La Marcha y la Ciudad

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La Ciudad se transforma con el paso de las décadas, pero quienes marchan siguen llegando desde el sur al «centro». Hoy el Metrobus es una línea que divide al medio la protesta. La dicotomía entre la ciudad habitáculo para producir y la ciudad heredera de la polis, la ciudad de las mercancías vs. la ciudad de la política.

Foto: Nuevo Encuentro

En las fotos aéreas de la marcha de las multitudes heterogéneas y vibrantes del 21 de febrero, se puede observar un tajo que divide a las cabezas humanas agrupadas en efusivos oleajes. Es una ancha banda de separación por mitades de la Avenida 9 de Julio. Es la techumbre del Metrobus. Impresiona esa divisoria de aguas tan impetuosa, el corte categórico entre las dos mitades de ese espacio abierto. Mucho podemos conversar sobre la utilidad del Metrobus, pero aquí estamos introduciendo otro tema que no puede ser desdeñado por el creciente movimiento popular que lentamente –quizás con más dilaciones que las requeridas-, se está haciendo cargo de la sustitución de ánimo destructivo del macrismo por un nuevo renacer democrático. Y aquí el tema de la ciudad, de lo que podríamos llamar la dialéctica de la ciudad y las grandes movilizaciones, no puede ser ignorado.

Las grandes marchas históricas en general, o mayoritariamente, provienen de la zona sur y desembocan por el sistema formado por Diagonal Norte, Diagonal Sur y Plaza de Mayo, en esa área conmemorativa esencial de la historia argentina, que sin duda ha cambiada a lo largo del tiempo, pero persiste en sus trazos arquitectónicos fundamentales porque hace parte de una liturgia social del “Demos” colectivo. Por supuesto, una Ciudad está para garantizar las condiciones de vida, de trabajo, de movimiento, de esparcimiento, de representación social y política de sus habitantes. No es un conjunto de edificaciones, ni un servicio habitacional para garantizar la “reproducción del consumo colectivo” –como quizás equivocadamente sociólogos como Castells lo definieron en el pasado. Es decir, los servicios que garantizarían el acto culminante en que se expresa la ciudad, que es la producción, o yendo un poco más allá la mercancía. Vieja discusión entre urbanistas, de los cuales, los de formación humanística, insisten en que la Ciudad es un área que hereda a la Polis, es decir, que en primer lugar reproduce la condición asociativa ciudadana, no ningún valor de cambio, sino un “valor de uso”, un goce comunitario que es sentirse parte de un ágora común, que involucra todas las funciones, actuaciones y formas de expresión en una ciudad.

El macrismo ni lo cree así ni conoce estos viejos debates. Por eso emprende reformas urbanas que, sin embargo, entienden bien el papel que tiene una Ciudad en la movilización pública. Pero para impedirla. Un ejemplo que brota de inmediato, son las decisiones que han tomado sobre la Plaza de Mayo, donde la argucia de administrador –poner orden, adornar, embellecer, banalizar-, produce un obstáculo directo respecto de la razón movilizadora. Y sin ella, una ciudad no es una Ciudad. ¿Pero entonces no puede modificarse la Plaza de Mayo? Sí, mi amigo, puede. De hecho, lo fue varias veces. La pirámide de Mayo fue reconstruida, la originaria está dentro de la actual. El cabildo fue recortado. La casa de gobierno fue agrandada tomando las instalaciones del viejo correo. El Banco Nación es de los años 40, terminado en esa época, pero hereda el solar donde antes estaba el Teatro Colón.

