La enseñanza de Eróstrato

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De cómo el intento de acabar con el adversario político puede volverse en contra. El macrismo construyó su identidad política mediante la creación de una realidad escrita con la K mayúscula del horror, procedimiento análogo al que utilizó para intentar demoler el nombre y la figura de la ex presidente, Cristina Fernández de Kirchner. La pregunta que se impone en esta difícil coyuntura es, ¿mediante qué estrategias sobrevivirá el macrismo sin el nombre maldito de Cristina?

Foto: Joaquín Salguero

Publicado en La Tecl@ Eñe

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Eróstratro era un pastorcillo griego que desde muy joven anhelaba ver su nombre escrito con caracteres de oro en los libros de historia: fama, Eróstratro quería fama, quería celebridad, quería reconocimiento; por eso el 21 de julio del año 356 a.C no tuvo mejor idea que incendiar el Templo de Artemisa, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo. Llamativo razonamiento el del pastor griego: incendiar para quedar a la historia, destruir para perdurar. Esto lo comprendió perfectamente el tribunal designado en aquel momento que, estupefacto ante semejante hecatombe, prohibió la pronunciación de su nombre bajo pena capital, e incluso prohibió bautizar con ese nombre a los integrantes de las generaciones futuras. El propósito del tribunal resultaba obvio: impedir la concreción del objetivo de Eróstrato; pretendieron borrar su nombre y su historia de la historia.

Hoy, somos conscientes, el procedimiento judicial fue un rotundo fracaso. El espíritu de Eróstrato circula aún entre nosotros, y como muestra, tres botones: El escritor romano Valerio Máximo afirma: “Se descubrió que un hombre había planeado incendiar el templo de Diana en Éfeso, de tal modo que por la destrucción del más bello de los edificios su nombre sería conocido en el mundo entero”. También el historiador griego Teopompo reseñó el incendio y registró para la historia el nombre de Eróstrato. Más contemporáneo, el poeta portugués Fernando Pessoa escribió un tratado sobre la búsqueda de la inmortalidad que lleva por título el nombre del ahora sí celebérrimo pastor incendiario.

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Juan Domingo Perón fue protagonista destacado de una transformación dramática de la República Argentina; Perón incluyó, acicateado sin duda por la fuerza de los hechos, en nuestra realidad, a vastos sectores sociales que desde el nacimiento de la Nación habían sido postergados (para no decir invisibilizados). A esos sectores se los designó de diferentes formas: el aluvión zoológico, las hordas barbáricas, los monstruos; eran, lisa y llanamente, los pobres, los negros, los grasas, los desclasados, los parias. Obviamente, como suele suceder cuando se altera el orden, no todos estuvieron de acuerdo, muchos leyeron en ese empoderamiento señales inequívocas de un inminente peligro, de una inminente desintegración. Miedo, la verdad es que sintieron miedo de perder privilegios o de ser alcanzados por las aspiraciones de los menos privilegiados, por eso el 16 de junio de 1955 un grupo de militares encargados de defender los valores de la civilización se subieron a los aviones de la Aviación Naval e intentaron desalojar mediante un histórico bombardeo al cruel tirano.

Una vez desalojado el tirano del poder, los gobernantes de turno tuvieron la brillante idea de emular a los jueces griegos y sancionar el Decreto Ley 4161 mediante el cual quedaba prohibido pronunciar “el nombre propio del presidente depuesto” (“o el de sus parientes”). El decreto fue sancionado por el general Pedro Eugenio Aramburu, presidente de facto en aquella época, junto al vicepresidente y todos los ministros de la dictadura autodenominada (con cierta generosidad) Revolución Libertadora. Esta acción de gobierno formó parte de un plan sistemático de desperonización que, evidentemente, pretendía extirpar de la historia el cáncer (según ellos, claro) del peronismo.

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El gesto de los censores en ambos casos parece equivalente, prohibir para olvidar, negar para desterrar, vedar para suprimir. Sin embargo, por comulgar desde hace años con la secta del Dr. Freud, he aprendido que no basta con prohibir, ni con censurar algo para barrerlo o borrarlo de la historia, más bien al contrario, eso que uno reprime, prohíbe o censura, vuelve, ingobernable, feroz, resistente a los embates de la ley: nadie ha olvidado a Eróstrato (exagero), nadie olvida a Perón (¿nadie olvida nada?).

