Elige tu propia pandemia

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Historias diversas y legítimas conforman el patchwork de la pandemia. Una muerte solitaria, la demanda de los runners o la denuncia de infectadura. Reacciones ante una crisis sanitaria inédita. Pero lo que moldea a la opinión pública es la forma en la que los medios con posición dominante eligen mostrarlas. Una curaduría en la que las víctimas del virus casi no tienen presencia y los denunciantes de dictaduras imaginarias están sobrerrepresentados.

Hace unos días, la periodista Lula González contó en la radio cómo su abuelo falleció por Covid-19. Describió como fue internado en el hospital Rivadavia de la ciudad de Buenos Aires el 30 de mayo, último día en el que ella lo vio, y como, al no contar con un celular, su familia lograba tener noticias gracias a la amabilidad del personal del hospital. También habló de “la nueva normalidad” impuesta por la pandemia que impide no sólo acercarse a los enfermos sino también despedir a nuestros muertos. En su caso ese adiós consistió en seguir desde un taxi a una ambulancia tripulada por “un hombre vestido de astronauta” que llevó al cuerpo de su abuelo hasta el crematorio en el cementerio de Chacarita y en mirar todo el proceso desde lejos junto a otras familias que pasaban por la misma tristeza y el mismo asombro. 

La historia contada por Lula es una más entre las muchas que conocimos en estos días. También hemos escuchado hablar de la libertad de los runners, como llaman nuestros medios serios a las personas que corren, cercenada por las restricciones sanitarias establecidas para reducir el contagio del virus.

Nicolás Wiñazki nos habló desde su programa de TN de la angustia que le causaba no poder conocer a su sobrina recién nacida ni saludar en vivo a los padres recientes. “No sé si la clase política está viendo que le estamos dando nuestra vida”, concluyó. Marcelo Longobardi, un periodista que solía lamentar la anomia de nuestro país –es decir, nuestra falta de apego a la ley– advirtió: “Yo no voy a dejar de ver a mi hijo por un decreto del Presidente, es inaceptable”, y consideró lógico que la gente violara las restricciones sanitarias. Al parecer, cuando uno llega a cierto nivel en los medios, la ley se torna opinable.

En junio, un grupo de intelectuales, periodistas y “personalidades”, como se suele calificar a quienes no se sabe como definir, hizo circular un documento delirante denunciando que la democracia estaba en peligro por la cuarentena, que calificó de “infectadura” y asimiló a la doctrina de la seguridad nacional de la última dictadura cívico-militar.

Empleadas domésticas y el virus del patrón avivado

La muerte solitaria del abuelo de Lula, la libertad cercenada de los runners, la angustia existencial de Wiñazki, la violación virtuosa de la ley preconizada por Longobardi o la infectadura denunciada por un grupo de opositores enajenados conforman una parte del patchwork de la pandemia. Son historias diferentes y legítimas que ilustran las reacciones individuales y colectivas ante una crisis sanitaria inédita. Lo relevante, lo que moldea a la opinión pública, es la forma en la que los medios con posición dominante eligen mostrarlas. En esa curaduría de la pandemia, por llamarla de alguna manera, el abuelo de Lula y las casi 4.800 víctimas del virus no tienen casi presencia mientras que los runners libertarios o los denunciantes de dictaduras imaginarias están sobrerrepresentados.

Podemos suponer que más allá del hastío entendible luego de una larga cuarentena, el acatamiento ciudadano sería mayor si los medios cambiaran ese recorte de la realidad e hicieran foco en el riesgo mortal del virus antes que en las angustias de una clase social con poca resistencia a la frustración.

En ese sentido, el problema no lo generan las opiniones, ni siquiera los delirios de infectaduras, sino el poder de fuego para generar sentido común. Es el precio que pagamos por padecer una concentración de medios nunca vista en nuestra historia.

Hasta que no resolvamos ese dilema, otros decidirán por nosotros qué tipo de pandemias padeceremos.

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