La Catedral es de construcción antigua, de fines del siglos XVIII, pero se termina en la época rivadaviana, y su imagen es la retratada por Charles Henry Pellegrini, el ingeniero saboyano que se nacionaliza argentino, padre del político Carlos Pellegrini. Se conserva de aquel una gran pintura con la fachada la catedral, es esas ocho columnas despojadas, sin filiación clara, aunque se diría que parecerían corintias. Dónde de hoy se halla la Side, o come se llame esa bochornosa ocupación, más grave hoy que nunca, estaba el Hotel Argentino, donde José Hernández escribe buena parte el Martín Fierro. El Ministerio de Hacienda es de los 40-50, pero se fue engrosando con edificios linderos, su aire art decó y sus amplios pasillos no pasan desapercibidos, salvo para los rudos ministros que poco se importan de lo que exceda los ajustes económicos y las macro variables abstractas. El Banco Hipotecario estaba antes en el Edificio MIhanovich, actual sede de los institutos de Filosofía y Letras en la calle 25 de Mayo, luego se traslada a la oscuramente marmórea caja monumental de una de las laterales de la Plaza de Mayo y actualmente ocupa la ex sede del Banco de Londres, a pocas cuadras, construía con el típico estilo de Clorindo Testa.

El derecho (de todos) a la protesta

No queremos llevar al lector a una clase de historia, además, mal dada, pues escribirnos esto acudiendo a una memoria rápida. Pero lo que queremos decir que la Plaza de Mayo es una Plaza viva, hilo trascendente de la historia nacional. Sus mutaciones siguieron el vértigo de la ciudad, pero nunca se hicieron para impedir o neutralizar el movimiento social que siembre confluyó hacia ella, como en los lejanos tiempos de 1810. Ahora no cabe duda cuáles son los propósitos de los nuevos urbanistas, comenzando por el despojamiento de las veredas pintadas con los pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo, nombre correlativo al urbanismo socio-político que se corresponde con la plaza.

El urbanismo macrista modifica la ciudad en contra del movimiento social, de la libre circulación de las demandas por derechos: lo que implica la noción de relectura de la ciudad por parte de los grupos de manifestantes, no solo de lo que podríamos llamar sujetos con derecho a la circulación. Salvando las diferencias, lo diseñadores urbanos macristas hacen lo mismo que el Barón Hausssman hizo en el siglo XIX, en la vieja Paris de estrechas callejuelas. El propósito era combatir al movimiento social en germen, pero no logró impedirlo. Tampoco lo lograrán ahora. La diferencia es que Haussman sabía cómo construir un Boulevard, cómo ordenar las proporciones de una Urbe histórica en relación a cómo se cruzan las perspectivas desde distintos puntos geométricos, haciendo de la ciudad un organismo vivencial, político y ocular.

Crece la protesta social por la baja de salarios y los tarifazos

La remodelación de Buenos Aires en la década del 30, ensanchando Corrientes –lo que un famoso tango lamenta-, construyendo las diagonales y el obelisco –al que Martínez Estrada se opone, como se opone Borges al entubamiento del Maldonado-, fueron remodelaciones modernizadoras, que se podría afirmar que no se representaban en la cabeza del remodelador, tan solo como trincheras esbeltas opuestas al movimiento social. Muchas de estas reformas no fueron simultáneas –Plaza San Martín, Diagonal Sur y Note, ensanche de Corrientes, construcción del Obelisco (en su época, casi unánimemente repudiado), pero la figura de Mariano Vedia y Mitre, como intendente de la “década infame” se halla en el centro de muchas de estas concepciones urbanas. El carácter conservador modernizante de todas ellas, no podría decirse que tenía el sentido de ejercer una cohesión social sobre la población, aparte del hecho ostensible de que eran una manifestación de poder del estado sobre la concepción del habitar y el circular por la urbe.

Por lo cual, hay que distinguir todas esas historias urbanísticas de las despiadados decisiones actuales del macrismo. No hay cosa que realizan, modificación de la cual se jacten –sea bici sendas, plazas secas, piletas de natación pintadas sobre el cemento, recipientes de basura colectivos, metrobuses, Paseo del Bajo, sapitos, soterramientos ferroviarios, construcciones de torres-, que no obedezca a una brutal incisión sobre la Ciudad. Es evidente que no postulamos ninguna enemistad hacia el Metrobús, ni siquiera hacia las plantitas artificiosas, ya no que no artificiales, que ponen sobre puentes y fachadas, con la cual le quitan a éstas la expresividad que les es inherente. No hay cosa que hacen, digamos, que no esté pensada para la clasificación mecánica de la vida urbana.

