El Frente contra el Fondo

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Los pueblos versus las finanzas y las redes sociales como espejo. La firma del acuerdo con el FMI como un punto de partida para la toma de conciencia y el nacimiento de un frente heterogéneo en su conformación, pero homogéneo en su posición. Cómo evitar la trampa de las “alternativas suavizantes”.

Foto: Joaquín Salguero

¿Se mantendrán las naciones? ¿Hay pueblos? ¿Habrá pueblos? El modo en que los poderes y los lenguajes de las finanzas absorbieron las nociones de sustancia y tiempo, esencia y singularidades culturales, ponen escepticismo sobre la sobrevivencia de naciones y pueblos. Hubo un giro por lo menos desde hace medio siglo en las filosofías sociales, que consagran el combate al “esencialismo” y a las formas compactas del ser. Sin ser responsable de nada, estos conceptos curiosamente acompañan a la imposición del modo de circulación de las finanzas sobre las llamadas redes sociales. También sobre las comunicaciones de masas, los tráficos jurídicos en cuanto a decisiones, sentencias y penas, y al propio lenguaje corriente. Ninguna ley, a partir de este flujo de cosmovisiones meta-dinerarias, tiene base en alguna contrapartida ontológica. Esto es, en cualquiera de las fuerzas reconocibles del ser social y sus sedimentos históricos. No obstante, la firma del convenio con el FMI, con lo extremadamente gravoso que resulta, puede acelerar por efecto de un pensamiento que se reagrupa en un punto intempestivo, la reacción de vastos sectores sociales. Y darse así una nueva densidad social de justicia y emancipación.

Estamos en vísperas de conformar un gran frente social, que aun no tiene nombre ni candidatos, pero que en la misma medida que se saben estas faltas, se hacen abundantes los congresos, asambleas, reuniones grupales, debate sobre identidades, preguntas incisivas sobre lo que esta vez -si un conglomerado realmente alternativo se hace cargo de los asuntos públicos en el país, con un sentido emancipador-, configuraría la inesquivable obligación de deshacer los lazos de subordinación establecidos por el macrismo, que culminan en el indigno acuerdo con el FMI. El tema del supuesto y deseable éxito de un frente opositor reside en el tratamiento de una heterogeneidad no lo haga sucumbir en el agua chicha, ni su postulada uniformidad identitaria le impida expandirse a voluntades colectivas que habitan círculos más amplios de la población. Muchos partidarios de un esquema de amplitud que garantice múltiples adhesiones, por la misma razón de que piensan en mantener delicadísimos equilibrios entre piezas muy diferentes, se amistan vertiginosamente con el concepto de “garantizar la gobernabilidad”. ¿Bajo tales razones aceptarían un recambio del macrismo que, ante la descomunal tarea de desarmar sus arquitecturas financieras de sumisión y dominio vicario, se presentarían como la alternativa suavizante, la tersura social que no supieron tener los Dujovne o los Caputo para administrar el mismo régimen de servicialidad a las penurias impuestas por el FMI? Es, no lo queremos.

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Desde hace por lo menos cuatro o cinco décadas se comenzó a llamar “gubernamentabilidad”, con extraño y elongado vocablo, a cierta cualidad abstracta de los actos de gobierno.  También aquí se deshacían los ejes de sentido político para pasar a significar las técnicas de control poblacional, que tan claramente se hicieron visibles a propósito de cómo integran sus bancos de datos las compañías que monopolizan la locomoción, acumulación y cruce de registros humanométricos que llaman “sociedad del conocimiento”. A partir de los millones de inocentes “clics” cotidianos que emiten los particulares, lo privado se hace político, sin que ninguno de los dos gane mucho con ello. Lo verdaderamente político seguiría dependiendo de la catedral imaginaria de aquella gubernamentabilidad.  El gobierno real es apenas una delegación eventual de ésta, materializado a través de sucesivas degradaciones de personajes anticipadamente descerebrados. Su versión fantasmal solía denominarse “equipo”. Son ellos que, hábiles tan solo para presentar como éxitos sus fracasos ostentosos, trazan los planes de perdurabilidad avalados en su ilusoria alianza con las fuerzas financiero-tecnológicas-comunicacionales que trazan el actual cuadro de regencia mundial, que va de lanzar misiles a lanzar un seleccionado de fútbol sobre Jerusalém. Macri es una pieza de prueba, una figurita del álbum planetario de las que pueden ser robadas de una imprenta por su inutilidad, pero en este caso su singularidad descansa en que es un tarugo indispensable en el criadero de chanchitos de Indias. Estudiosos de su caso recomiendan sacarles foto en la primera fila de G 7, a fin de hacer más dúctil su prestación y posterior investigación de caso.

