El Obstáculo

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El gobierno deberá moverse, en medio de condicionamientos, sin dejar que el obstáculo se apodere de él pero sin tratarlo como la representación de una dificultad externa que debe ser desplazada con tratamientos drásticos. Luchar contra el Obstáculo –las fuerzas de la deshumanización de la vida a escala financiera global– es una lucha contra estructuras de dominio corporativo mundial, y a la vez contra nuestra propia timidez ante la decisiones cruciales.

Es una singular experiencia. Nos referimos a la llegada a la Presidencia de Alberto Fernández. En pocos días ha mostrado que actúa bajo dos preceptos. Uno, respetando los límites que provienen de una situación desfavorable, tanto en el continente como en las ruinas diversas que ha legado el período gubernamental anterior. La otra, trabajando sobre esos límites para poder superarlos sin desconocerlos abrupta o irresponsablemente. Si se los pudiera enumerar, son los condicionamientos que surgen de un conjunto de supuestas inmunidades adquiridas por diversos sectores sociales y profesionales, que van desde lo que con extrema facilidad analítica se llamó “el campo”, hasta los montos jubilatorios denominados de “privilegio”, palabra que de por sí aclara todo. Son en efecto, algunos de los condicionantes.

El gobierno deberá moverse procelosamente en medio de tales condicionamientos –llamémoslos mejor así–, sin dejar que el obstáculo se apodere de él. Pero también sin tratar al obstáculo como la representación de una dificultad externa que debe ser desplazada con tratamientos drásticos. La pregunta esencial de la política es cómo confronto con adversarios más poderosos que el que hace precisamente esta pregunta. Es decir, el gobierno tiene una fuerza que le permite no quedar condicionado por el obstáculo, pero su posición peculiar –poseer las riendas de la decisión institucional en última instancia–, no le aconseja ir pateando estorbos como si caminara impetuosamente por la calle con una barra de amigos, y como en la canción de Chico Buarque, fueran todos despreocupadamente “chutando lata”.

Esta singular experiencia, esto es, la del nuevo gobierno, sin embargo no admitiría ser calificada como una práctica de gobierno de centro, y ni siquiera de centro izquierda.  A esta comodidad hay que buscarle una resolución más profunda. En el primer caso, porque los sistemas de complementos ante los balanceos para un lado y otro, nunca dejan, una vez descartados o equilibrados, un lugar ideal, una perfección política en estado puro, despojada de los excesos ya descartados. No hay política imaginativa si el que la hace cree que se llegó hasta allí tirando lastre en un momento, o dejando escapar gas del aerostato en otro momento. Peticionar un centro es querer un lugar puro y exento de frenos o de contingencias.

En el otro caso, el del centro izquierda, es posible decir que casi siempre es una medida provisoria y cifrada en una geometría propia de una politología que ve la acción humana desde un único plano. Con su rosa de los vientos ya trazada. Todo lo cual se resume en la fórmula de un tronco central de la praxis política con un conjunto de ramas adventicias, que se inclinan por el peso de un axioma hacia la izquierda de un paisaje que no posee vegetación tupida sino clasificaciones al paso. Pero el que mira el árbol desde el lado opuesto, podría decir que la inclinación es hacia la derecha, lo que hace a una hipótesis de este tipo, un esbozo erróneo de lo que es la política como arte de la transformación de la vida. Como algo que ocurre en una explanada o un llano que permanece fijo mientras le pone arriba un tren de carga, una autopista o un programa político. Era la idea balbinista del “gobierno” o de su opuesto, el “llano”. Igualmente convencional y frágil es la de un protocolo de un centro con sus dos probabilidades tendenciales, hacia izquierda o derecha, binarismo del que si fuera el caso, siempre preferiríamos la primer situación.

Ahora, un gobierno, cualquiera que sea, actúa en diversos planos simultáneos y toca en forma planificada o espontánea –una cruzada con la otra–, numerosos temas que en cierto momento lo encuentran sumergido en un oleaje social que lo asfixia, y en otro momento paralelo y sincrónico, se lo ve con arduas decisiones tomadas, que ignoran cuán reguladas o matizadas deben ser para no producir un choque irreparable con el obstáculo latente que siempre lo rodea. E incluso, que sin que lo quiera, lo constituye. Luchar contra el obstáculo –las fuerzas de la deshumanización de la vida a escala financiera global–, es una lucha contra estructuras de dominio corporativo mundial, y a la vez contra nuestra propia timidez ante la decisiones cruciales.