La contención de los agrupamientos sociales demandantes, la insustancialidad de los consumos “arquitectónicos” de prestigio, los diseños copiados de la publicidad visual de masas, la apócrifa felicidad del ciclista que es ficticiamente respetado por las grandes tecnologías del transporte urbano, la supuesta desenvoltura del individuo desértico en sí mismo viendo acortar su viaje en algunos minutos, que pueden ser no pocos. Obviamente, no nos oponemos a eso, al contrario, Pero la supuesta utilidad social invocada por el macrismo en materia del uso a la ciudad, tiene un subsuelo sórdido. Incluye el “pretexto ecólogo”, con el cual destruyen el Zoológico, amparados en argumentos compartibles, por qué no -¿hay que mantener encerrados los animales?-, pero reaprovechados para hacer con estos válidos pensamientos del buen progresista urbano, fuertes apuesta del capitalismo inmobiliario.

El show del orden y la represión de la protesta

Lo mismo el Paseo del Bajo. ¡Hay embotellamientos en Retiro! Protestan el taxista, el automovilista. ¡Faltan espacios verdes! Exclama el buen amante de la naturaleza en la ciudad de hollín y el abandono de personas. Entonces, viene la brutalidad Odebrecht, o Caputo, o como se llame. Una poderosa incisión subterránea al lado del Río, techada por pasturas sucintas a las que llaman “espacios verdes”, con la concepción de hacer de la ciudad un gran Circulador de Mercancías. Esto es, un anexo de una alegórica y totalitaria Ciudad Financiera. En todo el mundo los Cines fueron supermercados, shopping o nuevos templos adventicios. Pero este movimiento al que son empujadas las ciudades por las fuerza de las neo tecnologías del consumo, no son amortiguadas –como tiene el deber de hacerlo el poder público- sino acentuadas. Porque son ellos lo que conciben la ciudad con una farmacia imperativa –Farmacity- o como una Estación de Servicios ampliada. El modelo de “estación de servicio” o de “shopping”, no es del macrismo específicamente –el Abasto en tanto shopping lo inauguraron Menem y De la Rúa-, pero el macrismo incentiva todo ello, porque ese nombre contiene en gran parte a los dueños del negocio financiero, de las remodelaciones, las rezonificaciones, la representación de la artificiosidad de la existencia (encajonadas en “nichos de consumo”) como modo de existencia ilusoriamente libres.

Vemos nuevamente la foto aérea –o del dron de vigilancia-, de la marcha del 21 de febrero. La franjan negruzca que divide a la multitud, al sujeto social movilizado, es el techo del Metrobús. Un diario publicó una foto similar de una manifestación en la década anterior. No estaba esa hendidura, había árboles. No vamos a posar fácilmente de nostálgicos. Pero las remodelaciones urbanas del macrismo son adversarias conscientes del pueblo movilizado. Y además, ponen en juego decisiones vitales sobre el mundo urbano. Aceptando las ventajas del Metrobús. ¿Era necesario en un Paseo público de tal envergadura, como la 9 de Julio? No somos los melancólicos que en su momento se opusieron al Obelisco y en Francia a la misma Torre de Eiffel. Somos, en realidad, los que sin oponernos a los necesarios cambios en una Metrópolis multitudinaria, nos oponemos al modo en que las reinventa como “goce” el macrismo, pensando en un capitalismo financiero inmobiliario y en obstruir el movimiento social. Pero en el fondo de su conciencia demolicioncita, sospechan que muy pronto el movimiento social de crítica a las medidas atropelladoras del gobierno (en todo sentido violentas), los superará añadiendo a la crítica de las medidas político.económcias, la críticas a su urbanismo represivo.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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