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​La vida continúa en Argentina (ese país manicomio, ese país invencible, ese país en el que una semana equivale a dos siglos de historia belga, Borón dixit) y en diciembre del 2015 el ingeniero Mauricio Macri asume la Presidencia con una idea fija: convertir al kirchnerismo en el hecho maldito de la República perdida. Fueron aproximadamente 1340 días, 191 semanas, 44 meses, 32159 horas, 1.959.540 segundos (etc., etc.) en los que insistieron, sin atenuantes ni pausas comerciales, en que el kirchnerismo era una especie de enfermedad autoinmune que había atacado y casi logrado destruir la totalidad de los órganos y tejidos de la Nación que alguna vez habían gozado de buena salud. ¿Cuándo? 70 o 75 años atrás, porque en realidad el kirchnerismo representaba la continuación del peronismo por los mismos deleznables medios: prebendas, atajos, mafias, simulacros, corrupción.

El método elegido por los defensores de la República para emprender el combate fue radicalmente distinto al anterior, ningún nombre fue prohibido o censurado, sino que la operación consistió en el gesto inverso: pronunciar hasta el hartazgo, reproducir infinitamente la letra K convertida en nombre propio del denuesto, en calificativo humillante o prueba de humillación, se buscó, de alguna manera, crear un nuevo abecedario, una nueva gramática, en consecuencia, una nueva realidad: una realidad escrita con la K mayúscula del horror. Procedimiento análogo al que utilizaron para intentar demoler el nombre (y con el nombre la figura) de la ex presidente, Cristina, nombre asociado a las bajezas humanas más repudiables (en el caso, por supuesto, de que uno se considere una persona de bien).

La operación de la Inteligentsia macrista era arriesgada, ambigua, e incluso demostraba haber aprendido de los errores de sus antepasados: mantener sostenidamente la presencia del Mal para exhibirse como un conjunto de almas bellas, y, al mismo tiempo, infectar con ese Mal ubicuo y explícito cada una de las decisiones tomadas en el período anterior. De ese modo se contaminaba el todo a partir de una de sus partes: metonimia macrista pura.

La jugada resultó, en principio, magistral; pero las jugadas (igual que los seres humanos) tienen límites, y daría la sensación de que se les fue un poco la mano, o que se les fue de las manos, y, de tanto nombrar (otros adeptos a la secta del Dr. Freud, más sutiles que yo, deberían en un futuro analizar los rastros eminentemente obsesivos en este procedimiento) conjuraron sus propios demonios y así, de repente, como un ángel gris, frío e indómito, aquello que estaba a punto de extinguirse por explicitud (¿pornografía macrista?) revivió, como revive lo reprimido, lo censurado, como reviven los traumas infantiles en el adulto neurótico (“pesada herencia”; “papá”, “privilegio”), como retorna lo reprimido, distorsionado, desplazado, condensado y unido: el Frente de Todos/Todas/Todes.

¿Cómo sucedió?

Unos segundos antes de que su nombre ingresara definitivamente al Averno (ostracismo y olvido), Cristina decidió una jugada mitad racional mitad temeraria, dar de baja su propio nombre (si bien a medias), quitarlo del centro de la escena; borrarse antes de que la borraran, para verificar si así descolocaba al adversario, un adversario preparado sólo para jugar el juego con un conjunto preciso de reglas que de pronto se transformaron. Cristina no pateó el tablero, Cristina los dejó sin fichas y para colmo sin reglamento.

¿Y cuáles fueron las consecuencias de la maniobra?

Las consecuencias pudieron percibirse en los resultados de las últimas elecciones, que nos dejan una paradoja formidable, y tal vez una enseñanza: quienes pretendieron borrar, deformando, el rostro más digno del adversario (siempre tratado como enemigo) luego de las PASO deben emprender una batalla descomunal para no ser ellos mismos borrados (es la lógica del regador regado), deben continuar dando una batalla casi perdida para no perder su lugar en el mundo (es la lógica de la prohibición, lo dijimos, de la censura, de la represión; todo vuelve, y en general con una potencia inusitada), deben dar la batalla para que en el país siga existiendo una oposición política que, nos guste o no, contribuye a la vida democrática.

Somos con otros, somos gracias a los otros, lo sabemos, el macrismo también lo sabe, lo sabe perfectamente, sabe que existe (o existe en gran medida) como contracara y némesis del kirchnerismo, entonces la pregunta que se impone ahora, en esta difícil y trágica coyuntura es, ¿mediante qué estrategias sobrevivirá el macrismo sin el nombre maldito de Cristina? (o, planteada en términos generales, ¿cómo subsistirá el antiperonismo frente a una nueva configuración del peronismo?).

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