La gubernamentabilidad es adecuada para explicar esta relación Macri-FMI. Se trata de un visor que actúa sobre redes de control de la vida, y la “gobernanza” – ¡palabra que usó Macri!-, señala a una red de gobiernos ficticios, sometidos a la Red general de mandos planetarios que se expresan bajo una constante ilegalidad, que es doble: la reversibilidad de los bombardeos que penalizan poblaciones en Medio Oriente y los juegos financieros, que se turnan y entrelazan en su actuación. Cuando se cree que actúa uno, vemos al otro. Y la mentira entonces actúa como misil de la lengua, “si decíamos que estábamos fundidos no nos prestaban plata”. Dinero y mentira también ejercen una relación de turnos reversibles. El partido del gobierno, con su cosmética ya en peligro, cuenta con una notoria integrante que no solo no le teme al ridículo, sino que hace del ridículo una forma de intimidación colectiva. Ha fundado cierto Instituto Hannah Arendt, dúctil autora que entre tantas otras cosas, se destacó por su estudio de la mentira en política, observando que la fabricación de las imágenes, a la manera antigua, embellecían la realidad en vez de desear ahora ofrecer un sustituto completo de ella. Describe por el reverso lo que hace su remota pseudo discípula argentina fondomonetarizada.

Ya sabemos que uno de esos sustitutos es el timbreo en lugar de la idea de un pueblo siempre en estado de llamado. El timbreo es el pobre equivalente del llamado del ente crediticio a los desposeídos, y el garante del pasaje del barro al “plástico”. Se lo percibe en un rictus del rostro del agente de Crédito: la foto del presidente con el portafolio seguramente repleto de pagarés con un dedo congelado en el llamador una casa precaria. Son escenas medievales, legendarias, imperfectas, aunque al menos aquellas formas arcaicas contenían la versión de un Rey que podía escapar un día de su torpeza acudiendo de verdad al extremo destronado de la vida, recibiendo una lección de humildad, tornándose melancólico. Leyendas, al fin. El FMI no las permite, si le tocan el timbre no actúa como el vecino sorprendido, sino que baja su plan entero, maneja la íntegra economía de un país, y se da el lujo de decir que sus políticos deciden por sí mismos y que si esto fuera poco, hay dinero en proporciones adecuadas si por excepción, sufren en exceso los pobres.

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Pero estas, para los macristas, son viñetas calculadas. Lo que verdaderamente significan ya estaba corriendo como un hilo subterráneo por debajo de los gobiernos clásicos, los de Alfonsín y los de Néstor y Cristina Kirchner, ajenos al individualismo posesivo que desfibraba lo popular hasta allí encarnado. Pero no se alcanzó a pensar -no era fácil en esos momentos-, que la fusión del poder financiero con el poder digital y de éstos con una ficción de personajes “decontractés” -el baile de arlequín fracturado el balcón de la Rosada ya anunciaba todo-, iba a producir tan rápidamente palabras sueltas y argumentos transgénicos, como las famosas semillas. Somos ahora hombres semilla, hombres y mujeres copiados de antiguas figuras que alguna vez fuimos. Pero habrá que desmentírselo en la cara a la “sensible” señora Lagard, siempre en guardia, como la señora Bullrich.

En el ciclo anterior, se intentó resistir al Fondo con medidas prudentes y sensatas; se pagaron deudas, aunque se resistieron las pretensiones de los fondos más agresivos. Eran actos con historia, despertaban polémicas, estaban protagonizados por gobiernos que respondían a las vicisitudes del pueblo nación, en su veta liberal democrática, o la veta democrática nacional y popular. En cierto momento, pudo no haberse imaginado que el macrismo, encriptado en toda la época anterior bajo otros nombres, daría un palmazo a todo esto y declararía terminada la historia nacional en la dentadura complaciente de esa Madame Lagarde, con su sonrisa repleta de falsa tolerancia.

