El síndrome de Omlocotse

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El desprecio por el país, pese a lo que Argentina le dio a generaciones de inmigrantes y brinda aún hoy a sus habitantes, provoca el síndrome de Estocolmo al revés. 

El 23 de agosto de 1973 Jan-Erik Olsson llevó a cabo un intento de robo a mano armada en la agencia del Banco de Crédito Sueco de Norrmalms, uno de los 18 distritos de la ciudad de Estocolmo. Al ser rodeado por la policía, Olsson tomó como rehenes a cuatro empleados del banco exigiendo armas, dinero, la liberación de un cómplice que estaba en la cárcel y un vehículo para escapar. El secuestro duró casi una semana y las víctimas de aquel encierro, tres mujeres y un hombre, defendieron a su captor incluso después de finalizado el juicio en su contra y pese a las amenazas de muerte que habían padecido. Una de las rehenes llegó a suplicarle al entonces primer ministro sueco Olof Palme que la policía permitiera que Olsson y sus cómplices la llevaran en su huida, exigencia que la policía nunca aceptó y dio lugar al asalto final.

Esta reacción llamó la atención del psicólogo Nils Bejerot, asesor de la policía sueca, que la bautizó como “síndrome de Estocolmo”, una expresión sin gran rigor psiquiátrico que se popularizó para referirse a la empatía y a los vínculos afectivos que ciertos rehenes desarrollan hacia sus captores. 

En Argentina es común escuchar que vivimos en “un país de mierda”. No importa la causa, por lo general nimia o circunstancial, el énfasis es siempre el mismo. Quienes repiten esa letanía de cola de verdulería sienten que están enunciando algo relevante, una verdad bíblica o uno de los cuatro principios de la termodinámica, y no parecen percibir que, al hacerlo, se incluyen en la mierda que describen. 

En realidad, no hay una contradicción en eso ya que quien denuncia al país de mierda no considera formar parte de él. Siente que está para otra cosa, por supuesto, mejor. Acompaña ese rezongo reaccionario enunciando virtudes imaginarias de países que considera serios y que, probablemente, jamás le hubieran dado las posibilidades que recibió del suyo, tan generoso en materia fecal.

Esa es la gran paradoja de este lamento tantas veces escuchado: suele venir de las clases acomodadas de la Argentina. Así, el nieto universitario de un sastre polaco, de un albañil italiano o de una planchadora gallega considera que la Argentina no le ha dado lo que merece. Es más, con frecuencia describe a los nuevos inmigrantes- peruanos, paraguayos, venezolanos- con el mismo desprecio con el que la Liga Patriótica describía a sus abuelos. Del mismo modo, el empresario exitoso lamenta desde una playa esteña los impuestos que debe pagar en este país de mierda y sueña con países serios en los que pagaría mucho más. 

Como una reacción especular a la de los empleados del Banco de Crédito Sueco de Norrmalms que terminaron apoyando a quien los secuestró, ciertos miembros de las clases acomodadas de la Argentina desprecian al país que eligieron sus antepasados y que los beneficia desde hace varias generaciones. Padecen el mal inverso al descripto por el psicólogo Nils Bejerot: sufren del síndrome de Omlocotse.

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