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Al gobierno de Alberto Fernández lo juzgamos preparado para actuar en esa superposición, ni escalonada ni anticipadamente codificada, de esos múltiples planos. Todo ello puede resumirse en un apego a la ley con proyecciones de excepcionalidad, que no es otra cosa que revelar, poner a luz, lo que caracteriza a todo gobierno democrático. No una democracia fijada con chinches sobre el Telgopor, como si fuera una lámina escolar que desconoce todo sobre los soportes que la respaldan, como si estos fueran inertes, cuando en realidad sería una lámina que en definitiva quedaría presa –aun con sus ilusorios brillos– de la superficie subterránea que la sujeta. Esas catacumbas donde sale el flujo dominante de una sociedad, serían un sujeto donde viven los intereses reales de la producción, de la propiedad, de los pensamientos informulados de vindicta y fobia que alberga toda cavidad anímica alejada de la iluminación que ofrece el empleado municipal diariamente, que da acceso al alumbrado público de noche y lo apaga de día. Lejos de esta rutina apreciable, el gobierno en las sombras se mueve sin ley, y cuando es detectado o se deja detectar, aprueba que se lo nombre como círculo rojo, parlamento negro, o como en los años 50, grupos de presión, o como ahora, oficina de trolls, que no sabemos si opera desde Panamá o desde el salón Mujeres Argentinas de la Casa Rosada, como al parecer, bochornosamente, pasaba con el anterior gobierno.

Fernández se expresó contra los subterráneos de la democracia, es decir las operaciones ocultas que convierten en hueca toda ley, todo decreto, toda disposición, aunque ellas igual afecten a millones de personas, pues la voluntad de poder de las finanzas “nietzcheanas” son las que se sienten libres ante los hombres esclavos. Por eso, ante la idea infausta de que la democracia se garantiza con operaciones secretas que previenen de otras acciones sigilosas de los enemigos ocultoa a los que hay que anticiparse, la Ley de Emergencia cumple esos papeles de defensa democrática y lanzamiento público de acciones de gobierno, que se dirigen a desmontar el Obstáculo (de la abusiva agrupación de poderes, de las desmedidas acumulaciones de disparidades en el reparto social) y lo hacen, según parece por decisión presidencial, “en su medida y armoniosamente”. Esta frase de reminiscencia aristotélica se sabe quién la empleaba. Ahora aparece regir estos nuevos tiempos.

Pero hay algo más por decir. El gobierno de Alberto, con razón, reclama cierta excepcionalidad en las decisiones, avaladas por ley. No como el anterior estado de excepción, sino como una prerrogativa de emergencia, que lejos de llamarse peyorativamente superpoderes, debe llamarse ley de subsistencia de lo social en tanto tal. Sin esa ley que otorga facultades precisamente legales en las zonas donde se produjo la quiebra de las expectativas colectivas, no se podría actuar con urgencia y sabiduría. Pero a la luz del día, con la ley excepcional en la mano. De ahí la originalidad de la nueva situación. No se quieren acciones secretas de bandas anónimas de operadores del Estado, sino suplirlas con una acción totalmente visible, refulgiendo tal como es, ante toda la sociedad. La democracia política debe ser también una democracia visual, aunque para ello no necesite que todos los días una autoridad política salga a acariciar cabecitas de bebés.

De ahí, de la excepción sobre la norma que recrea toda normalidad, obtiene su fuerza. También de la posibilidad de ser visible en tanto poder, pues todo lo que tiene y todo lo que le es dado por el goce de las potestades del Estado, queda en un horizonte de luminiscencia total. ¿Es la transparencia absoluta tan criticada por los filósofos pos-foucaultianos que han tomado todo de éste? No, es la contraparte necesaria de la lucha -objetiva y subjetiva-, contra el Obstáculo, para lo cual es justamente el amigo de la transparencia el único realmente preparado para comprender la opacidad, aquello contra lo cual lucha. Debido a eso, el poder detentado solo puede ser un poder signado por la prudencia y el tino frente al obstáculo, tanto sea el pasado macrista con sus bombas preparadas para estallar luego de su huida, sean los funcionarios internacionales que llegan con el pliego de los acreedores escondido bajo el brazo, sean las corporaciones del glifosato o del cianuro, que lejos de recordar que alguna vez sus actos pasados pidieron una democracia agraria, no tienen ahora –sediciosos–, ninguna noción de lo que es un Estado construido sobre la justicia equitativa, y más que eso, sobre la ausencia de daños facciosos. El gobierno del Alberto, a nuestro juicio, no tiene una doctrina elaborada ante la presencia de estos Obstáculos al por mayor, como los que venimos reseñando, a los que se le agrega la situación latinoamericana, que como reflejo de la europea, dejó crecer lentamente las proporciones de un neofascismo que se superpone con una publicidad electoral o que permea cotidianamente las venas de lo social. Con acciones de tono catastrofista, que dan por terminado el ciclo de las democracias sociales, que hoy justamente reviven en la Argentina.

