Intelectuales: lo real pavimentado

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Los intelectuales firmantes de la desenfrenada solicitada a favor de Macri son la huerta orgánica del macrismo, eslabón consagrado donde se elaboran cánticos, misales e insignias de odio contra los que quieren impedir la disgregación de la efectiva vida intelectual del país. Dicen respecto al travieso y perverso Macri que respetó el pluralismo, condenó la falta de derechos humanos en Irán y Venezuela, dotó de dignidad acogedora de todas las posiciones políticas en los grandes medios comunicativos y adecentó en Indec. Asumen el clamor agónico de la publicidad macrista de «no volver al pasado», para ellos encarnado en la ficción propagandista del Tigre Verón. 

Si vuelvo atrás páginas que parecían olvidadas de un pasado común, no me es imposible recrear algunos momentos compartidos o conllevados, con los firmantes de la desenfrenada solicitada a favor de Macri firmada por intelectuales afines a ese sello, timbre o estampilla electoral. En primer lugar, aquellos cruces pasados pueden explicarse porque todos habíamos aceptado, de una manera u otra, con mayor o menor disconformidad, el calificativo de intelectuales. Que es mayormente problemático, pues en general contiene un ingrediente que lo hace fácil presa de una acusación de elitista como Miguel Cané o de distraído como Tales de Mileto. También están los que apelan a estas inhabilitaciones por sentirse defensores de la vida simple y la expresión sencilla. Pero lo que ha hecho cesar esa peligrosa escisión, en gran parte fueron las lecturas gramscianas en la segunda mitad del siglo XX, donde la notable expresión “todos son intelectuales” establecía gradaciones dentro de una misma práctica (menos profesional que una instancia irreductible del conocimiento de cada franja social), según cada uno empleara distintas cosmovisiones culturales -laicas, experienciales, críticas, confesionales-, para situarse como vehículo entre la palabra pública y los heterogéneos sentidos comunes que atraviesan la sociedad. 

El “papel del intelectual”, famosa frase que revela lo intrigante de la cuestión, no era otro que el de pensar en su propia situación social para buscar puntos de conexión con su otro, la vida popular, que, como tesoro escondido, poseía las mismas percepciones sociales que la de los intelectuales, pero sin el plano expresivo que las develase como obra artística o escrita, y que forjara convicciones públicas tendenciales. Esto es, de solidaridad orgánica entre grupos sociales “cimentados” en un tejido explícito de creencias. Los intelectuales de la Iglesia estaban en la delantera respecto a elaborar las cartillas del dogma, pues las parábolas evangélicas se heredan de las voces campesinas, los pastores por excelencia, que las habían trasmitido milenariamente, a través de sus propios escritores. Por ejemplo, en los propios tiempos de Gramsci, los de Civiltá cattolica, la centenaria revista del papado, donde escribía el padre Bresciani, al que Gramsci se refiere innumerables ocasiones por ser modelo de esa conjunción entre masas promesantes y catolicidad pensante. Si cambiamos macrismo por pastoral de la fe, y Civiltá Cattolica por el diario La Nación o Clarín, sabiendo de las diferencias brutales que se hacen presentes, la rueda que mueve estos mecanismos es la misma. Pero aquí estamos ya en la era del final de la ilustración, donde esta muestra sus vísceras ruinosas, su tendencia a la represión y su imposibilidad de controlar los borbotones del odio, como lo hubiera hecho un Karl Popper echándole toda la culpa a Platón. Pero aquí, muy lejos, estamos en el mundo del agente Chocobar.

