Hermanos: el Mayor y el menor

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El hermano menor eligió ejercer una suerte de derecho a la confesión, a la vindicta y a la paradoja. El banquete parricida de Mauricio y la respuesta fratricida de Mariano son analizados por Horacio González en esta columna. Los hijos del clan Macri -con raíces en el neofascismo de la de la post guerra, un linaje de negocios vinculado con la ‘Ndrangheta y una tela de araña de empresas oscuras- pelean por la herencia y el honor en el barro.

La rara declaración o monólogo del “hermano menor” del “Hermano Mayor” puede aportar datos judiciales o sinuosidades relativamente desconocidas del clan Macri. Pero su importancia mayor reside sin duda en el hecho de que fue hecha a través de un libro que no puede clasificarse -como hoy es habitual- de investigación periodística. El hermano menor eligió, a través de un conocido periodista, ejercer una suerte de derecho a la confesión, a la vindicta y a la paradoja. Esto último, porque hablar en términos de denuncias que competen al Hermano Mayor sintiéndose perjudicado o no reconocido, se realiza en nombre del Patriarca fallecido, contra cuya memoria había también operado el Mayor, en su banquete totémico. Sería entonces una reacción contra el modo en que el Mayor fue devorando el cuerpo del Padre para fundar una dinastía diferente, del mismo nombre, pero con una carnicería parricida. Toda la declaración, hecha con la franqueza de quien no oculta un rencor justiciero, no desconoce los resultados de la reacción pública, pero sostiene una cuerda honorífica que habría sido mancillada. 

El fratricidio existe, es el alma secreta de las familias dinásticas y del modo en que se procesan las herencias. Pero se trata de un fratricidio que cobra existencia a través de escribanos, mediadores y picapleitos. El hermano mayor se había formado bajo una instancia de procedimientos ilegales, de encubrimientos y espionaje. En principio esto comienza con juegos infantiles o con bromas pesadas en los recreos de los colegios de lujo. Cuando el Mayor contó que era objeto de bulyng por su apellido calabrés, podemos entender lo contrario.  Pero las burlas pesadas no son descartables, pues lo que ahora se llama bulyng, en cualquiera de los colegios que sean, sin hacer falta que usaran el nombre del famoso Cardenal, es lo habitual. En todo colegio se construye un patio de burlas, humillaciones y tanteos crueles para seleccionar el grupo de afinidades. Pero el talento para las cargadas siempre lo tuvo él, el Mayor. Como Presidente, mostraba un rostro impávido donde apenas se dibujaba la sonrisa sardónica, la de aquel que espera que alguien tropiece con una alfombra o el que crea la oportunidad de ponerle la pierna a un distraído -puede ser un mozo-, para que derrame las copas sobre los tapizados de cualquier ceremonia. Pero no es un juguetón impenitente, solo gana tiempo para sus maquinaciones y trampas.

Puede haber hombres de negocios que hablen como los miembros de la familia Buddenbrook -la novela famosa de Thomas Mann-, cuya más importante protagonista, Tony Buddenbrook, es la encargada de mantener el respeto ganado en la aristocracia de los negocios, que ella sabe mancillados por todos los miembros de su familia, donde choca la memoria paterna con la creciente disolución de los lazos en una sociedad que se había armado sobre el tráfico rudo de las grandes finanzas. Pero en la familia Macri, cuyas raíces está en una de las vetas laterales del neofascismo de la inmediata post guerra, y en un linaje de negocios vinculada con la ‘Ndrangheta -como tantas veces  ha mostrado Rocco Carbone-, no hubo tiempo de cimentar más que ramificaciones en el mundo del dinero legal e ilegal, que creaban formas fijas de relación familiar sin darse tiempo para que maduraran formas del honor, tan oscuras como se quiera, pero que aquí, al no existir, llamaban a un secreto fratricidio. No que se mataran los hermanos entre ellos, sino que el Mayor era el que burlara al resto de la familia con sus risuelos engaños, su desconfianza hiriente, sus simulacros rastreros y su turbia jocosidad. La ramificación biológica real o irreal importaba menos que la ramificación financiera real o irreal, esta última ramificando activos sigilosos bajo nombres de fantasía -por ejemplo, de una película Kagemusaha, puesto por algún cinéfilo tahur-, enviándolos a otros destinos reservados que componen la trama secreta de la propiedad paradisíaca de los flujos secretos circulantes.