El lenguaje de las finanzas conserva algo de los círculos esotéricos: si un editorial de Clarín contra Maduro acusándolo de tirano dispone solo de consignas pétreas, el idioma del financista es inestable, parte de una totalidad de hechos trasquilados que integran un complejo planetario donde todas las fuerzas se sostienen por gravitación mutuas y están siempre al borde del colapso, todo lo cual lo anticipa una frase que ya tiene varias décadas y describe el asunto: “se cayó el sistema”. Como en la justicia tradicional, hoy vulnerada, en las finanzas hay distintas instancias que se golpean entre sí, se combinan o se desmiembran, sin que haya una última instancia visible, pero algunas se hacen visibles pues por el momento sustituyen las que no están a luz. Es el caso de FMI. La creación de ese lenguaje de apariencia sólida -bonos, dólar futuro, restricciones externas, fuga de capitales, repatriación de capitales-, son figuras que surgen de una necesidad de jerga, que todo conocimiento organizado posee con mayor o menor exaltación. Se dice volatilidad como viralización en cualquier reunión que tenga el motivo que fuere. Las jergas dan la impresión que en el lenguaje reside un poder. Es así, es el poder moral de los consensos históricos ya dados, pero ahora está en retirada por el hecho de que también aquellos se rigen por las reglas del mercado.  Reglas de imposición, secreto, captura, visibilización o devaluación de los ejercicios de comprensión.

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Esta enciclopedia de palabras imantadas para la credulidad de los torpes o los incautos predominan en todo el mundo; algunos saben que no pueden escapar del compromiso de usarlas, pero provienen de un mundo anterior donde existía la historia, la idea de comunidad activa y conflictiva, la noción de un destino siempre puesto sobre tablas en el debate de una nación que se plebiscitaba de continuo, no pocas veces a través de violencias explícitas. Con el macrismo eso ha desaparecido, salvo una asorda y cruel violencia embutida. Y en dos años se concentró en tres letritas trágicas, FMI, que ya se prefiguraban en la sonrisa sarcástica de Macri, sus bailecitos desmembrados, sus locros con los vecinos de Olivos, su “si hubiera otro camino lo emprendería”, su insensibilidad militante en cuestiones con una mínima espesura social o política, su “peronización” un día, su “desperonización” al otro. ¿Ahora no es el momento de hablar en serio sobre cómo librarnos de esta mácula? Es una tacha que desmantela todo proyecto social que parta de una reflexión autonomista que garantice un mínimo de realización colectiva; todo lo contrario a la gubernamentalidad, a la intromisión en la vida de un grupo humano para sustraerle sus modos de subsistencia, que es decir sus modos de pensarse a sí mismo. Hay un pueblo-nación cruzado por clases sociales, diversidades en el habla, heterogeneidades en el gusto y las preferencias culturales. Y formas calcificadas de concepciones políticas, así como la contraparte, las conciencias abiertas a la perplejidad de toda historia, lo conjetural de toda vida.

Por eso estamos en posibilidad de hacer algo y hacer mucho. El Frente contra el Fondo parecen dos indicaciones de un viejo fotógrafo para la mejor pose de la foto de bautismo o de cumpleaños. Pero en su intencionalidad nos ofrecen mucho. Tienen la atracción de su figura dicotómica en la manera enérgica en que se presenta y cierta desventaja binaria que no puede resolver de antemano la existencia de un gran archipiélago de agrupaciones, tendencias y conceptos que se entrecruzan, antagonizan, se vuelven a cruzar de otra forma. Pero para que un Frente se apodere efectivamente del deseo y las posibilidades de millones de personas es preciso no predicar unidades en abstracto, prohibiciones para tratar los temas urgentes, omisiones para entrever las imposturas que surgen de las proposiciones sobre las nuevas políticas en la “era digital”, la reluctancia a despojarse de fervores ya calcinados así cómo de lo que supuestamente trazaría la línea de separación de todos los arcaísmos anteriores. Ni la memoria con sus subrepticios depósitos estará ausente, ni será necesaria la insistencia desnuda en astuciosas antiguallas. El mundo de las operaciones políticas tramadas en gabinetes de profesionales se debe obligar al paréntesis o al cese de actividades. Lo que se precisa apenas está insinuado y los rostros y consignas que tendrá son intuidas por todos, pero el gran dibujo final no deberá tener temor de revelarse un momento antes del abismo, en el minuto final, que es cuando los pueblos sometidos -por voluntad de otros, pero también por su propia voluntad-, suelen salvarse.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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