La nueva responsabilidad histórica

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¿Subsistirán los pueblos como formas de vida capaces de simbolizar sus identidades? Un sorprendente escepticismo político y una indiferencia feroz por la pérdida de capacidades de la vida pública acompañan la conversación diaria de millones de personas, asegura Horacio González. La idiotez macrista ha triunfado porque se destiló en muchos de los movimientos de disconformidad genuina. Cercanía, ecología, familiaridad, lucha contra el mal de la corrupción son los recursos que hacen prevalecer la búsqueda de la «estabilidad económica» y llevan a abandonar las utopías.

Un mundo desaparece, otro está ante nuestros ojos. Pero el nombre que tenía el anterior lo descuidamos, y del nuevo solo balbuceamos hipótesis que salen de gabinetes publicitarios dedicados a promocionar un nuevo vasallaje venturoso. ¿Subsistirán los pueblos como formas de vida capaces de simbolizar sus identidades? ¿La enrarecida comunidad planetaria está en peligro? ¿Los territorios nacionales podrán esgrimir que conservan su soberanía en puntos vitales o siquiera formalmente? En este punto, pensamientos políticos inmediatistas chocan contra predicciones apocalípticas. Pragmatismos mil veces ensayados en la pesca de votos coexisten con mesianismos religiosos que consiguen más credulidad que una política de vivienda o un plan de salud. Un sorprendente escepticismo político y una indiferencia feroz por la pérdida de capacidades de la vida pública (compromisos éticos, oratorias veraces, representaciones estables, autonomías eficaces contra las corporaciones mediáticas) acompañan la conversación diaria de millones de personas en todo el mundo. Y cuando reaccionan, buscan su símbolo en la gaveta de su automóvil. Esas protestas son justas, son protestas en defensa de un horizonte estable de vida, pero siempre hay una pizca de macrismo en ellas. Que no sorprenda esta afirmación. La idiotez ha triunfado porque se destiló en muchos de los movimientos de disconformidad genuina.

Una primera pregunta implica saber si se comprende la gravedad del período que atravesamos. Es posible que no pueda responderse, porque si esa dificultad es mayor que la que imaginamos, no conocemos qué tramos ignotos hay que transponer para completar el panorama de lo que ya intuimos como demasiado espinoso. Retomar soberanías nacionales, impulsos constructivos del colectivo social, rescatar el argumento político de las garras de las agencias de imposiciones de arquetipos fijos, de pensamientos enlatados, todo ello parece una tarea ciclópea para los que aún se empeñan en ella e inútil para los que ya la han abandonado.

El shock distributivo y la alergia al conflicto

Al parecer, gruesas paredes de espesura inexplorada, nos separan de un mundo en que estábamos instalados, donde todavía imperaban las utopías o los sistemas de ideas que podían conjugar explicación, teoría, prácticas y destinos militantes. Ahora, las novedades se esperan de las innovaciones tecnológicas, donde se anuda el doble triunfo del capitalismo financiero y el capitalismo popular en todo el mundo, y la proclamada advertencia sobre el fin de las ideologías, que se produjo, pero al revés. Porque el pensamiento público registró hasta tal punto el triunfo de las ideologías que estas ya no se notan. Animan secretamente el pensamiento del “todos roban”, “no les creo nada”, “todos son iguales”. Es como si un Macri de opereta, resignado a que no victoreen su nombre, sople al oído de miles de personas airadas esas frases de apatía y desatención, mientras sale con el changuito de un supermercado. ¡Qué “familiero”!

 Es difícil contestar esos ataques demoledores a las creencias vivenciales, pues surgen de otras creencias solidificadas al margen de la atención despierta de los ciudadanos. ¿Debemos despreciar estas últimas? No, porque allí están envueltos pensamientos religiosos, ordenamientos quebradizos que surgen de arcaicos mitos, fracasos no integrados al cuerpo visible que originan una gastroenterología del odio. Pero debemos procurar la victoria de los pensamientos que surgen de experiencias que el lenguaje pudo reelaborar en la conciencia íntima como en la pública. Esto nunca es fácil. El afán del neoliberalismo oprobioso de reconfigurar la vida tecno-política y existencial-territorial se basa en una serie de inversiones de significados, surgidas de formas tortuosas del aprendizaje corporativo de dominio de las últimas décadas y de las técnicas publicitarias más avanzadas. Las brutales incisiones en la urbe, sobre todo en Buenos Aires, se hacen en nombre de la ecología. Las refutaciones a los partidos de tradición popular se hacen en nombre de acusarlos de latrocinio. La lucha contra la corrupción se hace en términos del combate contra el dragón de la maldad, por supuestos santos guerreros que han arruinado lo que quedaba de los pasos, estilos y procedimientos ejercidos con cierta dignidad por el aparato judicial. La crítica al populismo convertido en un fantasma miliunanochesco se puede llegar a hacer tolerando conferencias sobre la memoria de Marx en teatros oficiales. La destrucción de la vida productiva, de las autonomías nacionales y de las mediaciones sociales complejas, se hace por medio de apelaciones al contacto personal, a la democracia directa, al intendente arremangado en fotografías donde es uno más entre rostros anónimos tallados en una absoluta felicidad presente. La lucha contra la inseguridad se hace creando ellos mismos las situaciones que permiten incrementar la venta de armamento policial y militar. Pronuncian frases como cambio climático para justificar la eternidad de las vidas en desgracia, pues siempre habrá inundaciones, y la palabra tarifa desciende de la epistemología de los gerentes y no de la necesidad de los usuarios, que deben llamarse además ciudadanos.

