Gravedad política y científicos movilizados

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La movilización de científicos argentinos (profesionales consagrados, profesores e investigadores de variadas especialidades, becarios) es uno de los hechos más significativos de nuestra actualidad política, junto al vasto movimiento social por la libertad de Milagro Sala. El recorte para la ciencia y la expulsión de unos 500 investigadores provocó la toma del Conicet para exigir respuestas del Ministro Lino Barañao.

Fotos: Gianni Buono/Fotosur

Y no hay duda de que está en el centro de nuestras preocupaciones por varias razones muy reveladoras. Primero, porque el intento de restringir ahora las actividades del Conicet y el crecimiento pausado y sostenido de sus accesos a la carrera de investigador científico, revela una concepción del presupuesto de la nación absolutamente coactiva, carente de sensibilidad cultural y política, ciega al universo del saber más calificado y atravesada por las más espúreas negociaciones.

El sector más político del macrismo ha sacado del gabinete mohoso de sus ensueños el concepto de “gobernabilidad”. La “cualidad de lo gobernable” se convierte en un chantaje, un modo de pensar extorsivamente los planos de la realidad. lo que lleva a contraer más deuda externa y agredir a los eslabones de las prácticas sociales que se valen solamente de su valor intrínseco y no de lo que veces se llama “poder de fuego”. En estos días vemos que los chantajeados por la “gobernabilidad” también chantajean, y a una genuina discusión parlamentaria termina sucediéndole el “presupuesto shushi” –presupuesto y fotos trucadas van juntas– donde en vez de legítimos impuestos a los excedentes del capital y a las exportaciones liberadas o semi-liberadas de gabelas (los productos primarios de la minería o de la agricultura), recrudece la tentación originaria del gobierno: desmantelar las organizaciones públicas de larga historia, como el Conicet.

Recrudece la tentación originaria del gobierno: desmantelar las organizaciones públicas de larga historia, como el Conicet.

Por otro lado, cada “concesión” que realizan luego de un oscuro juego de presiones corporativas, es saludada como una victoria por los extorsionados, que de todas maneras consiguen también ventajas, que pueden ser parcialmente valorables.

El Conicet, en verdad, es un ente de más de seis décadas de antigüedad. Tuvo un antecedente importante durante el primer peronismo, y desde su fundación con ese nombre por Houssay en 1958, atravesó muchas etapas, hasta llegar a una concepción activista de las ciencias y las tecnologías como impulsora privilegiada, amplia y democrática del movimiento general del conocimiento y de la ciencia. En los últimos tiempos era el ámbito democrático de autoridad sapiente que prometía vigorosamente el gran debate que anudara todos los saberes de un momento específico de la vida colectiva, para superar la frágil dicotomía entre “ciencias duras” y “ciencias blandas”.

Todo eso ahora está en peligro, porque se ha transformado en un estrecho recinto trasero y residual de un presupuesto nacional que funciona como botín “suma cero” del “precio de la gobernabilidad” con una concepción “Farmacity” de la política: comprar medicamentos es importante pero dentro del supermárket de los remedios me tientan con todas las mercancías del mundo, pero luego llego a la caja de pago con el sentimiento de me voy con una cosa que me privará de alguna otra. El presupuesto nacional funciona así, como nunca lo había hecho antes. Es una pieza de negociación en las trastiendas. En esas penumbras se juegan las sustentabilidades políticas sectoriales, provinciales, impositivas, intereses corporativos de poderosos gremios empresariales y senadores que replican con astucias menores este esquema.

No deja de haber contradicciones aquí, pero es porque la llamada gobernabilidad es una contradicción interna que a veces llega a unos centímetros del abismo antes que el gatillo extorsionador inserto en ella comience a funcionar, no en vano frecuentemente a cargo de algún funcionario que lleva uno de los apellidos frígerio-macristas por excelencia. (Fue Frondizi, no obstante, a quien a veces se obligan a nombrar, el que retomó la idea del Conicet).

Las instancias más genuinas del presupuesto, como entre otras tantas, la dedicada a ciencia y técnica, son las zonas que intentan deprimir innecesariamente, mientras las erogaciones suplementarias obtenidas por el “triunfo de la CGT”, es posible que por provenir de bonos de Tesoro Nacional, agraven antiguos problemas que originen más ajustes y más deuda. Entremedio, es cierto, un núcleo no menor de trabajadores, pero no ampliamente abarcativo, se ve favorecido, aunque también es posible que paguen ganancias más trabajadores que antes.