Otro factor imposible de eliminar de una escena contemporánea donde el intelectual ve diluida su figura, amenazado su lenguaje, vigilado sus atributos autónomos y encuadrada en criterios de una razón comunicativa que no choque con las hipótesis empresariales previas respecto a la comprensión masiva, lo proveen los llamados intelectuales de los medios de comunicación, en especial de la televisión. No solo periodistas, sino figuras universitarias, académicas, científicas, que prestan el supuesto prestigio de su obra a esa corriente del lenguaje vinculada a un nuevo sentido común -no el de las antiguas capas campesinas sino las del crédulo amor del consumidor cultural urbano-, y se convierten en diferentes tipos de divulgadores, cuyo caso característico es el de Sebreli. Este hizo su larga tarea divulgadora del “existencialismo” con una hipótesis de vinculación orgánica con los grandes medios que organizan el espacio público de la cultura, la publicidad y la palabra política. Esta era considerada un campo dividido sumariamente entre el legado de la razón, con sus oficiantes de un nuevo positivismo neo liberal, y la presencia del irracionalismo, con sus pululantes punteros nacional-populares, ahora encarnados por el “Tigre Verón”, un personaje ficcional. Pero este es el máximo punto de fusión entre la ficción televisiva y el ataque al irracionalismo sindical, enorme gesto en el cual, con pretextos largamente preparados, arrasan o quieren arrasar con toda la vida sindical del país, más allá de sus conocidas dificultades en la representación de las lógicas colectivas de reparación. Mayor ejemplificación de lo que produce la intelectualidad orgánica del macrismo, no se conoce. Este programa televisivo habrá que estudiarlo como un punto alto, lamentable y vergonzoso en la cuestión de las operaciones intelectuales del macrismo, esta vez involucrando guionistas, actores, ejecutivos y gerentes de contenido. Que los adornianos de todas las facciones culturales y políticas se dispongan a asombrarse por todo esto, y admitan la notable ausencia de veredictos sensatos sobre tan turbio asunto.

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Pero estos fedayines antipopulares son la nueva intelectualidad, mucho más allá de la de que antes, con un dejo despectivo solía llamarse “intelectualidad orgánica”. La expresión es gramsciana y con ella se quería contraponer al intelectual católico del campesinado, o el farmacéutico de madame Bovary, mesié Homais, al intelectual partidario del momento industrialista de las culturas, que sigue la cartilla ortodoxa al manejar su pluma o su concepción artística premoldeada, o el que dice lo previsible en relación a lo que su partido político ha establecido desde siempre. Es lógica la larga y actual sospecha contra ese arquetipo intelectual, contra este tipo de organicidad disciplinada, que ahora, sin embargo, para el buen entender, representan ese centenar de aventurados en su propia desdicha que, está claro, ven en el susodicho “Tigre Verón” la fuente que hace necesarios, es más, dramáticamente urgentes, sus proclamas respecto a que su Numen, el travieso y perverso Macri, fue el que respetó el pluralismo, condenó la falta de derechos humanos en Irán y Venezuela, dotó de dignidad acogedora de todas las posiciones políticas en los grandes medios comunicativos y adecentó en indec. Es que, por supuesto, gordi, no quieren volver al pasado, clamor agónico de la publicidad macrista que los intelectuales de ese ramo no tienen problema en asumir. 

Ya han desfigurado el rostro efectivo, la “veritá effetuale”, como decía Maquiavelo, de lo que realmente se presenta en la realidad nacional histórico-política. El pluralismo es coerción, el Indec el testigo estadístico de la decadencia económica y los herrajes del Fondo Monetario son los que capturaron a un entero país y su maltrecha reproducción social de bienes y sustentos colectivos. La voz caprichosa y fastidiada del presidente balbuceando sus frases de una biblia salida de agencias de publicidad y revistas futboleras -cruzaremos el río, somos imparables-, no les parecen a estos intelectuales, un extremo de la estructura de falsedad y oquedad asombrosa del macrismo. Es que ellos son la huerta orgánica del macrismo, eslabón consagrado donde se elaboran cánticos, misales e insignias de odio contra los que quieren impedir la disgregación de la efectiva vida intelectual del país. Ellos la achican, la tonsuran, la castigan, en última instancia la reprimen. La solicitad de apoyo a Macri evoca un fraseo que conocemos bien. Hay que aguzar un poco el oído, pero detrás de lo que escribieron eso firmantes está el resuello de Macri, las banalidades de Macri, las mentiras habituales del “tigre Macri”, que sabe disfrazarlas de plegarias o ronroneos insatisfechos hacia los que no comprenden sus grandes obras, él, tan generoso en su gesto en favor del empirismo científico al tocar lo real de un pavimento para mostrarle a sus propios intelectuales donde comienza la historia o el pensamiento. En esa realidad de la materia alquitranada, en el concreto cemento armado que se construyó o que fue una escenografía pasajera, y, sobre todo, en los concretos policías armados dispuestos primero a disparar y luego a preguntar. Mujeres y hombres de la solicitada. Cineastas, politólogos, científicos, Han disparado antes de comprender, olvidaron el arte primigenio de la pregunta, que también es el principio de la pregunta por sí mismo, antes de convertirse en una colectora de la propaganda estatal y del orden comunicacional oficial. Toquen una vez más el asfalto electoral, y aunque quede en el puño algo de betún, sepan decir que sí podemos, que nada nos para, que un esfuercito más, argentinos, y llegaremos a cruzar el Riachuelo al revés.   

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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