El Tai chi de los medios

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El objetivo de algunas entrevistas o supuestos debates televisivos no es debatir políticas o analizar sus consecuencias sino repasar letanías y consolidar prejuicios. Como Silvia Mercado entrevistando a Norma Morandini sobre el proyecto de reforma judicial, lo que se busca es indignar al indignado.

En una entrevista con Silvia Mercado, Norma Morandini afirmó desde Madrid, donde quedó confinada desde el inicio de la pandemia, que “el kirchnerismo no habla el idioma de la democracia”. Es una afirmación asombrosa aún para el generoso estándar al que nos tienen habituados tanto la entrevistadora como la entrevistada.

El espacio político que ganó cuatro de las últimas cinco elecciones presidenciales –tres de las cuales en primera vuelta– no hablaría el idioma de esa democracia que tantas victorias le ha permitido. Por el contrario, Cambiemos, el espacio que Morandini apoyó por ser “la única fuerza democrática” perdió su reelección en primera vuelta, un hecho insólito en nuestra historia reciente. Al parecer, hablar el idioma de la democracia tendría consecuencias electorales adversas.

Sobre el proyecto de reforma judicial, Morandini afirmó: “Aquí (en España) sería impensable un proyecto de ley como la reforma judicial que ignore la normativa de derechos humanos”. Mencionando el Pacto de San José de Costa Rica, explicó que “que en su artículo 13 dice que nadie puede ser censurado previamente, todos tenemos derechos a transmitir y buscar información y nadie puede ser penalizado por su opinión y no se puede incitar al odio y a la violencia”.

No sabemos qué parte del proyecto de ley violaría el Pacto de San José de Costa Rica y la “normativa de los derechos humanos” a la que se refiere Morandini o incitaría a la violencia, pero al no contar con ninguna repregunta por parte de la periodista estamos condenados a la duda y la especulación. Podemos sospechar que se refiere al artículo 72 del proyecto de reforma, que tanta furia generó entre nuestros medios serios al establecer la obligación de los jueces y juezas de “comunicar en forma inmediata al Consejo de la Magistratura de la Nación cualquier intento de influencia en sus decisiones por parte de poderes políticos, económicos o mediáticos, miembros del Poder Judicial, Ejecutivo o Legislativo, amistades o grupos de presión de cualquier índole, y solicitar las medidas necesarias para su resguardo”.

Democratizar, esta vez sí, al Poder Judicial

Cuesta creer que la obligación de un magistrado de alertar a su autoridad administrativa sobre algún intento de “influencia” pueda atentar contra alguna de las garantías establecidas por el Pacto de San José de Costa Rica, a menos que consideremos un derecho humano apretar jueces con máxima discreción.

Una oportuna pregunta de Mercado lanzó el otro tema candente: “¿Cómo ve desde Madrid que, otra vez, se pretenda desde el poder una Corte adicta?”. En realidad, lo único que sabemos hasta ahora es que el Presidente nombró una comisión de juristas para asesorarlo sobre la reforma de la Corte y el Consejo de la Magistratura. Uno de esos juristas fue amicus curiae del Grupo Clarín en la famosa audiencia sobre la Ley de Medios ante la Corte Suprema, por lo que parece difícil que apoye una supuesta adicción cortesana hacia el gobierno.

Morandini refirió justamente a dicha Ley de Medios, como ejemplo del autoritarismo kirchnerista, denunciando que en el largo proceso de discusión del proyecto dentro y fuera del Congreso, no fue remitida a la Comisión de libertad de expresión. Lo notable es que la misma Morandini no mencione que el gobierno de Cambiemos –que según ella sí habla el idioma de la democracia– evaporó dicha ley por DNU, beneficiando al Grupo Clarín y generando la mayor concentración de medios y telecomunicaciones de nuestra historia, e intentó con otro DNU colocar dos jueces en la Corte. Ocurre que el objetivo de este tipo de ejercicio, entrevistas o supuestos debates televisivos, no es debatir políticas o analizar sus consecuencias sino repasar letanías y consolidar prejuicios.

Es el eterno Tai chi de los medios, en el que cada uno hace exactamente lo que se espera de él: indignar al indignado.

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