El peor de todos

El hermano menor establece comparaciones extraordinarias; lo que él sufrió en materia de desprecio intrafamiliar, dice, es lo mismo que sufrió el pueblo argentino con la presidencia del Mayor. No es imposible aceptar esta aseveración tan compleja, aún con los desmedidos saltos de niveles que ella implica. Sería poner en un lugar privilegiado un tipo de relación privada -medida por negocios en todos los rubros posibles, construcción, automóviles, correos, finanzas, recolección de residuos, una red arácnida que se resolvía en la circulación de fondos clandestinos-, y proyectarla sobre el mundo público. En él, el Mayor aparecía con su rostro cruzado no por una cicatriz, sino liso y uniforme, traspasado siempre por un rictus de desprecio burlón y disparatado, sin que eso le importase. Al ceremonial de Estado, lo trataba como efectos homólogos a sus tratos con las finanzas oscuras y con los lenguajes sigilosos o implacables que reinan entre inversores y prestamistas que farfullan el idioma concreto de las mesas secretas de dinero. Si al Rey de España le habló de la angustia argentina, al Presidente Chino le habló de los goles de Boca. El Hermano Mayor no poseía el don ni la dimensión de las proporciones. 

Pero toda la declaración del hermano menor tiene el doble propósito de reclamar una parte de la herencia y de custodiar la honra familiar. Está el padre por delante y le tocó hablar a él, al menor, en nombre del Padre. Fuera del valor judicial que puedan tener estas declaraciones sobre cómo se elaboró una fortuna a partir del puerto de Mar del Plata y la estatización de las deudas privadas, llama la atención cómo se lanzó a esta meditada y calma vendetta citando a Yuval Harari, un profesor israelí que da consejos sobre epicureísmo y “procesamiento de datos” a la manera de un Manual para una ética sin miedo y placeres moderados para el difícil siglo XXI. El hermano menor parece haber aprovechado de estos consejos en sus charlas TED. Resuenan en todas sus páginas una confesión meditada y sensata, tocando los puntos que le atraerán tantos problemas como simpatías de todos los que sufrieron los manejos empresariales del Mayor, entre dicharacheros y diabólicos. Siempre mediados por sus dichos pavorosamente insustanciales. 

El honor, desde luego, es lo más frágil que hay. Compite con el dinero en cuanto a que lo que se converse en torno a ellos, no debe vulnerar pactos o complots no escritos. El honor es la vulnerabilidad en sí mismo. Las injurias meticulosas son más tolerables en el mundo de los negocios, donde la humillación se mide en término de pérdidas y ganancias. Pero en la genealogía familiar el honor se mide en sangre, o en una vendetta razonada y explicada por la mediación de un periodista neutral, con que el que el Menor tenía una relación circunstancial a través de terceros.

El fratricidio es uno de los temas de “El Padrino” de Coppola. La traición del hermano menor se paga con la muerte, ordenada por el Mayor. Este no es el caso, porque el Mayor de todos modos no lo haría, pero había sonado la hora de ir al confesionario en forma prevista y creíble. Creando un acontecimiento político y también en la alicaída industria cultural del libro. El Mayor dejó la presidencia, y este es el momento propicio para asestar el golpe. Y porque de todas maneras el Mayor ya ensayó muchas veces hablar como en medio de una nube distraída que se va desvaneciendo en frases dictadas por una “inteligencia artificial”, que ya parecía poseer antes de que este concepto cundiera como una solución improbable para temas que está lejos de poder solucionar. El Mayor habla siempre con su pensamiento en otra parte, si eso no fuera irreverente, lo compararíamos a ese fraseo de Charly García en “No soy un extraño”. La estrofa dice “enciendo un faso para despistar”. La herencia, se está viendo en estos días, entre las familias de las aristocracias inmigratorias de distintos períodos del siglo XX -terratenientes y contratistas del Estado-, es un tema crucial. Los socialistas del siglo XIX se peleaban respecto de incluir la prohibición de heredar en los programas políticos. El anarquismo decía que la herencia era el sostén de la sociedad injusta. Otros más rigurosos se negaban a darle tanta importancia y anclaban la injusticia en el régimen de producción más que en el modo en que se quiebran linajes familiares. 

Pero aquí, de esta quiebra queda la sombra del Mayor y el relato de este episodio, aleccionador para todos, porque es un testimonio del mortificado durante años -más allá de la cuestión judicial y empresarial-, y que ahora se engarza con otros episodios que dan una visión alucinada del modo en que los dueños de la tierra y del poder económico pensaron sus juicios valorativos y sus vidas particulares. El fanatismo atávico por la propiedad privada suele iniciar turbios procesos reactivos sostenidos en violencias insensatas. Martín Fierro, cuando comienza a darle los famosos consejos a Picardía y a sus hijos, el Mayor y el menor, recomienda que en el tiempo que vendrá se cambien de nombre. Pero esta es otra situación, bien diferente. Se lucha, además de por reconocimientos y bienes, por afirmar un nombre. Testigos asombrados somos de esa lucha. 

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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