Una plaza de esperanza recibió a Alberto y Cristina

De ahí que entendemos que se pida extremo cuidado al tratar al Obstáculo. En él hallamos la voz siniestra de las grandes corporaciones que ya no les importa dirigirse a la sociedad sino al abonado, al cliente o a la audiencia. Este cambio brutal ocurrió desde mediados del siglo XX, y contribuyó junto a las filosofías de la época, a decretar el fin del sujeto. Y también habitan en esa cartuja los usuarios de pautas publicitarias estatales, los editorialistas canónicos de la derecha, que se consideran esfinges con derecho a la inmutabilidad, y los periodistas que han aprendido a crispar del tiempo televisivo para abolir las palabras del entrevistado. Justamente, Alberto Fernández se interna en ese campo, el más repleto de obstáculos simbólicos, para demostrar que no le tiene miedo ni al ejercicio de la tolerancia ni a la transformación de la pregunta intolerante en una materia hablada con serenidad –virtud existencial superior–, que por fin da una lección de conversación en la tierra de los infieles majulianos. In partibius infidelium, si es que así traduciríamos lo que ocurre con los diálogos de Fernández con Majul (pues, aunque este vaya ahora a Olivos a interrogarlo, es uno de los representantes oficiales de la palabra corporativa del plan general del neoliberalismo, para arrojar desde la cornisa a los heréticos). No son diálogos sobre tal o cual materia, aunque a la larga también lo sean, sino sustancialmente torneos sobre cómo dialogar, sobre cómo no abrumar con preguntas pseudo periodísticas al entrevistado, cómo no horadarlo con un inexistente derecho del interrogador, pues cuando se vuelve inquisitorial –cosa que el personaje aludido no puede evitar nunca, allí comienza la lección presidencial.  Alberto  Fernández es un presidente que también da lecciones a los hombres que se jactan, en tanto periodistas, de ser no los testigos de una época, sino los inventores de las declaraciones del interrogado. Este debe interrumpirlos, pasar de interrogado a educador cívico, lo que bien hace Alberto, para dar su lección de cómo una democracia es también conversacional, cosa que no saben los que vienen a acusarlo de superpoderes.

El tema es sensible, pues el Obstáculo opera a partir de la acusación de que se solivianta la institucionalidad (que según esta interpretación debe ir pegada a la reproductibilidad técnica de la economía financiera) y que se afecta a los perceptores de las jubilaciones más bajas (a partir de una vacilación inicial al explicar la suspensión de la movilidad, pero no de los aumentos), lo que revela la versatilidad política de la ahora oposición. Automáticamente, al revestirse de esa funcionalidad, la oposición pasa a ser, para las colillas ya estrujadas del macrismo desterrado del dominio del Estado, tomar las banderas de la lucha “antiautoritaria” y “a favor de los que menos tienen”. Política y oportunismo se igualan y destruyen mutuamente.

Esta automática reversibilidad de aquellos que en su esencia última encarnaron un autoritarismo que despreció toda institucionalidad o la mantuvieron para que se conservara hueca e inoperante, y dejaron ante sí y ante todos, en un abismo social, moral y económico de una profundidad inédita a una porción enorme de la población, es también otra forma del Obstáculo. El obstáculo que proviene del manejo de una discursividad cada vez más alejada del tejido y existencia de una realidad como ente originario con el cual la argumentación debía siempre tener algo que ver, por más que siempre haya niveles propios de engarce con la pasión coyuntural de un debate. Hay una inmanencia en ella, se debe a sí misma, pero tarde o temprano se deben religar con las grandes corrientes sociales.

