La ética de la heladera vacía

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Los ciudadanos menos favorecidos, que no tomaron la precaución de nacer millonarios como hizo gran parte del gabinete nacional, y que hoy tienen dificultades para llegar a fin de mes, no deberían reclamar por valores tan miserables como el de poder llenar la heladera sino que, al contrario, deberían agradecer que por fin, pueden gozar de la ética que tanto les faltó cuando todavía podían llenar la heladera.

«Volvemos a estar ciegos, nos importan las cosas concretas (…)”

Elisa Carrió | mayo del 2019

En una entrevista asombrosa aún para el estándar generoso de la primavera de ideas zombie que nos aporta Cambiemos, Luis Brandoni opinó frente a Luis Novaresio que “no siempre la gente vota con el bolsillo”. Para ilustrar ese noble sentimiento ajeno a los propios intereses materiales, puso como ejemplo la reacción indignada de algunos ciudadanos de barrios elegantes, “sin que mediara moneda ninguna”, contra la decisión de la Corte Suprema de pedir el expediente del juicio por la obra pública que se estaba por iniciar contra Cristina Kirchner y otros imputados. “Una resolución absurda, inconsulta e inapropiada”, según Brandoni que luego aclaró ser un ignorante “del punto de vista jurídico”. Para el actor, la Corte “tuvo que recular” frente a la virtuosa reacción de “la gente”.

Para concluir esa emocionante conversación sobre personas de bien que defienden los verdaderos valores, Novaresio citó una pregunta de Jorge Fernández Díaz que fue festejada por Brandoni: “¿Etica mata heladera o heladera mata ética?”.

El primer asombro surge al constatar que Brandoni determina sin la menor duda que quienes se indignaron con la decisión de la Corte lo hicieron “sin plata de por medio” y “con convicción”, cualidades que jamás detectaría entre los ciudadanos que suelen marchar por reclamos materiales como el poder adquisitivo o la defensa de los DDHH. Al parecer, no sólo existe un dispositivo que logra medir la legitimidad de los reclamos ciudadanos sino que, además, Brandoni lo controla.

Otro asombro lo genera la afirmación sobre la Corte que habría “reculado”. En realidad, ésta solicitó el expediente porque dio lugar a un recurso de la defensa de CFK que denunció al tribunal por no dar lugar a una serie de pruebas a su favor. Si bien, pedir el expediente no significa que la Corte avale ese reclamo, sí demuestra que tiene una duda razonable al respecto. Es más, la propia Corte señaló «que de este modo se evitará reincidir en anteriores experiencias jurisdiccionales en las que por no haber ejercido un control oportuno los procesos llevados adelante culminaron nulificándose por deficiencias procesales no atendidas en su debido momento, generando desconfianza en la sociedad». Anteriores experiencias judiciales como el juicio por las coimas en el Senado o la causa del atentado a la AMIA, que debieron ser anulados por una serie de irregularidades durante la investigación.

Gobiernos chorros y gobiernos serios

Si las acusaciones que pesan sobre CFK atormentaran realmente a Brandoni y Novaresio, ciudadanos concernidos por la Justicia, las instituciones y coso, deberían ser los primeros en exigir un juicio intachable para eludir el riesgo de la nulidad que señala la Corte. Aunque, tal vez, como tantos otros, estén más interesados por la celeridad de la condena que por la legitimidad del juicio.

Pero más allá de la violenta reacción ante la duda razonable aunque tardía de la Corte, la idea más asombrosa es la que aporta Fernández Díaz con la falsa dicotomía: “¿Etica mata heladera o heladera mata ética?”.

Al parecer, el aumento de la pobreza y la caída del poder adquisitivo de las jubilaciones y los sueldos que generaron las políticas de Cambiemos en estos 3 años y medio son en realidad una garantía para la preservación de los valores éticos que según Brandoni la gente más acomodada de la sociedad defiende de forma desinteresada. Los ciudadanos menos favorecidos, que no tomaron la precaución de nacer millonarios como hizo gran parte del gabinete nacional, y que hoy tienen dificultades para llegar a fin de mes, pagar los servicios, adquirir medicamentos o simplemente comprar leche, no deberían reclamar por valores tan miserables como el de poder llenar la heladera sino que, al contrario, deberían agradecer que por fin, gracias al gobierno de los contratistas del Estado y los operadores de fondos de inversión, pueden gozar de la ética que tanto le faltó cuando todavía podían llenar la heladera.

La ética de la heladera vacía nos enseña que mientras vayan presos aquellos que una minoría de ciudadanos intachables considera criminales, poco importa que las mayorías padezcan hambre.

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