El shock distributivo y la alergia al conflicto

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Las próximas elecciones presidenciales presentan un dilema más relacionado con la aceptación del conflicto que con una imaginaria mesa de diálogo en la que todos los argentinos acordaremos un modelo en común. La famosa grieta no refleja divergencias sobre formas políticas rudas o amables sino que separa a grandes rasgos dos modelos de país: uno con una mejor distribución del ingreso y otro que cree en la virtud de la desregulación, la disminución de la presión tributaria y el gasto público para lograr el desarrollo tan buscado.

Foto: Joaquin Salguero

“Lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio sólo acaba por traer el bienestar y la seguridad”.

Nicolás Maquiavelo | El Príncipe

Uno de nuestros lugares comunes más tenaces señala la necesidad de que los argentinos “nos sentemos en una mesa” y acordemos “las tres o cuatro cosas en las que estamos todos de acuerdo”. Se trata del “moncloísmo” (por los acuerdos firmados en el Palacio de la Moncloa durante la transición española el 25 de octubre de 1977), doctrina según la cual nuestros males son consecuencia de la falta de acuerdos de largo plazo y terminarán el día que valoremos el fructífero diálogo y el virtuoso consenso. Más allá de lo extraño que resulta tener que ponernos de acuerdo justamente en aquello en lo que ya lo estamos, no deja de asombrarme que los entusiastas de dicha doctrina no perciban que nuestro Pacto de la Moncloa ya ocurrió: al terminar la última dictadura cívico-militar acordamos el fin del pretorianismo y el respeto al resultado de las urnas, la Constitución y las leyes. El resto lo definimos cada dos años con nuestro voto. Imaginar la posibilidad de “acuerdos de largo plazo” que pudieran ser inmunes a los vaivenes electorales no sólo es ilusorio, es sobre todo peligroso: nos remite más a la eternidad autoritaria que a las oscilaciones propias de la democracia electoral. Ni siquiera la Constitución escapa a esa lógica, en 1994 la modificamos a través de una Asamblea Constituyente y es más probable que se vuelva a modificar a que permanezca inmutable como la Piedra de Rosetta.

Nuestro drama, en el improbable caso en el que existiera sólo uno, no surge de la falta de diálogo o la ausencia de esa mesa virtuosa en la que alcanzaría con sentarse a conversar para llegar a la riqueza de Alemania o la equidad de Noruega, sino porque nuestra sociedad no se pone de acuerdo en un modelo de desarrollo. Para decirlo de una manera un poco rudimentaria, las mayorías populares no logran imponer un modelo equitativo de distribución de la renta como sí lograron, por ejemplo, los países de la Unión Europea y por su lado el establishment no consigue hacer prevalecer un modelo inequitativo pero sustentable como ocurre en Chile, uno de sus ejemplos a seguir. Ese “empate” ni siquiera logró ser resuelto por Cambiemos, el primer experimento político exitoso de nuestro establishment, que logró llevar adelante su programa económico sin pasar por las armas, como ocurrió durante la dictadura del Proceso, ni a través de la cooptación de un partido popular, como durante el menemismo, sino a través de un espacio político propio (“La Argentina atendida por sus dueños”, como escribió Horacio Verbitsky).

La famosa grieta que divide a los argentinos no refleja divergencias sobre formas políticas rudas o amables, o sobre una mayor o menor tolerancia hacia la corrupción pública, sino que separa a grandes rasgos esos dos modelos de país, uno con una mejor distribución del ingreso a través de una mayor regulación estatal, presión fiscal y gasto público y otro, en el lado opuesto del cuadrante político, que cree en la virtud de la desregulación, la disminución de la presión tributaria y el gasto público –incluyendo sueldos y jubilaciones– como incentivo para que el sector privado nos lleve hacia el desarrollo tan buscado. Algo así como pasar por Burundi para llegar a Alemania.

Los desencantados de Macri

En ese sentido, las próximas elecciones presidenciales presentan un dilema más relacionado con la aceptación del conflicto que con una imaginaria mesa de diálogo en la que todos los argentinos acordaríamos un modelo en común. Cambiemos ha demostrado mucha tenacidad para soportar la presión social generada por sus políticas y las ha aplicado a rajatabla, sin inmutarse por los mediocres resultados. “Este es el único camino”, repiten una y otra vez los funcionarios del mejor equipo de los últimos 50 kalpas a la vez que elogian los beneficios del diálogo. En realidad, se trata del elogio del monólogo.

Si el candidato del campo popular ganara las próximas elecciones sólo tendrá dilemas para resolver, sin soluciones exentas de altos costos. Afrontará un panorama económico crítico, con enormes vencimientos de la deuda tomada durante estos años y ya sin acceso al crédito, con fuertes expectativas de asalariados y jubilados que esperarán una mejora rápida en su poder adquisitivo, una concentración mediática sin precedentes (por la fusión de Cablevisión y Telecom, y la eliminación de la Ley de medios) y una Santa Trinidad –conformada por los servicios, los medios y la Justicia federal, con la amable ayuda de la embajada de EEUU– que hoy opera a cielo abierto sobre el poder político. Además, a diferencia de lo que ocurre con Cambiemos, el establishment accionará en su contra desde el primer día, con la ventriloquía que le otorgan los medios.

El miedo a ese rechazo puede generar la tentación del moncloísmo, es decir, la búsqueda de un acuerdo tan amplio como imaginario, que atrasaría la necesaria mejora del poder adquisitivo de las mayorías a través del shock distributivo propuesto por algunos opositores como Amado Boudou.

Es por eso que, además de la suerte y la virtud que menciona Maquiavelo como cualidades necesarias en cada gobernante, el próximo presidente deberá contar con otra, imprescindible: carecer de alergia al conflicto.

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