El Via Crucis de Lula

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El discurso de Lula antes de ser detenido desgranado palabra por palabra. Ni abandona la lucha ni piensa que es el fin de su trayecto político. Su fuerza íntima nos convence de que solo una reseña tan aguda espiritualmente de una ausencia declarada puede ser el umbral de una reposición. Y la forma convocante de una presencia suspendida en el abismo.

Muchos han advertido la especial calidad que tuvo el discurso de Lula antes de marchar hacia al confinamiento Curitiba; despedida, rememoración, un balance de su itinerario político de décadas y un fraseo áspero para decir lo que surgía de más hondo de su reflexión. Un ecce homo del dolor y el anhelo.

Como si todos los momentos donde una vida se percibe ante el abismo, propiciaran un balance, un tanteo por aquellos momentos pasados dónde recordarlos adquiere una significación –aunque parecían hechos olvidados-, y en nombre de lo cual lo vivido antes toma forma de un círculo que parece cerrarse. Aquí estoy, parecía decir Lula, en el mismo lugar donde he comenzado. La idea de un trayecto circular aparece siempre en momentos de grave dificultad, el tiempo repetitivo nos visita cuando todo parece situarse ante un abismo. No es un signo de escepticismo. Al contrario, quien así se coloca ante su propia vida y las reacciones que suscita en los demás, está anunciando un recomienzo, con todo lo que ello suponga de utopía o de cálculo etéreo.

¿Pero no vemos una particular firmeza en los dichos de Lula? Su gran oratoria, que  fue magnífica porque se presentó como el cúmulo de enseñanzas desgranadas con estilo llano y grave, involuntariamente profético, es propia de quienes clavan una estaca en el suelo, pero hecha de palabras y símbolos. Ese discurso inusual, que no se había escuchado de esa forma en estos largos tramos de desdichas que les vienen a los países sudamericanos, significa en primer lugar definir la acción política como una compleja relación entre militantes y una representación que alguien encarna en su propia nombre. Como no es habitual que se realice esta reflexión, sobre todo por el propio interesado, las palabras de Lula revisten una importancia sin igual.

El contragolpe de Lula

¿Qué significa un líder político? Siempre un halo dramático lo rodea; el pensamiento que gusta considerarse a sí mismo republicano, deja para el líder político la profesionalidad de quien lee discursos escritos por otro, hace chistes sobre fútbol o se fotografía en escenas familiares o distendidas. Quiere decir que por él hablan solo las instituciones y no agrega un átomo de singularidad que revele que si su nombre se traspasa a otros, ese hecho fuera deseable o estimulante. En cambio, Lula no ha negado esa cuestión, sostiene su nombre no como un líder vanidoso o arbitrario, sino que convierte su situación en un problema ser reflexionado.

Frases como “mis sueños ahora pasan a la conciencia de ustedes”, “no soy un hombre sino una idea”, “caminaré con las piernas de ustedes” y otra por el estilo, podrían parecer un retiro místico, un panteísmo político del líder encarcelado que busca una metafórica prolongación de su cuerpo disuelto en átomos energizantes en el pueblo. No conviene apresurarnos en estas interpretaciones más o menos triviales. Lula ni abandona la lucha ni piensa que es el fin de su trayecto político, por lo que no habría llegado la hora de dispersar sus cenizas al viento. Nada de eso. Si bien el timbre de suave profetismo que acompaña estas palabras –extraída de figuras bien conocidas del “descarnamiento” cristiano-, nos reclaman desde su condición de balance de un ciclo vital completo, su fuerza íntima nos convence de que solo una reseña tan aguda espiritualmente de una ausencia declarada, puede ser el umbral de una reposición. Y la forma convocante de una presencia suspendida en el abismo.

El acto final contó con la presencia de los primeros fieles, que a su vez mantuvieron su firmeza hasta el final; por eso el recuerdo de aquellos lejanos actos en el estado de fútbol de San Bernardo do Campo –Vila Euclydes-, acuden a la memoria de Lula como un orden fundacional al que ahora es necesario recurrir, luego de haber ensayado lo que arrojan las primeras lecciones sobre la acción política. Si por un lado Lula cuenta la parábola del dirigente sindical que fracasa al llevar hasta las últimas consecuencias desesperantes una huelga, también en la vuelta en redondo de un demorado período, se recuesta sobre su sombra de izquierda, elogiando a políticos que se habían separado de él por haberlo considerado demasiado sosegado frente a sus pasadas alianzas, y llama a ocupar tierras.

Saudade do Lula

Se dirá que es fácil esta ecuación de acuerdos amplios con partidos blandos de la situación cuando se está en el poder, y un llamado a actos más radicales cuando se cierra el cerco de los fiscales de las ultraderechas jurídicas. Es cierto; esto podemos verlo en las vetas más profesionales de la política, el infinito adecuacionismo, ese “posicionarse” luego de ver “cómo viene la mano”. No ocurrió eso. Las palabras de Lula fueron dictadas por la gravedad y el abismo; toda la civilización brasilera puede estar por caer, muchos coinciden en estas opiniones últimas. Una dotación de especializada en sistemas de degradación de personas y de normas de convivencia, se apodera del horizonte público, teje una malla que parece de acero aunque está hecha de palabras que citan códigos, o apenas creencias de los jueces, pero que mueven helicópteros, fuerzas armadas, policías federales. Nunca como en otro momento de la historia hay dos tipos de uso de las palabras públicas y políticas.

Uno, el ámbito judicial movido a golpes de evangelismo fideísta y a modo de una depuración de las conciencias capturadas por el diablo. Hasta la Santa Inquisición se tomaba más en serio las instancias judiciales, aunque hubiera condena segura. Los leños de la hoguera tienen ahora la catadura de la humillación destructora de los inculpados, considerados habitantes de infierno. Otro, la posibilidad de que los líderes populares, en medio de las persecuciones a las que son sometidos, tengan la clara vislumbre del momento histórico que se despliega de modo tan aciago. Y lo puedan describir, señalar su propia situación, poder narrar una larga marcha popular de décadas, recordar los inicios, apelar a los que forjaron núcleos originarios a modo de un recomienzo.

La proscripción de Lula

La voz de Lula surge de un tonel añejado, carga una remota aspereza y lanza, por contraste, los conceptos más finos. No es un líder sin conciencia de las bisagras y los dobladillos del tiempo, no cree que no deba hablar de su historia como parte de una historia mayor, pero tampoco cree que en sus meditaciones personales haya el menor atisbo de opacar el protagonismo de los muchos que lo siguen. Su oratoria, no por llana, deja de esta recubierta de gemas del pensamiento político. Siempre con un leve trasfondo tomado de persistentes teologías sociales, en un país crecientemente gobernando por alianzas entre evangelismo de extrema derecha y fiscalías que aplican la violencia jurídica aprendida en Tradición, Familia y Propiedad. Una vez más se atisba, en medio de estas poderosas placas de granito que asfixian la historia, cuanto de importante tiene una voz lúcida, la del antiguo narrador y lúcido aguijón de la vida popular.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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