El patíbulo de La Nación

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Un reciente editorial de La Nación denuncia supuestos ataques con navajas a silobolsas y les adjudica a los portadores de esos instrumentos cortantes una relación con la vicepresidenta. ¿Qué es el odio?, se pregunta Horacio González al analizar este texto en el que se enhebran “nombres malditos” de la historia nacional con diversas manifestaciones de un pensamiento arcaico con tonalidades bien firmes de un odio actual.

¿Quien escribe los editoriales de La Nación? No sería difícil identificar la pluma individual o las plumas colectivas que concurren a la tan encumbrada cita. Pero el anonimato es sugestivo, pues convierte a esa líneas –que no necesariamente se reiteran de ese modo en el resto del diario–, en una guía magnífica de un pensamiento arcaico que embebe su escritura en tintas especiales, no con los viejos pigmentos y colorantes de antaño, sino con tonalidades bien firmes de un odio actual. El editorial que parte del supuesto ataque con navajas a los silobolsas, adjudica el odio a los portadores de esos instrumentos cortantes, sobre los que sobrevuela la figura fantasmática de la expresidenta. Ella, como siniestra doncella renacentista, diabólicos cabellos al viento, tules fatídicos que siquiera se mecen con la brisa, guía instrumentos cortantes en su vuelo mefítico hacia los inocentes receptáculos del esfuerzo de la peonada. Clava el cuchillo en la soja y sale la hoja de acero tienta en sangre.

¿Qué es el odio? La pregunta no es fácil de responder, pues es un capa espiritual y sensible muy oculta en pliegues de la conciencia. Como las tintas que se mezclan para obtener tales o cuales colores, el odio en estado puro es tan difícil de identificar, que parece promiscuo entre el magenta de la astucia y el púrpura de la maledicencia. Pero el odio es una pasión de base, una autodefensa salvaje de sí mismo, una tolerancia absoluta a la propia incoherencia y una mezcla pura de sentimientos nunca filtrados por el deseo de reflexionar sobre los propios movimientos de la conciencia, respecto a qué cosa retienen para elaborar una respuesta futura o qué cosa ignoran de su trasfondo. La Nación, desde hace décadas presenta en sus editoriales esta irreflexión tan oscura considerándola como su “sistema de ideas”. En efecto, el odio puede ser un conjunto ideológico, pero no pasado por ningún cedazo de discurso sino enlazado con una concentración paranoide de una multitud de datos y nombres que en la realidad, suelen darse por separado, en medio de una total contingencia. Permiten demostrar que hay interpretaciones que pueden trabajar con un conjunto de hechos dispares y darles un sentido histórico novedoso, pero no utilizando un imán que los agrupe a todos bruscamente, con la irracionalidad de un manotón del resentimiento Crear bloques graníticos de singularidades heterogéneas es la facilidad cognoscitiva que poseen los que dirigieron su módico talento en dirección a las carpetas serviciales del odio. Pensar, para ellos, es consultar archivos policíacos, que toman no tan descuidadamente como epítome de la profesión periodística.

El odio es el más profundo sentimiento que permite que lo irracional se presente como racional, y un delirio parezca una hechura lógica, tan cómoda, que eliminó matices y acontecimientos autónomos, para presentarlos como un pensamiento mágico que se viste con las solapas levantadas de un agente secreto. No hay nada más parecido al pensar odioso que el pensamiento mágico, aunque sus consecuencias pueden ser distintas.

En el reciente editorial de La Nación, el de los navajazos contra las bolsas de soja humanoides, se enhebran, así las cosas: los (indemostrables) ataques a esos rechonchos silobolsas, atacan el centro absorbente de la economía nacional, actos que son los símbolos agresivos de una veta arcaica de la historia nacional que viene de los militantes de los años 70. Se ofrece entonces la lista de nombres malditos. El odio, en fin, es saber encolumnar nombres ante la pira incendiaria, ellos son sentencias que se leen al pie de la hoguera. “Montoneros con el asesinato del general Aramburu y su derivación extrema, la Tendencia Revolucionaria. Todos ávidos lectores de Manuel Ugarte, Rodolfo Puiggrós, Eduardo Galeano, Jorge Abelardo Ramos, J. J. Hernández Arregui, Norberto Ceresole, Carlos Mastrorilli y otros creadores del ‘socialismo nacional’, funesta combinación de marxismo y peronismo”. Llama la atención la construcción de esta frase en medio de una teoría sobre la economía argentina, que busca el enemigo total, facón en mano, que ataca por las noches como en un cuento de Poe, la base de la única economía nacional disponible, las famosas oleaginosas que acarician con su sacralidad nuestro presente.

La forma reductiva de ese párrafo, cuya tecnología última puede buscare en los pueblos reducidores de cabezas, que un sólido relativismo cultural podría incluso justificar, hace que La Nación vaya sentenciando a estos nombres imantados de ludibrio. No importa que todos estos acontecimientos, motivos de ensayos, monografías, novelas y toda clase de enjuiciamientos posteriores, deban estar presididos por un sentido esencial de prudencia, gracias a la valoración de infinidad de hechos colindantes, subsecuentes o premonitorios que abarcan la casi totalidad de la historia nacional, donde los intereses del diario La Nación participaron desde la vehemencia del golpe de Estado que intenta Mitre contra Avellaneda en 1874 hasta sus diversos editoriales de actualidad justificando el Terrorismo de estado.

