Hay que pasar el verano

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Se acercan las vacaciones y comienzan las especulaciones sobre cómo y dónde harán su descanso los argentinos. Los diarios ya anuncian una mala temporada, con pocas reservas y la gente en casa. La crisis económica, la depreciación de los salarios y la falta de trabajo son algunos de los principales factores a la hora de decidir qué hacer. Con Macri, lo que se viene es la vuelta a la Pelopincho.

Y un día, empaticé con lectores de La Nación. La nota en cuestión es vieja –del mes pasado–, pero tiene que ver con lo que se aproxima: las vacaciones. Se titula “Cómo tomarse vacaciones en casa y no sentirse frustrado”, y es la traducción de un texto de una periodista estadounidense. Da una serie de consejos para pasarla bien en estas vacaciones quedándonos en casa, sin morir de angustia en el intento.

Por supuesto, la nota pasa por alto que el motivo por el cual muchos argentinos tendremos que resignarnos a pasar todo el verano en casa es la crisis económica. El motivo es el estrés que causan los viajes (¿?). Actuar como un turista, bajar expectativas, planificar lo que se va a hacer y dejar de lado lo que no es divertido: los cuatro consejos. La nota parece de la Barcelona.

Además, le falta argentinidad: todos los que opinan son, claro, norteamericanos. Antes de saber el origen del texto, esperaba al menos encontrar la palabra “Pelopincho”. Palabra que me suena muy conurbana, y que me lleva a los veranos en la casa de mis primos en Temperley, a la pileta naranja, al sonido repentino del carrito del heladero.

“Vaya hasta la esquina de su casa, pero como un turista. Póngase anteojos de sol llamativos, un sombrero panameño, bermudas, alguna remera o camisa llamativa y las imprescindibles sandalias. Saque fotos de la esquina de su casa, vuelva y alardeé de eso en su red social favorita”, comentó un lector, y me reí de su escritura a lo Arlt. Por no llorar. Mientras, los que adherían a la nota manifestaban su cosmovisión sobre las vacaciones: una joda que pertenece a la fiesta pasada. Son tiempos de hacer sacrificios. “La indiada copaba las playas”, se atrevió a decir uno. Me reí. Por no llorar.

Los foristas de la nota de La Nación manifestaban su cosmovisión sobre las vacaciones: una joda que pertenece a la fiesta pasada. Son tiempos de hacer sacrificios. “La indiada copaba las playas”, se atrevió a decir uno.

(“Estoy tan convencido de las ventajas de mirar a la humanidad en lugar de leer acerca de ella, y de las amargas consecuencias de quedarse en casa con todos los prejuicios estrechos de un isleño, que creo que debería haber una ley para mandar a nuestros jóvenes al extranjero por una temporada”, Lord Byron).

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A mí, que siempre escapé una semana o quince días, las vacaciones jamás me alcanzaron. Vuelvo y me hundo en una depresión. Es un tiempo valioso, pero escaso. Lo mismo me pasa con los días de descanso en la semana. ¿Trabajar cinco para descansar dos? Amo viajar, amo las vacaciones; pero las vivo como un descanso falso. Una mentira que da felicidad.

(“Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía”, José Vasconcelos).

Desde que tengo uso de razón salí de vacaciones. Al principio íbamos a la costa, a las playas más modestas. Santa Teresita, Santa Clara. Mamá, fan de la montaña y de las excursiones programadas. Papá, de despanzurrarse y hacer nada en la playa. Yo salí amante de todos los viajes, de cualquier opción. Menos de las vacaciones en casa. Es que los viajes operan en mí como una zanahoria. Si no están a la vista, desespero.

Yo salí amante de todos los viajes, de cualquier opción. Menos de las vacaciones en casa. Es que los viajes operan en mí como una zanahoria. Si no están a la vista, desespero.

Son más que ese tiempo suspendido en enero, febrero o marzo en que nos sacamos el traje de trabajadores; más que ese tiempo en que la mente se libera de toda preocupación. También son el deseo. Los viajes comienzan ahí.

Tuve la suerte de que nunca me faltara nada y de que mis padres plantearan siempre las vacaciones como un rito sagrado. Como la obligación de vincularnos con otra cosa y de vincularnos distinto entre nosotros. Solamente se suspendían si afrontaban un gasto grande. Cuando mi hermano y yo fuimos creciendo, nos llevaron a recorrer diferentes provincias, nos mostraron paisajes, otro modo de viajar, distinto a la bella vagancia de estar tirado en la arena. Las vacaciones eran una inversión. Un modo de enriquecernos espiritual y culturalmente. Y primero había que conocer el país. Después Latinoamérica. 

(“Viajo por el placer de viajar. La cuestión es moverse”, Robert Louis Stevenson).

Me gusta viajar de varias maneras. A veces busco la comodidad burguesa; pero también puedo ser cronopio. Uno de mis eneros inolvidables: de mochilera por el norte, con una amiga. La guitarra en mi espalda. Una noche, nos perdimos en la montaña y tuvimos que dormir ahí. Nos afanaron, volvimos con un peso –literal: una moneda– en el bolsillo. Fue de esas vacaciones en las que pasarla mal y pasarla bien van de la mano. En las que lo que vale es lo inesperado y la sensación de vacío y desprendimiento.

Me gusta viajar para entrar en contacto con la naturaleza. Cuando vi las Cataratas del Iguazú lloré. Y me gusta viajar para conocer culturas. Mi experiencia más intensa fue conocer la India. Vi templos milenarios, a los hindúes bañándose en el Ganges, un cadáver consumiéndose por el fuego a metros mío, ese templo de las figuras haciendo el amor de múltiples formas. Conocer lo que no se parece a lo que vemos siempre equivale a meterse en otra matrix.

(“La extrañeza de lo que no eres o no posees te espera más al paso en los lugares extraños y no poseídos”, Ítalo Calvino).

¿Vacaciones en casa? ¿Cómo se atreven a sugerir sus ventajas? Necesitamos este descanso. Tal vez más que nunca.

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Invité en Facebook a mis amigos a opinar al respecto. Y el silencio que hubo reflejó que no son muchos los que están pensando en vacacionar este año. “Me dijeron que viajar, darme algunos gustos, era una ilusión. Como si no lo mereciera después de trabajar tan duro”, respondió Valeria. Su urgencia es otra. Definir si come al mediodía o a la noche, básicamente. “Así que de viajar, olvidate.”

Otros ven que sus proyectos más ambiciosos quedan truncos. Natalia, por ejemplo, quien antes de 2015 tenía pensado ahorrar para visitar a una amiga que vive en España. En cambio, hoy, la preocupa llegar a marzo con laburo. Cambió la visita a la amiga por mochilas en San Juan con su pareja.

Me quedo con las palabras de Julia, compañera de trabajo que se fue a vivir a México: “Juntar la plata de la devolución del depósito del alquiler, más otras cosas que se puedan vender (televisor, lavarropas, una bici, el auto), sacar un pasaje en cuotas a un destino paradisíaco y buscar trabajo ahí. Todos los días vivirás de vacaciones. Ahorrarás y la pasarás de pelos en el mar. Una vez que el Gobierno cambie, volver y empezar de nuevo. Es una opción para los que no tienen nada que perder”. Una opción no alcanzable para todos. Pero más copada, seguro, que aquella idea del sombrero panameño y la foto en la esquina.

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