El terrorismo imaginario

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La reconocida arquitecta Gabriela Medrano Viteri y Felipe Zegers, director del festival Hecho en Casa, fueron detenidos el domingo por olvidarse una supuesta bomba en un hotel donde se alojaron en Córdoba. El artefacto no era tal cosa pero ambos se transformaron en peligrosos terroristas. Los dos artistas chilenos contaron con amigos que consiguieron visibilidad en los medios y apoyo de la opinión pública pero no todas las víctimas de los delirios de seguridad del gobierno de Cambiemos han tenido esa suerte.

El domingo 31 de abril, Gabriela Medrano Viteri y Felipe Zegers fueron detenidos en el barrio de Palermo por unos 20 gendarmes y miembros de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA). A una cuadra de ahí los esperábamos para tomar una copa y festejar su paso por Buenos Aires antes de volver a Santiago de Chile. Habían sido invitados a dar un taller en la Ciudad Universitaria de Córdoba, en el marco del Congreso de la Lengua, sobre las intervenciones urbanas que suelen llevar a cabo en Chile.

Al venir a Buenos Aires, dejaron en el hotel de Córdoba una caja de aluminio que contenía la batería correspondiente a una de las performances realizadas durante el taller: dos altoparlantes conectados a dicha batería y un celular con la grabación de la Declaración Universal de Derechos Humanos en lenguaje inclusivo. Inquieto por lo que le pareció un paquete sospechoso, un empleado del hotel decidió llamar a la policía que a su vez alertó a la brigada antiexplosivos. A partir de ese momento, de ser ella una arquitecta de renombre y él, el director del festival Hecho en Casa, ambos se transformaron en peligrosos terroristas. Peligrosos y torpes ya que viajaron con sus nombres verdaderos, no evitaron las cámaras de seguridad y dejaron sus números de celulares, lo que permitió que la policía triangulara sus llamadas y determinara con facilidad su ubicación.

Apenas fueron detenidos, un conocido diario de Córdoba retomó el relato oficial y los describió como “una célula anarquista” que “quería causar preocupación en la población”. La ausencia de elementos explosivos en la supuesta bomba encontrada en el hotel no desalentó el ahínco periodístico: “El artefacto, como se informó en La Voz, constaba de un dispositivo típico de bomba, pero sin la carga explosiva”. La bomba sin bomba no asombró a nadie ya que «estos grupos actúan en células. Unos tienen una parte de la bomba, otros cuentan con otra parte y otros tienen otra parte. Nunca uno tiene todo, por las dudas que le caiga la Policía».

Con ese extraño sistema de análisis, hasta un sándwich de mortadela podría resultar sospechoso. Alcanzaría con agregarle una granada de mano para transformarlo en un artefacto explosivo.

La construcción del indio terrorista

Inspirado en la guerrilla mapuche-iraní, una organización imaginaria que durante algunas semanas puso en jaque la integridad territorial de nuestro país, Claudio Gleser, el autor de la nota, indicó que “en Buenos Aires ya hubo redadas contra células mapuches vinculadas al anarquismo”. Entre las hipótesis criminales analizadas, el periodista no descartaba un atentado contra el gobernador de Córdoba. El sólido indicio de esa hipótesis, además de la bomba imaginaria, era que el gobernador estuvo presente durante el Congreso de la Lengua. Como también lo estuvo el presidente Macri e incluso el rey de España, asombra que el periodista no optara por un intento de magnicidio.

Pese a las explicaciones que sus amigos y allegados dimos sobre la verdadera vocación del supuesto comando anarquista y la causa cierta de su presencia en Argentina, y pese a los resultados de la propia investigación policial que el sábado 30 de abril, es decir, el día anterior al arresto de la pareja, ya había determinado la ausencia de explosivos en el dispositivo dejado en Córdoba, algunos medios y funcionarios siguieron sosteniendo la pista terrorista.

El 2 de abril, Eugenio Burzaco, Secretario de Seguridad de la Nación, hizo referencia a “una bomba dejada en el hotel” y ese mismo día, en TN, Guillermo Lobo y Lorena Maciel denunciaban “ese supuesto arte que implica explosivos”.

Como explicó Carolina Ortega, periodista que llevó adelante una campaña para liberarlos, “hubiera alcanzado con googlear unos minutos para saber quienes eran y qué clase de intervenciones realizaban”. La campaña consiguió que algunos medios se interesaran en la historia y dejaran de lado la versión mapuche-iraní.

Finalmente, el 3 de abril, el juez a cargo dictó la falta de mérito pero les retuvo los pasaportes y les indicó que no debían irse del país. Eso parece significar que pedirá alguna investigación suplementaria sobre los restos de la batería anarquista o que simplemente se resiste a sobreseerlos de inmediato y prefiere dejar pasar unos días para que el bochorno jurídico-policial denunciado desde varios países de la región se diluya un poco.

Gabriela y Felipe contaron con amigos que consiguieron visibilidad en los medios y apoyo de la opinión pública. No todas las víctimas de los delirios de seguridad del gobierno de Cambiemos han tenido esa suerte, ni los simpatizantes de la causa mapuche, transformados en feroces guerrilleros armados de serruchos oxidados y rollos de alambre como Santiago Maldonado cuya muerte ocurrida durante un operativo ilegal de la Gendarmería sigue bajo un manto de sospecha, ni tampoco los hermanos Axel Ezequiel Abraham Salomón y Kevin Gamal Abraham Salomón, quienes pasaron 22 días presos a raíz de una denuncia  anónima que los transformó en líderes de la efímera sucursal Floresta del Hezbolá hasta que el juez los sobreseyó.

Las hipótesis desquiciadas de nuestros servicios referidas a la seguridad, relanzadas con entusiasmo tanto por el gobierno como por los periodistas afines sólo incrementan la discrecionalidad de las fuerzas de seguridad y la complicidad de los jueces, limitando cada vez más nuestras más elementales garantías individuales.

O tal vez, quien sabe, no por imaginarios los terrorismos denunciados por Cambiemos dejen de ser peligrosos.

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