La demagogia suicida

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Que nuestros representantes limiten sus ingresos o viajen en peores condiciones son gestos demagógicos que no mejoran la calidad de su tarea ni la vida de sus representados. Sólo consolidan la idea antipolítica del Estado como un costo que es virtuoso recortar.

“De Illia se rescata que fuera a la Casa de Gobierno en subte o que después de su derrocamiento tomara un taxi para volver a su domicilio. Estos gestos demagógicos, porque no son más que esto, en nada mejoran la calidad de un gobierno ni pueden ocultar su fracaso y su ineficiencia”.

Carlos Corach / 18.885 días de política

El presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, anunció que reducirá su sueldo y lo mismo hará con los altos funcionarios de su administración, tal como había prometido durante la campaña electoral: “Me voy a bajar el sueldo a la mitad y de ahí para abajo todos. ¿Y saben por qué vamos a reducir el sueldo de los de arriba? Porque vamos a subir el sueldo de los de abajo”. Aseguró también que no viajará en el avión presidencial.

El primer proyecto de Giorgio Jackson y Gabriel Boric, jóvenes diputados chilenos que, como Camila Vallejo, llegaron a la política desde las movilizaciones estudiantiles del 2011, fue reducir la dieta parlamentaria a la mitad. Propusieron también que los viajes en avión de los diputados fueran realizados en clase turista y no en ejecutiva como ocurría hasta ese momento.

En Argentina, una de las primeras iniciativas de los diputados del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) fue también reducir la dieta parlamentaria. “Uno de los pilares de todas nuestras campañas electorales fue que los diputados y funcionarios políticos cobren como un docente”, señaló la diputada Miryam Bregman.

Los proyectos de reducción de ingresos de funcionarios o representantes parlamentarios suelen provenir de sectores progresistas. Eso no deja de asombrarme ya que, a diferencia de sus colegas de la derecha que cuentan con la generosa financiación del sector privado, los políticos progresistas tienen como principal sustento las arcas del Estado. Es por eso que reducir sus dietas los penaliza tanto a ellos como a sus representados. Cada diputado puede decidir vivir con la austeridad que prefiera, pero es absurdo que su espacio político limite voluntariamente esos ingresos legítimos.

Por supuesto, ni López Obador, ni Bregman, ni los jóvenes diputados chilenos consideran que este tipo de iniciativa permitiría el aumento de sueldo “de los de abajo” o reduciría de forma significativa la inequidad o la corrupción que padecen sus países. Toman esas iniciativas como símbolos, como gestos virtuosos que contrastan con una realidad que denuncian. Otras voces, más pragmáticas, sostienen que si bien son gestos demagógicos son necesarios para conseguir el indispensable apoyo ciudadano para lograr reformas de fondo.

En política no sólo importan las iniciativas de nuestros gobernantes, también inciden los símbolos e incluso sus gestos demagógicos ya que ayudan a consolidar un proyecto común. Creo, sin embargo, que en este caso se trata de un símbolo errado. Que nuestros representantes limiten sus ingresos o viajen en peores condiciones son gestos demagógicos que en nada mejoran la calidad de su tarea ni la vida de sus representados. Sólo consolidan la idea antipolítica del Estado como un costo que es virtuoso recortar y no como un instrumento que responde a demandas cada vez más complejas y requiere de cada vez más recursos para ser eficaz.

Como tomó la precaución de nacer millonario, Mauricio Macri dona su sueldo de presidente al comedor de Margarita Barrientos. Podría reducirlo al 100%, al igual que el de la mayoría de sus ministros que cuentan con rentas propias, sin que sus políticas mejoraran en algo.

Otro error persistente es el de asimilar los sueldos altos de la función pública a la corrupción. La corrupción se nutre de testaferros, contratos amañados y plata negra, no de salarios declarados.

Agregaría, por último, una crítica instrumental: apostar al ascetismo político como cura contra la inequidad no sólo es inútil, también deja a nuestros políticos a merced de cualquier operación de prensa que denuncie la compra de un iPhone o la escapada de un fin de semana a un balneario de moda.

El hartazgo ciudadano se combate con políticas que mejoren la vida de las mayorías, no con iniciativas que penalizan a sus representantes y en nada afectan a quienes, justamente, no viven de esos ingresos.

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