Así, definido el Obstáculo, es necesario saber, primero, cómo se lo cuestiona. Ya sea con un estilo de frontalidad intensa. O extrayéndole piezas internas con el arte de la persuasión. Es sabido que en los términos políticos desplegados por Alberto Fernández existen los dos estilos. Y a veces prepondera el segundo. Lo que pone en necesaria tensión toda la actualidad política, esto es, como se redefine ese frente político de gran heterogeneidad, pero de gran complementación interna de todas sus partes (lo que será necesario que se mantenga con actitudes originales, comenzando por la médula regenerativa que constituye, en su tirantez y sosiego, en su distensión e inquietud, la relación Alberto-Cristina). El guion que ponemos entre estos dos nombres implica institucionalidad y consulta, ambas en un plano complementario. Lo que hace a la creación de un estilo de confianza política, que, de resultar exitoso, ofrecerá la necesaria alimentación de trascendencia épica que deberá sostener el lazo vital del gobierno, que se juzga por sus obras, sí, pero también por el anhelo asociativo que suscite en materia de fe pública y deseo de reafirmar un destino común.

Es lógico que respecto al tratamiento del Obstáculo haya polémica. ¿Cuánto hay que alejarse de él para disputar con su insensatez y virulencia? ¿Cuánto hay que acercarse para rodear sus partes “blandas” y reconquistarlas para un nuevo idioma compartido que haga sentir que es creación de los que habitaban de antes una creencia democrática avanzada? ¿Y que entonces los nuevos acólitos abandonen su posición equivocadamente satelital con aquello que les hacía más daño, que los supuestos favores que les ofertaba? Este último punto es esencial, en primer lugar porque toda unidad, al no ser nunca abstracta, mueve o hace partir en distintas sentidos sus componentes internos –a veces al borde de la ruptura–, y después, porque existen grandes caudales humanos afectados por el modo en que ellos mismos se desvían del mejor sentimiento que los dotaría de mayor autocomprensión de la historia. O que se rigen por un autoritarismo del yo, que paradójicamente pide medidas de mortificación contra sus semejantes. Que muchos núcleos extendidos de carencia social hayan votado opciones fascistoides, no es solo un enigma contemporáneo, es un indicio elocuente que la política debe ser también un pensamiento sobre los vericuetos más oscuros, vicarios o impensados del espíritu humano.

Estas nuevas realidades exigen del nuevo gobierno fusionar la política con la filosofía moral, las medidas de gobierno con la construcción de una superioridad moral respecto a los adversarios envueltos en la microfísica de su odio. Pero he aquí otro problema. El odio que dirigimos a los demás, el propiamente nuestro, suele ser computado como pasión necesaria y habitualmente se lo exceptúa, si es “nuestro odio”, del daño que produce. Otro obstáculo, esta vez emanado de “adentro”.

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La existencia de un Obstáculo de índole ética que atravesará un gobierno que se quiera apasionado y haga de las pasiones un estilete fino de construcción de la ciudad compartida, implica desmontar ese odio bajo una serie de condiciones. Algunas las insinuamos, respecto a cuál sería el grado de diálogo suavizador que se mantenga con los enconados antagonistas del pasado, que exacerbaron su capacidad de llamar virtud a su arrogancia. Y todo eso, fortaleciendo y no debilitando las convicciones más arraigadas de fundar sociedades de libertad, trabajo y reconquista del amparo mutuo. Otras medidas deberán, sin duda, ser acompañadas de una introspección necesaria de los hombres y mujeres destinadas por contrato colectivo a ser emisarios de una reparación del común. Su propio “nido de víboras”, como decía León Rozitchner, debe ser examinado, para mostrar ejemplarmente que tantas palabras dedicadas al resarcimiento de lo justo, son pronunciadas por quienes también se empeñan en el autoexamen su propia capacidad de justicia.

Delicado tema, pue los obstáculos a superar son mayormente exógenos, pero porque tienen carácter moral y no solo son el sello del bloque histórico del neoliberalismo mundial. Es así que también debe indagarse en lo que en cada uno de nosotros podría tener en tanto porciones de impedimento conceptual o cognoscitivo respecto a lo que la nueva situación reclama. Esto es, todo lo que sea reflejo inesperado, en nosotros, del mismo mundo avasallado que deseamos cambiar por un mundo de reconocimientos mutuos. Esto implicaría que sepamos suscitar la revelación del rostro de los otros, no como totalidad obligada, no como primer plano televisivo, sino como un débil acompañamiento de incertezas en el interior dentro de las propias certezas generales que estamos obligados a tener. Si deseamos estar en la posición de encarnar una directriz reconstructora sobre una nación y una sociedad libre de espantos y dadora de ejemplos a otras poblaciones mundiales, este reconocimiento de una nueva capacidad reformadora y también de nuestras propias fragilidades, no hay duda que deben manifestarse bajo el amparo de una política que remueva obstáculos. Obstáculos políticos y económicos. Con valentía, mientras revisamos los embarazos tantas veces producidos por nosotros mismos.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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