establece un diálogo con el múltiple saber de la filosofía formal o informal.

Hay un conocido tramo de Platón que indica la conveniencia del rey filósofo. Es decir, el gobernante que posee en su integridad los conocimientos de la época incorporado en el filósofo al que no le es ajeno nada de las artes del gobierno. Por cierto, no es sino un mito que construye una figura que ningún tiempo conoce como fusionada en una sola persona, el mentado Rey-Filósofo. Pero esta mancomunión de dos en uno, no es un mito tan inocente, como si alguno lo fuera. No lo es, porque por más que pueda acusárselo de falsedad y desvío de las verdaderas fuerzas de la sociedad, siempre se hace presente en cualquier pensamiento, pues su tarea, la del mito, es la de detener la constante escisión a la que lo realidad nos obliga cuando queremos abarcarla con nuestros conceptos analíticos. Por eso, el mito irrumpe porque lo necesitarnos, es lo que realiza la tarea de interrumpir las continuas escisiones, las divisiones a veces innecesarias en segmentos o capítulos separados lo que desearíamos ver unido. O mejor dicho, las fragmentaciones que se producen de modo impetuoso como una suerte de ley de la vida, pero que en algún momento hay que ponerles coto para que no sean constantes contradicciones destructivas.

El mito del Rey Filósofo tiene esa característica. Está hecho para detener o parar con una advertencia supuestamente realista el intento de querer que se reúna en una sola persona la filosofía y la política. Incluso debería felicitarse a quien impida esa fusión, que no llevaría a otra cosa que a un mutuo desastre tanto a la filosofía como a la política. De ahí que lo más comprensible que se presenta a nuestros deseos inverosímiles de unidad, sea la existencia unívoca de “reyes-políticos” y “filósofos-intelectuales”, que saben perfectamente que tienen tareas separadas y que, con el mismo énfasis, saben que deben juntarse, conversar, reclamarse amistad el uno con el otro. Aunque si hemos de recordar la leyenda platónica de la estancia del filósofo en Siracusa, evidentemente, la idea del rey filósofo no podría dar peores resultados. Lo que está en juego es -al parecer- la diferente naturaleza que tiene la decisión política y la expresión filosófica.

Por lo menos, las separa la cuestión de la inmediatez. Muy pocas veces el político sensible pone entre paréntesis la tarea inmediata, para poder desglosarse en el conversador sobre los tiempos futuros, la finitud de los humanos, la condición es de precariedad de todas existencias. Digo muy pocas veces. Es necesario aclarar que es habitual en los políticos la mención a los filósofos, sus frases, las citas que de ellos pueden obtenerse, y el estado general de la política como una gran promesa. No debería haber tema más filosófico –es decir, que llame al pensar abierto y sin concesiones–, que el estado de promesa. Pero citas y promesas, siempre podemos advertirlo, en las actuales formas políticas parecen exteriores a la materia originaria del ser político. Como recuerdos fugaces del viejo mito derrotado.

La gran filósofa Hannah Arendt formuló con su estilo tan exquisito de escritura la cuestión de la promesa junto a la del perdón –términos teológicos introducidos en el mundo laico de la política–, aproximándose lo más que pudiera concebirse, al problema antiguo de la posición unificadora del filósofo con el político. Por eso consideramos a su obra, una gran aventura de la teoría política. No son las reflexiones de un político, entendiendo por tal el que tiene en su dimensión existencial la cuestión del gobierno, aunque no lo ejerza en tal o cual momento, o no lo ejerza nunca. Al pasar, debe mencionarse la horrible caricatura ocurrida en nuestro país cuando un personaje de la política que gozaba de sus propias caricaturas en el uso del lenguaje, fundó un instituto Hannah Arendt, para decir todo lo contrario a lo que esta filósofa mantenía, filósofa de un distinguido liberalismo de raíces clásicas, pero que definía la república como un acto institucional de resguardo a las expropiaciones que proceden de cualquier sistema económico y financiero.

El totalismo macrista

Dado este ejemplo –una señora dudosa de la peor trama política argentina invoca a una filósofa del juicio, basado en el estudio de los griegos, en los escritos de San Agustín y Heidegger, y en una tenue visita de las éticas protestantes en sus desarrollos conceptuales–, podemos concluir que la filosofía en cualquiera de sus visiones atrae al político, ya sea el más medido y circunspecto, como un Alfonsín, que citaba a Krause (el filósofo que había leído Yrigoyen respecto a su concepción de la política como oración laica) hasta la mencionada rimbombante señora, que desfiguró con irresponsable ensañamiento el nombre de Hannah Arendt. Los atrae porque siempre el verdadero político siente que no puede, y quizás no debe, remediar esa falla fundamental de su lejanía con la filosofía o la ausencia total de ella en su experiencia de decisiones y aprietos trágicos. Nada mejor para adentrarse en ellos que la lectura de las conocidas conferencias de Weber sobre el sabio y la política en el año 1919 en Münich, sobre las que tanto se ha hablado.

El caso del general Perón es notable en este aspecto, pues se acercó indudablemente a la figura integral del político filósofo, es cierto que a través de un momentáneo roce a la postre famoso, pues invocando la figura de Aristóteles y su discípulo Alejandro de Macedonia –es esta, sin duda, una leyenda ejemplar de relaciones del filósofo con el Político guerrero–, dejó en el peronismo la tensión hacia la filosofía, encarnada en la idea de comunidad organizada. Al asumir Perón ese célebre texto, y leerlo en un muy connotado congreso filosófico, abrió las puertas de la conexión entre el arte filosófico y el arte de la conducción política. Esto último, lo que Alejandro Magno lo mencionaba con la palabra griega “hegemon”. Lo filosófico, en Perón, es la comprensión de una acción realizada por el Hegemon, por lo tanto, no concibió que se precisara de otra persona como compañero del conductor, sino que éste lo era al mismo tiempo que reflexionaba sobre la filosofía del mando y escribía sobre ella, o leía los textos que una serie de profesores preparaban para esa función, la de producción de vasta ilusión vinculante entre el filósofo y el político.

