El problema de Agamben

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En este artículo, Horacio González, retoma a Giorgio Agamben para pensar algunas discusiones post-pandemia. Si bien Agamben se equivocó respecto a la importancia de la pandemia –asegura González– no lo hizo al visualizar el problema de las inspecciones, vigilancias y registros que se van acrecentando de manera alarmante. ¿Qué pasará con el trabajo, las fuerzas productivas, las ciencias, la vida en común, las éticas profesionales y el estado mismo de las estructuras civilizatorias?, se pregunta.

Giorgio Agamben es uno de los más importantes filósofos de la actualidad, aunque quizás esta opinión suene exagerada. Aceptemos que lo es, que su obra es una inteligentísima cruza entre los legados de Walter Benjamín y Michel Foucault, aunque no cualquiera pone a entretejer en común a dos figuras tan distantes entre sí. De todas maneras, su Homo Sacer es uno de los libros que al leerlo, se percibe la manera en que congenia con las necesarias pizcas de originalidad, que muchos buscan haciendo sonar campanillas a su paso (Zizek), o repitiendo un caldo ingenioso para espantar berlineses (Byung Chu Han). Pero este hombre recoleto, Agamben, formula originales investigaciones sobre el derecho romano, la filosofía y la teología. Su concepto de “vida desnuda” es la clave de una visión de lo humano donde la civilización debe preguntarse a qué declara sagrado y a qué se decide a eliminar. El tema tratado por Agamben se refiere a que ambas situaciones pertenecen a la misma figura, la del homo sacer, cuya sacralidad es la del excluido y cuya protección dada por la condición de paria es la misma que permite que cualquiera lo elimine sin ser penado. Este hombre sacrificado, es a la vez insacrificable, aun cuando es muerto para que haya “civilización”.

Nuda vida implica el Homo Sacer, aquel al que cualquiera puede dar muerte y que es a la vez, insacrificable. Justamente, porque su vida es un despojo de orden metafísico.

Pero dejemos estos vericuetos de la obra de Agamben, que tanto se relacionan con ese estado de excepción, pues en definitiva es esa sacralidad la que desafía al estado y solo puede suprimirse por “el estado de excepción” –momento único que justifica al estado por la única forma en que puede hacerlo, al margen de su propia ley–, y veamos entonces las implicaciones de sus opiniones sobre la pandemia, que él llama enfermedad. Primero lo que podría convertirse en un mero subproducto de los estados que solo desean actuar en la excepción. El control absoluto de la vida.

Evidentemente en este punto Agaamben se equivocaba. La peste existía, cobraba progresivamente sus víctimas primero ante la incredulidad de los funcionarios, y luego bajo la creación de un pánico mundial –sostenido por los medios de comunicación globalizados–, que tenía y tiene sus obvias justificaciones. Hay demasiadas pruebas de que, al no haber aun un remedio posible, se hizo necesario aminorar o directamente detener la vía productiva y urbana, para contener el contagio. Estas medidas las han tomado todos los gobiernos sensatos del mundo y las excepciones son conocidas. Con ellas se abre la discusión sobre la post-pandemia. Qué pasará con el trabajo, las fuerzas productivas, las ciencias, la vida en común, las éticas profesionales y el estado mismo de las estructuras civilizatorias.

Como si fuera ayer

Por eso podemos decir que la discusión que se abre pondrá en juego, para millones de personas en todo el mundo, qué sociedad se desea y cuál es aquella digna que aparezca como forma exhaustiva de justicia y distribución de responsabilidades y de bienes. En tanto, hay una discusión sorda sobre las medidas necesarias de control que se han tomado, cierre de fronteras, de la circulación y en parte, de la producción, bajo la consigna de que la salud tiene privilegios inembargables, y que eso implica buscar nuevas formas de la economía que sustenten esta opción humanista. Hasta aquí hay acuerdos completos, pero hay un hilo interno de debate en torno a si las medidas de control de la circulación, hoy imprescindibles, no estarían anunciando un modelo institucional o instrumental de administración muy reglada de la vida de las poblaciones y del trabajo, acabada ya la pesadilla. Quedaría el teletrabajo como deidad inmune, triste, solitaria y final.

