Heidipolitik, urnas y hoguera

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La Heidipolitik es la contracara de la realpolitik. Es un paradigma que transita el amistoso camino de los absolutos morales. Los defensores de este paradigma suelen denunciar modos rudos y formas ríspidas, reemplazando así el análisis político por un certamen de buenos modales que, al parecer, nos llevaría hacia el desarrollo y la equidad. La Coalición Cívica, liderada por la Mentalista Carrió, tiene la franquicia de la Heidipolitik en el país.

A fines del siglo XIX, el canciller alemán Otto von Bismarck, artífice de la reunificación alemana, acuñó el término realpolitik, “política de la realidad” en alemán. Es un concepto que supone basar la política exterior de una nación en sus intereses prácticos y sus necesidades concretas, sin atender a una teoría estricta o a absolutos éticos. Bismarck creía en la grandeza de Prusia pero era un político pragmático que apostaba al equilibrio entre las naciones y al freno de la carrera armamentística. La realpolitik incitaba a la negociación y eludía como el ébola la idea de una superioridad moral.

La Heidipolitik es la contracara de la realpolitik. Es un paradigma que no tiene como objetivo los intereses prácticos de una nación ni tampoco lograr un equilibrio entre sus integrantes, resolviendo al menos parcialmente las contradicciones de una sociedad, sino que transita el amistoso camino de los absolutos morales. La Heidipolitik es lo contrario del ejercicio pleno del poder: prefiere dejar la pringosa tarea de gobernar en manos ajenas y dedicarse a descalificar ese ejercicio en base a un manual de procedimientos tan celestial como inaplicable. Los defensores de este paradigma suelen denunciar modos rudos y formas ríspidas, reemplazando de esa forma el análisis político por un certamen de buenos modales que, al parecer, nos llevaría hacia el desarrollo y la equidad.

En la Argentina quien tiene la franquicia de la Heidipolitik es la Coalición Cívica, liderada por la Mentalista Carrió. Sus integrantes brillan en los sets de televisión y en las bancas del Congreso, en donde pueden llevar adelante su tarea esencial: la encuesta judicial y la denuncia grandilocuente relanzada por los medios serios. Con el Ejecutivo se profesan una mutua indiferencia, aún siendo oficialistas. El ejercicio del poder que implica negociar y ceder les es ajeno. No analizan las iniciativas políticas en base a sus resultados hacia las mayorías sino en función de las intenciones que anidan detrás, satánicas o angelicales de acuerdo a los cambiantes parámetros morales de la Mentalista.

El agite antisocial de la derecha

Gracias a esa elasticidad, la cruzada moral de la Coalición Cívica pudo formar parte del gobierno de los contratistas del Estado sin que eso generara contradicción alguna entre sus entusiastas ya que las intenciones de aquellos contratistas enriquecidos durante décadas gracias a los fondos públicos eran las mejores. Como los teleevangelistas brasileños que nos enseñan a la madrugada de qué lado está el Maligno y de que lado el Arcángel Gabriel, la Mentalista Carrió es nuestra veleta moral.

Con la misma contorsión lógica, Toty Flores, el Tío Tom de la Coalición Cívica, pudo apoyar los tarifazos lanzados durante el gobierno de Cambiemos –que perjudicaron en primer término a los más humildes que él decía representar– ya que Macri le había dicho que esos aumentos eran necesarios y consideraba que el ex presidente de SOCMA era un buen hombre.

Hoy desde la oposición, la Heidipolitik está mutando hacia un ejercicio más radical: el terraplanismo. La oposición no sólo busca demoler la legitimidad del oficialismo sino que pone en duda algunos acuerdos que pensábamos estructurales, como el rechazo a los golpes de Estado o la salud pública. El apoyo a los golpistas que en 2019 derrocaron a Evo Morales o la campaña contra las restricciones sanitarias e incluso contra las vacunas contra el Covid-19 parecen transitar un terreno virgen, al menos en democracia. Nuestro establishment no sólo no asimiló la derrota de su candidato el año pasado sino que parece perder la paciencia frente a un escenario regional favorable a los gobiernos populares.

El dilema es que los absolutos morales y las certezas éticas son lo contrario de la política: al abandonar la realpolitik del viejo Bismarck, Europa se hundió en dos guerras mundiales. Si las diferencias entre dos espacios políticos dejan de ser políticas y pasan a ser morales, es decir, se transforman en una lucha entre el Bien y el Mal, la solución ya no está en las urnas sino en la hoguera.

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