Por eso, estas manifestaciones de científicos – es decir, del sector más vivaz y activo de la intelectualidad nacional-, toca la cuerda más fina y problemática de la concepción macrista de la gobernabilidad como juego del extorsionador-extorsionado. ¿Sino porque tomarían esta irritante decisión? ¿No les dan premios a los científicos en la Rosada y reciben también de los premiados una fuerte reprimenda? ¿No mantuvieron a Barañao, haciendo creer que concedían a una continuidad de trabajo, reconocimiento y presupuesto, cuando en realidad descubrían el alma secreta de biotecnólogo animal, que no se “clonó” en dos barañaos, sino que era uno solo? Sí, uno solo en la sombra oculta del ultra-yo que todos tenemos, pero en él, uno sumergido que lo llevaba a la aciaga propensión de cruzar el vado, para ser el verdugo de lo que antes se declaraba defensor. Por eso la movilización de los científicos de todas las ramas de pensamiento es el supra-significante –como la situación de Milagro–, de todos los temas acuciantes de lo que hay para decir y rescatar en la Argentina.

¿No mantuvieron a Barañao, haciendo creer que concedían a una continuidad de ocupación, reconocimiento y presupuesto cuando en realidad descubrían el alma secreta de biotecnólogo animal, que no se “clonó” en dos Barañaos, sino que era uno solo?

En esta movilización también trajina por dentro la cuestión siempre presente de la relación entre las diversas ciencias, saberes y ramas del conocimiento. El neokantismo tuvo una respuesta para pensar esta diversidad distinguiéndola entre ciencias de leyes y regularidades, y ciencias de la singularidad. Décadas después, el estructuralismo intentó epistemologías aglutinadoras a través de las ciencias del lenguaje. En la Argentina todos estos debates recorrieron sus grandes momentos de investigación de la naturaleza y la sociedad. Hay que remontase a Azara, Muñiz, Ameghino, Enrique Gaviola, Balseiro, Houssay, Carlos Astrada, José Ingenieros, Varsavsky, León Rozitchner, Amílcar Herrera, Rolando García, el físico Jorge Sábato, quien también era un estudioso de Grasmci, y por qué no el profesor Favalli, héroe de las ciencias exactas, protagonista del Eternauta. Ficción y realidad, admitámoslo por un momento, proceden en su feliz encuentro con los grandes núcleos pluri-científicos. Hasta Mario Bunge tiene algo escrito sobre esto. Varsavsky, por lo demás, era, químico, matemático, espistemólogo. Pero sobre todo, un pensador político de la ciencia, sin que ésta dejase de mantener todo lo específico que la caracteriza, ni aquella sus amplios horizontes tratados como exigencias de época. Su nombre tomó esplendor en los medios intelectuales argentinos luego de la publicación de su clásico Ciencia, política y cientificismo, un libro de 1969 que recorrió los claustros universitarios como una promesa de enlaces comunes entre la Facultad de Exactas –de la cual provenía Varsavsky- y las áreas de Filosofía y Humanidades.

Quizás el libro posterior de Varsavsky, Estilos tecnológicos, publicado al filo del golpe de estado de 1976, señala el momento mayor de madurez de su especulación filosófica en torno a la ciencia, produciendo la llamativa interposición con el concepto de estilo que para otros hubiera sido más cómodo llamar paradigma. Con Estilos tecnológicos Varsavsky escribe uno de los mayores libros de la historia científica argentina: es un libro de epistemología historizada en torno a la decisión científica. En la actual movilización científica argentina, de todas las especialidades, por más que en primer lugar es una justísima reclamación salarial y vinculada al empleo cualitativo de antiguos y nuevos investigadores, late el espíritu de una larga historia que en el deseo recóndito de los gobernantes aciagos de hoy, desea ser destruida. Pero para esta gravedad política hay  nuevos estilos movilizadores. Obtenemos así la magnífica lección de que una acción colectiva de reivindicaciones profesionales, es al mismo tiempo una centella política aglutinadora de los principales debates nacionales.

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Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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