La Fiesta y la historia

Nos escuchamos hablar. Nuestras opciones democrático populares y emancipatorias suenan como palabras huecas ante aquellas criptografías oscuras que resumen diariamente su abecedario escueto, a las que no les importa un día erigirle un monumento a un suicida apócrifo y al otro día mostrar otro hombre esposado que recorrió la “ruta dineraria K”, que seguramente se detendrá en la baliza del arrepentimiento y la delación. Nada sabemos de la veracidad de todo aquello, porque si bien funcionan instituciones públicas, el propio parlamento, está todo cruzado por una honda vaciedad. Ella tiene su origen en el hueco espantoso que se ha producido en el lenguaje público. con esquemas que se ramifican viscosamente. La última instancia de una investigación es su primera instancia. En muchos países se agotó una civilización jurídica. Este es uno de ellos, paso previo a su escurrimiento por la oscura canaleta de la historia. Las renovadas supercherías ante el abismo, que enormes sectores populares aceptan extendiendo más cheques en blanco ante una maquinaria que habla un idioma mortal, parecerían eficaces por el espectáculo de masas que brindan. Muestran cadalsos, nuevas pistolas para jóvenes policías a los que les pueden llegar a prometer su primer asesinato justificado.  Se jactan de que nadie clavó la cuchilla tan hondo “sin ser derrocados”. ¿Qué pasa entonces con el pueblo argentino?

Ya forma parte de convicciones fundadas que las personas están atentas a su estabilidad económica e intereses de paz, ventura y progreso. Pero no necesariamente se hallan atadas a los clásicos equivalentes políticos que le ofrecían eso, expresándolo en discursos que poseían esos contenidos lineales. Los esquemas de gobierno reinantes no ofrecen eso, sino al contrario. Pero ya no hablan en la dirección de lo que expropian o impiden, ni son escuchados de inmediato como un obstáculo a esos valores de realización social colectiva. ¡Si no se privan de decir cualquier barbaridad! Es que hablan desde una nueva plataforma que los sostiene en una delgada pero firme razón extorsiva. Y esta se aloja en el corazón ambiguo de las sociedades contemporáneas. Entonces se hace cuesta arriba explicar porque numerosos sacrificados -en distintos niveles-, tanto por la cerrazón intelectual como por el ajuste económico, siguen aferrados al libreto que los aprieta entre dos difusas hipótesis, la herencia pasada y la esperanza futura. No son fáciles las respuestas a estos acertijos. Los pueblos, los grupos sociales, crecientemente han desligado su consumo de saberes de fuentes legítimas y han hecho una cesión de confianza a poderes ya no solo definibles por sus vértices económicos, por dañosos que fueran, sino al disfraz bienhechor que se colocan. No les es fácil escapar de las alternativas de pureza o de peligro que les formulan. Los nuevos regímenes de gobierno poseen una habitabilidad de derecha que puede crear mayorías pasivas y confiantes. En una época se decía tigres de papel. Hoy parecería que estas carátulas con que se presentan los gobiernos hijos de las nuevas tecnologías de control y administración de toda forma viva, podrían ser acorazados corporativos fabricados con una pastelería que podría derretirse, pero aun no estamos ante los rayos solares que la refrenen. Estos van a parecer, ya están apareciendo. Ahora falta, porque el tiempo apremia, que quienes se ofrezcan como candidatos y candidatas, piensen menos en las llamadas mediciones, como si fueran candidatos tarifados, y más en la responsabilidad histórica que ya tienen, que siguen teniendo, y en las nuevas que les esperan. Nadie dijo que sería fácil. Nadie dijo que es imposible.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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