Nosotros no deberíamos escribir esto. No obstante, una obligación cívica se origina al leer los irresponsables párrafos de La Nación, que el deber de todo ciudadano mínimamente conocedor de la historia argentina debería alcanzar para reparar las rasgadoras aturdidas que propone La Nación, muchos más turbias que los supuestos navajazos contra las bolsas amigables que esperan ser exportadas para engrandecer a la Nación. Queremos decir: la economía de la soja es una discusión principal que se resuelve con argumentos económicos y no con un cuchillo tramontina imaginario.

Los “ávidos lectores de los 70” llaman a una lista absurda de nombres donde hay valiosos escritores modernistas como Manuel Ugarte –un discípulo de Rubén Darío que supo engalanar las páginas de La Nación–, publicistas inteligentes y discutibles como Jorge Abelardo Ramos, teóricos de saber clásico como Hernández Arregui, dignos historiadores de formación marxista como Rodolfo Puiggrós, divulgadores de un nacionalismo que no desdeñaban golpes militares –al igual que La Nación–, como Mastrorilli y Ceresole. A estos últimos solo este diario, en sus archivos secretos, los recuerda, pero como todo buen servicio de informaciones, no reconoce diferencias, matices, raigambres diversas. Así es el odio como sinónimo de un ejercicio del mal, ese ente superior que produce masas uniformes de enemigos unidos en una estantería artificial. Así es más fácil odiar. Pues este es un acto unívoco y fulminante, no repara en diferencias de ritmo, de tiempo o lugar.

Ahora bien, Galeano es colocado en la lista como “arrepentido”. Pueden decirse muchas cosas sobre el estilo de Galeano, que fue un latinoamericanista que encontró un lenguaje fundado en una llevadera emotividad, o en el micro relato de casos arquetípicos para trazar grandes cuadros de injusticia social e histórica en el decurso de la vida de estos pueblos. ¿Habrá dicho como le atribuye La Nación que si hubiera conocido los progresos tecnológicos en las comunicaciones no hubiera escrito lo que escribió sobre la liberación de los pueblos? Parece haber dicho Galeano sobre sus libros de los años 60. “No lo volvería a leer, porque me caería desmayado (…) cuando los escribí, no sabía tanto sobre economía y política”. Es raro que haya pronunciado frases así, aunque de todos modos no cambia nada, pero La Nación no tiene reparos en montarse en la cúspide épica de los silobolsas, para dictaminar: “Sin embargo, ni Grabois, ni el kirchnerismo se desmayan. Posiblemente, porque no saben tanto de economía y política como Galeano en su madurez. Aquí se conservan todos los prejuicios y arquetipos de 1970, inspirados en la La hora de los hornos, de Pino Solanas, inflamados por Ricardo Carpani en su Che Guevara, y aggiornados por Ernesto Laclau con su lógica de amigo-enemigo”.

¡Que pobreza intelectual! Aun si Galeano hubiera dicho eso (es posible) no es un argumento veraz. La fuerza de aquellos libros, como Las venas abiertas de América Latina, era de índole moral. No creemos que de “saber economía política” Galeano hubiera cambiando su estilo basado en indagar y resolver con ingeniosas argucias las condiciones morales de la lectura. Y mucho menos que se hubiera sentido contento con la utilización que La Nación hace de su memoria. Y sobre esta falsía, vuelve a listar los monstruos que “no desmayan” ante su historia, Solanas, Carpani, Grabois, el kirchnerismo, Guevara y Laclau. Este “índex” demuestra hasta donde puede llagar la desorganización de los archivos subterráneos del periódico que periodiza tan mal la historia. La Santa Inquisición era más cuidadosa con sus acusaciones y con su padrón de heresiarcas. Creo que nosotros conocemos mejor la historia de La Nación –cambiante, desde luego, aunque con sus opciones troncales más o menos perseverantes–, que a la inversa. Y también  los mínimos recaudos periodísticos que hay que resguardar antes de apiñar nombres creando lo que Borges, irónicamente, llamaba las “malvadas series”.

En La Nación escriben algunos historiadores liberales clásicos, que en algún caso parecen no haber perdido una mínima ductilidad que se precisa para pronunciar nombres. Carpani, un pintor que hereda a los grandes muralistas latinoamericanos, Solanas, un conocido cineasta y político, Laclau, un teórico refinado, cuya idea esencial no era precisamente la que le adjudican, Guevara, un guerrillero, cuya trayectoria forjó un mito, y su vida real, un signo trágico. Las evaluaciones –libros, biografías, reseñas, discusiones, trozos vivos de la historia contemporánea–, no pueden quedar en manos de los enemigos del pensamiento complejo. Todos tenemos intereses, sean técnicos, emancipatorios o políticos. La Nación, cuando escribe para sostener los suyos, no hace más que degradarlos al apilar nombres con un enceguecimiento brutal y sumario, apurados para enviarlos más rápido a la guillotina, inventándose de yapa a un arrepentido, para ensayar la falsa generosidad de los insensibles.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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