Si Agamben se equivocó respecto a la importancia de la pandemia –que confundida con una “invención”, al estilo de los historiadores que interpretan toda identidad cultural como un invento de poderes no declarados–, en cambio no se equivocó al visualizar el problema  de las inspecciones, vigilancias y registros que se van acrecentando de manera alarmante, aunque justificados por la amanezca evidente de la enfermedad, que se extiende como un lento aceite venenoso en los poros de la demografía de las grandes megalópolis mundiales. Los que se equivocan son los que menosprecian este tema.

Ahí lo tenemos al alcalde la ciudad, señor Larreta, implementando un certificado de circulación por un día a los mayores de 70 años, que excede notablemente las justificables medidas de prevención, ¿Un certificado de libre tránsito para ancianos a la manera de “homos sacer”? Si se piensa bien esta medida, es precisamente la que pone en juego la validez de las demás, que son drásticas, pero juzgamos atendibles en nombre del momento grave que se atraviesa. Los abusos policiales que hubo, supusimos con razón que eran decisiones erráticas tomadas por irresponsables que integran las fuerzas de seguridad, que de inmediato, al parecer, fueron separados de ella. Eran los que confundían lo imperioso del momento que se vive con el goce de hacerle prácticas humillantes, ejercicios de salto rana a presuntos contraventores. Cuestiones aisladas, las suponemos así. No obstante, sumamente peligrosas. ¿Pero los carnets diarios de circulación no entrarían entonces dentro de un catálogo de interdicciones odiosas pero necesarias, en el momento excepcional que vivimos? ¿O simplemente acuden para configurar un avance inquietante sobre los derechos personales, sin que se precise ser un melindroso liberal para decir esto?

Es el problema sobre el que sigue abundando Agamben, de un modo que puede irritar pero que, si nos ponemos ciertas cuestiones filosóficas al hombro, es imprescindible tratar. En su último artículo publicado en Roma, hace un par de días, el filósofo italiano señala su preocupación por cuestiones tales como los velatorios sin familiares que acompañen, lo que indica un bache en la civilización que Agamaben considera “que no se vio de Antígona hasta hoy”. Es cierto que Antígona es un personaje de ficción, pero su caso es un poderoso y perdurable mito. Podemos no conferirle verosimilitud histórica, pero considerando la perspectiva de Agamben –que es la reconstrucción de una ética política trascendental– el problema tiene valores tan terminantes, que no puede ser despachado solo con la apelación a las indispensables medidas anti-contagio. Luego indica Agamben el problema de la medicina que separa el cuadro biológico de las dimensiones afectivas. Esto no está al margen de las discusiones habituales, pero es bueno señalarlo.

Pánico global y horizonte aleatorio

Y luego viene un tema urticante. El abrazo. Pero en este caso el abrazo a los infectados. Es tradición de los santos el abrazo al leproso, al contagiado, al apestado. ¿Pretende eso Agamben? No olvidemos que sus tesis tienen un vínculo explícito con cuestiones tanto teológica como filológicas. Cree entonces que la visita a los enfermos, cuestión esencial de legado religioso, está siendo abandonada en nombre de los protocolos sanitaristas. Y surge de aquí la interrogación de Agamben a Francisco, el Papa. Interrogación respecto a si estos asuntos primordiales, que a su vez tienen una repercusión mundial en torno al cuidado, deben tomarse desde el punto de vista de la persona sacra o desde el punto de vista profiláctico. En esta última cuestión sería muy fácil exclamar que Agamben sigue exagerando. No se quiere que las autoridades se contagien. Sí que se comprometan racionalmente. Kicillof pasó cerca de un hospital y fue acusado de emisor de contagios. Tuvo que hacerse un test. Entusiasta, Larreta actúa con su rostro semi tapado en una reunión esencial donde se les ponen condiciones a los deudores del país mientras los demás –presidente, vicepresidenta y ministro de economía–, tienen su rostro sin velos. Le hablan a poderosos y ruines acreedores. ¿Cómo serían más creíbles sus figuras?

El problema existe más allá de los énfasis que, reconocidamente exaltados, pertenecen a la persona llamada Agamben, no así a su obra. Dejemos de lado esa exaltación mística, lo que haremos de buen grado, para situar nuestros debates necesarios. Y si conseguimos hacerlo, lo que parece una falta de percepción de la gravedad de la enfermedad que recorre el planeta, se puede convertir en un punto de vista adecuado para tratar serenamente una de sus implicaciones indisimulables en relación a nuestros tratos con la cotidianeidad esencial. Símbolos, costumbres, encuentros y solidaridades en presencia viva, que no debemos dejar que se pierdan en el camino.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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