La presencia rumorosa de Cooke

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Situado en el filo de la navaja, John William Cooke ­suele ser recordado por su famosa frase sobre el peronismo como el hecho maldito del país burgués. Es la frase crucial del insatisfecho, del hombre que es imprescindible para todos y que sin embargo parece estar demás. Muchos inadvertidos lo interpretaron como un momento específico, una debilidad momentánea de Perón, o un perro muerto abandonado al costado del camino. Estaban muy equivocados. Sin Cooke y los miles de corpúsculos enigmáticos que siguen flotando a su alrededor, nada de lo mejor del peronismo podría hoy justificarse. A 50 años de su muerte Horacio González asegura que el momento actual reclama una vez más su presencia rumorosa.

Nada escribía sin ironía, es decir, sin el fino azote de humor interno en todo lo que afirmaba con extrema seriedad. Era una revolucionario severo y desesperado. Las frases que surgían de su oratoria regañaban duramente a los que pudiendo comprender, esgrimían sus excusas, su temor o su llamado recurrente a postergar los actos necesarios. Podría decirse que había una clase de desprecio allí. Pero se trataba de una pesadumbre que iba al fondo del drama militante. ¿Por qué se habría de preferir la militancia, que es robarle horas a la cotidianeidad o al amor, en vez del cultivo personal de las artes, el compañerismo barrial o los pequeños deleites hogareños? Se tomaba en serio ese problema, y él, que se había carteado con Perón con el estilo de planificadores clandestinos de una insurrección y que se había fotografiado en bahía de los Cochinos en Cuba, con uniforme de miliciano junto a Fidel y Guevara, quiso mirar la existencia con todas sus dimensiones, la épica y la doméstica, la histórica y la íntima, la del tronar de las fuerzas de la historia y la de la reflexión filosófica como lector de las grandes obras del nacionalismo y del marxismo. Por eso son recordables sus cartas de amor a Alicia Eguren y su despedida a Homero Manzi, al que compara con Borges. No hablaba el profesional de las letras; hablaba el revolucionario en tanto “solicitante descolocado”.

Fue el político de su época más dotado intelectual y literariamente. No incomodaremos con los ejemplos, pero para buscar algo parecido hay que remontarse al siglo XIX, incluso a Echeverría o a Moreno. Al primero, lo desvalorizaba, relegándolo a una acción proyectada en el tiempo, vinculada al posterior antiperonismo, que contrastaba al autor de La cautiva como alternativa a quienes gobernaban cien años después. Le parecía insignificante ese acto; en cambio Moreno le interesaba, y con ello marcaba una señal en su revisionismo histórico no hispanizante. No obstante, en aquel siglo lejano están sus semejantes, los escritores de gran altura que se empeñaron en modificar el curso de una historia como activistas que arrastraban al compromiso diario las tramas más altas de una formación intelectual. Cooke, a diferencia de muchos de aquellos, no vio los frutos de lo que se proponía como promesa y poco obtuvo de los consuelos que a veces acompañan los sacrificios que demanda la política. En ese sentido, junto a un selecto núcleo de argentinos de todas las épocas, puede considerarse el político por excelencia. Los numerosos actos anónimos de militantes desconocidos, rostros difuminados entre los hierros calcinados de la lucha –sugirió–, recién recibirían reconocimiento cuando la humanidad quedara al alcance de la luz general de la emancipación. Este moderado y tenue mesianismo, pertenece a las incisivas reflexiones de Cooke. Sin ellas no lo entenderíamos cabalmente.

No obstante, a los signos de la política, que no parecían inescrutables para la razón crítica, los trataba con los más diversos lenguajes, que sin quitarles su halo trágico, los contoneaba con las virtudes del conversador, del jugador de póker, del amante a destiempo y del prologuista de poetas, como las líneas precisas y perentorias que escribe para el poemario de Leónidas Lamborghini. Sin abandonar nunca las notas y estrofas del peronismo, a pesar de haber cortado relaciones con Perón, que en un tiempo anterior lo había considerado su heredero indiscutible y final, formulando la idea de “conciencia posible” que había obtenido del más exigente marxismo de la época, aceptó las vicisitudes enigmáticas de las identidades populares.

Que las puso, y él mismo se puso en una inédita tensión, lo sabemos. Con todos los elementos disponibles para estar afuera, pues era el mejor de los de afuera si así lo hubiera querido, se empeñó en debatir con los que no lo consideraban el mejor estando adentro. Del peronismo; a él nos referimos. Y allí se comportó como el sibarita de una consigna que no era existencialista, pero parecía serlo –como él, que sin serlo lo era–, la de aceptar “la libertad en la necesidad”. Fue un hombre libre en el asentimiento con una historia que imponía sus condiciones sin consultar con nadie. No se privó de la apuesta, la contingencia y la fisura repentina, pero también llamó a no descuidarse en los rumbos del insurreccionalismo adolescente. Por eso es tan interesante la biografía de Cooke, en un doble plano desdoblado. Es la de un ser político desgarrado entre el momento de superar con el empuje imaginario de la voluntad esas precondiciones, y también alguien que las hace parte de sus análisis más ocupados en señalar límites, obstáculos, corduras.

