Jeanine I, personaje de Vargas Llosa

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El mundo enloqueció, asegura el doctor García Ardiles en la última novela de Mario Vargas Llosa. Es el año 1954 y la CIA acaba de derrocar al presidente guatemalteco electo Jacobo Árbenz. Suerte similar sufrió Evo Morales recientemente en Bolivia. Jeanine I, Emperatriz del Beni, Terror de los ateos, marquesa del Potosí, Defensora de las Santos Evangelios, Tigresa de los Llanos y Presidenta autoproclamada del Séptimo Día merece un lugar de honor en la próxima novela del escritor peruano.

“No sólo Guatemala había enloquecido, Estados Unidos también. ¿O era él únicamente quien había perdido el juicio y no entendía ya lo que pasaba, igual que ese medio millón de indios a los que Árbenz les dio tierras y a los que ahora se las quitaban a balazos? Como el Presidente Eisenhower había tenido un infarto y estaba en el hospital, fue el Vicepresidente Richard Nixon quien recibió a Castillo Armas y a su esposa en el aeropuerto de Washington, rodeado de dignatarios del gobierno norteamericano. El mandatario guatemalteco había sido homenajeado con los veintiún cañonazos de rigor y un concurrido desfile militar. Tanto en los discursos como en los diarios- ¡el propio The New York Times!- se hablaba de Castillo Armas como un héroe, salvador de la libertad en Centroamérica, un ejemplo para el mundo”.

Quien se pregunta si el mundo enloqueció es el doctor García Ardiles, personaje de “Tiempos recios”, la última novela de Mario Vargas Llosa. Ambientada en Guatemala durante la Guerra Fría, la novela relata el golpe perpetrado por el general Castillo Armas junto a la CIA contra el presidente electo Jacobo Árbenz. García Ardiles, amigo del presidente derrocado, no comprende como un político progresista y admirador de la democracia norteamericana como Árbenz pudo ser transformado por los medios en un comunista desaforado, aliado de la Unión Soviética y enemigo de la libertad. La United Fruit, todopoderosa corporación que controla el comercio del banano en la región y está detrás del golpe a Árbenz, busca anular la reforma agraria instaurada durante su gobierno, así como eliminar la alocada pretensión de hacerle pagar impuestos.

Lo que asombra a García Ardiles no es que una empresa multinacional buscara defender sus privilegios sino que consiguiera para lograrlo el apoyo de la opinión pública norteamericana, de los medios progresistas de ese país e incluso de las universidades más prestigiosas, como Columbia y Fordham, que hicieron doctor honoris causa a un general rudimentario y golpista como Castillo Armas. “¿Era la historia esa fantástica tergiversación de la realidad?”, concluye el desolado amigo del presidente depuesto.

En marzo de 1954 se llevó a cabo en Caracas la sesión 48 de la Organización de Estados Americanos (OEA), bajo la dictadura del general Pérez Jiménez, en la que EEUU logró imponer su criterio. Todos los países presentes, con el único voto en contra de Guatemala y la abstención de Argentina y México, aprobaron la resolución número 93 que aludía a los peligros para la región de la “infiltración comunista”, el paraguas legal para que la CIA operara contra cualquier gobierno no alineado a los intereses de EEUU, empezando por el del comunista imaginario Jacobo Árbenz.

Casi 70 años después, es probable que la lectura de los diarios depararía el mismo asombro al doctor García Ardiles. No sólo en Argentina, en la que la moderada pretensión del presidente Alberto Fernández de reducir el alto índice de pobreza y mejorar la distribución del ingreso a través de una mayor presión fiscal sobre los sectores más favorecidos es denunciada como un “ajuste” y una “provocación” por los medios serios, sino también por lo ocurrido en Bolivia desde las últimas elecciones presidenciales.

A partir de la denuncia del titular de la OEA Luis Almagro referida a algunas actas cuestionadas del escrutinio que daba por ganador al presidente en funciones Evo Morales, la policía y las FFAA de Bolivia lo obligaron a renunciar y desde el Congreso, sin el quorum necesario, la oposición proclamó como Presidenta interina a la senadora Jeanine Añez. La persecución a los simpatizantes del partido gobernante, incluyendo al Presidente depuesto y a su Vice, Álvaro García Linera –quienes pudieron escapar sanos y salvos gracias a la ayuda de los presidentes de México y Argentina– no hizo mermar el apoyo del titular de la OEA a los golpistas ni tampoco el de EEUU, que reconoció a Añez como Presidenta legítima a una velocidad lumínica.

La United Fruit ya no existe y ya no se trata del comercio de bananas sino de la explotación de litio, cuya mayor reserva planetaria se encuentra justamente en Bolivia. Luego de asociarse con una empresa alemana para el desarrollo de la primera planta para generar baterías, Evo Morales había anunciado un preacuerdo con China para la conformación de una empresa destinada a fabricar litio metálico.

Como ocurrió con Árbenz al pretender supeditar la explotación frutal y el sistema fiscal al desarrollo de su país, Morales generó el rechazo de EEUU al buscar asociarse con Europa y, hecho aún más grave, con China en la estratégica explotación y producción de litio. En ambos casos, la libertad sólo peligró a partir del momento en el que los presidentes electos fueron depuestos con la excusa de peligros tan inminentes como imaginarios y reemplazados por energúmenos que para defender la libertad, la restringieron.

Jeanine I, Emperatriz del Beni, Terror de los ateos, marquesa del Potosí, Defensora de las Santos Evangelios, Tigresa de los Llanos, Zarina de Cochabamba, Hoguera de los agnósticos y Presidenta autoproclamada del Séptimo Día, tan rudimentaria como el general Castillo Armas y no menos aplaudida por EEUU, la OEA y los medios serios, merece un lugar de honor en la próxima novela de Vargas Llosa.

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