El yaguareté mimoso y el martillo de herejes

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Junto a la repetición constante del mantra optimista, Cambiemos inventa una contraparte necesaria a su relato: el lado oscuro de la sociedad que nos impide ser felices. Un mal hoy representado por el kirchnerismo. La definición es sencilla: es kirchnerista quien se oponga a las políticas del gobierno. Los docentes y los jubilados que pretenden no perder más poder adquisitivo, las pymes que cierran y denuncian no poder seguir adelante, los abogados que pretenden que se respete la presunción de inocencia de sus clientes o los jueces cuyos fallos no responden a las necesidades del gobierno. Todos, kirchneristas.

“Lo que ocurre es que actualmente lo político se expresa en un registro moral. En otras palabras, aún consiste en una discriminación nosotros/ellos, pero el nosotros/ellos en lugar de ser definido por categorías políticas, se establece ahora en términos morales. En lugar de una lucha entre ´izquierda y derecha´ nos enfrentemos a una lucha entre ‘bien y mal”.

Chantal Mouffe | En torno a lo político

La utopía de Cambiemos describe un país liso, sin las rugosidades de los conflictos de interés, visiones antagónicas o diagnósticos divergentes. Es también un país sin historia, salvo las vaporosas referencias al desarrollismo de Arturo Frondizi o la letanía de los 70 años de peronismo, un ciclo imaginario que tiene más relación con la indignación crónica que con el análisis político.

La referencia a Frondizi, nuestro mejor estadista según Mauricio Macri, no deja de asombrar viniendo de un presidente que en tan solo tres años llevó la capacidad instalada industrial a los niveles del 2002, en plena crisis posterior a la salida de la convertibilidad.

La historia no sólo carece de interés para los funcionarios de Cambiemos sino que incluso consideran, como explicó Marcos Peña en el seminario IDEA, que “la obsesión de analizar la coyuntura en función del pasado no es normal”. En esa misma reunión, el Jefe de Gabinete se felicitó por le decisión de “poner animales en nuestros billetes (en lugar de próceres)”, porque “es la primera vez en nuestra historia que hay seres vivos en nuestra moneda nacional”.

Un “yaguareté mimoso”, para retomar la ingeniosa fórmula de CFK, carece de la carga negativa de Domingo F. Sarmiento, Julio A. Roca o Eva Perón y nos remite a un eterno presente en el que las personas son felices y no mueren. Sin embargo, pese a la repetición constante del mantra optimista de Cambiemos, cualquier ciudadano puede constatar que sí existen conflictos de interés, visiones antagónicas y diagnósticos divergentes. De la misma forma, es fácil percibir que el nivel de vida de las mayorías empeoró notablemente durante la gestión de los entusiastas de los guanacos y las ballenas.

¿Qué diablos es el peronismo?

Frente a esa contradicción, Cambiemos inventa la contraparte necesaria a su relato: el lado oscuro de la sociedad que nos impide ser felices. Se trata de un mal absoluto hoy representado por el kirchnerismo –como en otras épocas lo fueron el socialismo, el radicalismo o el peronismo en forma genérica– y por lo tanto no acepta matiz alguno. La definición es sencilla: es kirchnerista quien se oponga a las políticas del gobierno. De ese modo son kirchneristas los docentes y los jubilados que pretenden no perder más poder adquisitivo, son kirchneristas las pymes que cierran y denuncian no poder seguir adelante ante el aumento de costos y la caída del consumo, son kirchneristas los minusválidos que desfinancian al Estado con sus problemas, son kirchneristas los investigadores que esperan ser pagados por las tareas inútiles que llevan a cabo y también son kirchneristas los abogados que pretenden que se respete la presunción de inocencia de sus clientes o los jueces cuyos fallos no responden a las necesidades del gobierno.

Como señala Chantal Mouffe, el truco consiste en cambiar los términos políticos que en cualquier sociedad definen un nosotros-ellos por términos morales: nosotros somos buenos y los de enfrente malos. De ese modo, quien se oponga a “la revolución de la alegría” no está ejerciendo un elemental derecho ciudadano sino que atenta contra el Bien. Los opositores y ex funcionarios del gobierno anterior que padecen la cárcel sin condena o con una condena de primera instancia no son presos políticos sino socios de ese Mal absoluto que el gobierno debe extirpar para volver a la senda del país amable.

Ocurre que la contracara necesaria del yaguareté mimoso es Tomás de Torquemada, Inquisidor General del reino de España y recordado “martillo de herejes”.

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