Hijo de las revoluciones comunistas y nacionalistas del siglo XX, ni las tomó literalmente, ni impidió que todas ellas funcionaran como un extraño eco de los nombres que había que postular, privilegiando al final de un largo ciclo, solo uno de ellos. Lógicamente, ya había entre nosotros un nombre que sostenía ese eco, pues estaba instalado en los umbrales previos a cualquiera de esas revoluciones, y su clave estaba en la configuración de un humanismo popular “sabio y prudente”. Se llamaba peronismo y Cooke nunca abandonó ese nombre y nunca dejó de considerarlo incompleto, amputado o incapaz de resolver sus enromes vacilaciones. Situado en el filo de la navaja, Cooke suele ser recordado por su famosa frase sobre el peronismo como el hecho maldito del país burgués. Es la frase crucial del insatisfecho, del hombre que es imprescindible para todos y que sin embargo parece estar demás. Por demasiado hombre, está a punto de sobrar. Muchos inadvertidos dispuestos a pasar por alto aquello que más acabadamente los justificaba, se basaron en ese acto de exceder, para desconsiderarlo o interpretarlo a Cooke como un momento específico, una debilidad momentánea de Perón, o un perro muerto abandonado al costado del camino. Estaban muy equivocados. Sin Cooke y los miles de corpúsculos enigmáticos que siguen flotando a su alrededor, nada de lo mejor del peronismo podría hoy justificarse.

Ahora el estudio de la peripecia trágica de Cooke resulta imprescindible. Lo maldito es la propiedad de un conjunto político que puede poner en jaque un sistema sin la posibilidad de anularlo. Es lo mismo que una dialéctica suspendida o una tragedia imposibilitada de sintetizar sus contradicciones. Se podría decir que todas las obras de reflexión política más significativas en el seno de las izquierdas mundiales tratan este mismo tema. Basta leer Mi vida de Trotsky o   Cuadernos de las Cárcel de Gramsci para constatar que las nociones revolucionarias son analizadas por el visor de sus esfuerzos inconsumados o sus energías incapaces de alcanzar con plenitud los programas vaticinados. Nada de diferente hay en Cooke. Este significa un alto nivel de exigencias para todo el conjunto de los hombres y mujeres comprometidos con la vida política; y estas exigencias parten del estudio y análisis de las propias acciones, colectivas o grupales, y todo ello bajo el signo de las experiencias históricas acumuladas. Por eso, el militante no se vuelve historicista o historiador, sino que en la medida en que percibe sus propias realizaciones o aspiraciones a la luz de un tejido complejo de hechos, que serían “la bibliografía práctica de la historia de un problema”, aprende que no es beneficioso actuar de un modo solamente “conveniente” o “inmediatista”, ni aceptar la facilidad que introducen las consignas anti intelectuales, sino inspirado en el corsi e recorsi de la historia.

Pero, así como Cooke fue absolutamente riguroso en el estudio de las singularidades de la historia mundial, latinoamericana y argentina, su “literatura política” nunca puso una identidad teorética por encima de las banderas colectivas que en cada situación fueran levantadas por una mayoría popular. Esta cuestión, tan exigente y primordial hoy, pone nuevamente el nombre de Cooke bajo nuevos focos de atención. En el país que lo tuvo como una de las mentes políticas más esclarecidas, la penuria cultural que vivimos en la esfera pública, causada por los gobernantes macristas que a su vez inventaron su propio “peronismo racional”, reclama una vez más su presencia rumorosa. Pero el mensaje sensible y audible que emana de esas trágicas figuraciones cookistas, ahora con sus cenizas sutiles flotando sobre el Río de la Plata, es que en las luchas se hace necesario reconocer las paradojas, y en las paradojas es necesario reconocerse uno mismo. Las tecno burocracias en el movimiento popular siempre existieron y en estos momentos buscan disputarle al macrismo su plan económico, relevarlo para asumirlo en pleno, solo cambiando detalles. Rememorando a este gran escritor del Informe a las Bases, nada de fundamental ocurrirá en la historia del presente si no se releen sus magníficas páginas de crítica a las caparazones que surgen de la propia actividad popular, con el solo propósito de asfixiarla. Como este es el gran nudo de la historia, pensar y actuar es en gran medida, hacerlo sobre nuestras propias conciencias. Así es como lo debatían dos atormentados hombres a los que los une la diferencia y el afán de diversificar las interpretaciones, el propio Cooke y León Rozitchner. Finalmente, dos amigos en un cruce de caminos.

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