¿Qué quedaron de estas escenas donde la figura del poder de mando y el mando de la filosofía podían unirse? Ya lo dijimos, unión necesaria pero imposible, como reza una de las paradojas del post estructuralismo. Lo muestran las “Meditaciones” de Marco Aurelio sobre la finitud de la vida, que le deben tanto sus campañas militares como a la influencia de Séneca y otros estoicos. Lo muestra también Catalina la Grande de Rusia, que reinó bajo un régimen esclavista y expansionista, y protegió a los enciclopedistas, se carteó con Voltaire, escribió piezas de teatro y al parecer, también sus memorias. Se estudia su período como una compleja relación de Rusia con la Ilustración sobre la base de la creación de una nobleza amiga de la filosofía de la razón, encima del océano de campesinos despojados de condiciones de sobrevivencia digna. La idea de despotismo ilustrado bordea la del rey filósofo. Cristina de Suecia también logró elevarse relativamente sobre sus preceptores, y llegó a interesar a Descartes, que luego de mantener una correspondencia bastante notable, va a conocerla a Estocolmo. Grocio, uno de los embajadores de la sueca Cristina, llega a ser leído con entusiasmo por Alberdi, quien inspira en él su “Crimen de la guerra”. Alberdi y Rosas es el ejemplo de una relación que no pudo ser, que permaneció en una insinuación, tal como la estudia José P. Feinmann. Urquiza y Alberdi, en cambio, se conjugan como el guerrero patriarcal y el filósofo del derecho y la renta pública.

Podríamos caracterizar los tiempos modernos, con esta expresión tan indeterminada, como el de la ruptura definitiva de los mutuos deseos de seducción entre la filosofía y la política, con la volátil figura mítica del Rey Filósofo como ejemplo de un fracaso notable en la historia de los poderes en los lejanos tiempos de la antigüedad clásica. Pero no ha caducado el interés del político por el filósofo o el literato. Ciertamente, este interés puede ser ocasional, e incluso justificado por una secreta desconfianza hacia los “litterati” y los filósofos, a veces llamados en sordina filosofastros. Es curioso que el peronismo, atacado por intelectuales de formación clásica como Victoria Ocampo, que no obstante visitó con imprudente simpatía a Mussolini, cultivara la ansiedad –la dificultosa ansiedad–, por poseer una filosofía que le fuera propia, y que observando el modo en que esto se mostraba en diversos escritores afines, no dejaba de tener sabor aristotélico. Sin duda, la propensión retórica provenía de lecturas de ese origen, por ligeras que fuesen.

La presencia rumorosa de Cooke

No puede dejar de recordarse aquí la relación de De Gaulle con Malraux, que venía de las izquierdas y era un escritor de expresividad épica, que por cierto se había ganado la antipatía de Simone de Beauvoir, que lo tachó de populista. Debe señalarse que las “Antimemorias” de Malraux fueron lectura de los años setenta de gran parte de los militantes nacional-populares, y que Néstor Kirchner, en algún momento –apelando a sus recuerdos de lector de época–, diciéndolo al pasar, lo recomendaba a los jóvenes de comienzos del siglo XXI. Rarezas de la memoria. En espejo, Sartre dialogaba con Lumumba y el Che, y este tuvo sus mejores semblanzas en escritores muy opuestos a sus principios filosóficos, como Lezama Lima y Martínez Estrada. Nada de esto nos deja entrever que la relación del filósofo y político adquiera, en su inevitable presentación abstracta, ninguna figura unificadora que realice la síntesis vital entre ambas dimensiones. Esa ambición totalista nunca lograda, es ahora una veta que apena susurra su vetustez en el interior de la política contemporánea, aunque produce también sus sorpresas.

No quiero con estas breves y pobres menciones establecer ni una norma ni una teoría fallida. Lo cierto es que no tanto la filosofía, sino los filósofos, son los que rondan al espectro de los príncipes. Paradójicamente, Maquiavelo, que escribió el famoso libro con ese nombre, no parece que quiera tratar el problema de la “filosofía y el poder” encarnado en una sola conciencia, sino que se presenta como cronista interesado en César Borgia o en los Médici. No obstante, su célebre libro no oculta un terrible secreto a voces, esto es, la escritura del que se sabe impotente para dar órdenes –aunque figura entre sus oficios la tarea de observador en la cancillería la corte de Florencia–, revertida sobre su oscura admiración por César Borgia, su ideal arquitectónico de la política (que encerraba el destino trágico de sus héroes) y su idílica conexión con Leonardo Da Vinci, que era el arquitecto y el artista que lanzaba las astillas de un humanismo del hombre constructor, en la absoluta proximidad imaginaria con aquel humanismo de Maquiavelo, que encarnaba en el príncipe esa noción, pero como un sentimiento disfrazado detrás de la virulencia insoportable de las acciones políticas.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que, si es aceptable decir que hay épocas y épocas, no hay ninguna época que no se iguale con cualquier otra en este crucial problema de que no hay política efectiva si no se establece un diálogo con lo que se constituye, a falta de mejor nombre, en el múltiple saber de la filosofía formal o informal. Desde luego, no lo que necesariamente se llama así, ni con sus profesores ni divulgadores, sino aquello que ofrece una actitud frente al tiempo y la vida que sepa indicarnos apenas algo. Cómo juegan la dialéctica de la decisión, de la contingencia y del destino general de la política, en la siempre esquiva, pero no por eso imposible emancipación.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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