La quimio es el proyecto

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El ministro de Hacienda Nicolás Dujovne anunció con orgullo que redujo el déficit fiscal pero “sin controles de capitales, cepos, confiscaciones ni represión financiera”. Los hospitales pueden quedarse sin vacunas y las escuelas sin viandas para los alumnos pero quién decida comprar decenas de millones de dólares y transferirlos a una cuenta en Andorra o Curazao no sufrirá “represión” alguna. Toda una declaración de principios.

Foto: Joaquín Salguero

Hace unos días, al disertar en la exposición por el 50° aniversario de la Comisión Nacional de Valores, el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne –el hombre más poderoso del gobierno después de Christine Lagarde– afirmó que “nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el Gobierno”. Durante el mismo encuentro explicó que “es muy importante que no recurrimos a controles de capitales, cepos, confiscaciones ni represión financiera”.

Las afirmaciones del ministro conforman una Rogel con varias capas de asombros. La primera, la más elemental, es la que corresponde a la soberbia del mejor equipo de los últimos 50 kalpas, la del técnico que aplica su manual de procedimientos sin dejar que la realidad lo distraiga de sus certezas. Otra capa podría ser la del ministro asombrado por la pasividad de sus conciudadanos frente a tantas y tan sólidas calamidades. No descartaría que la última capa sea en realidad un pedido de auxilio: “¡Échenme! ¡Sáquenme de acá! ¿Hasta cuando van a soportar mis estragos?”.

No son inútiles, es el modelo

Pero lo más asombroso es el tono con el que Dujovne lanza su diagnóstico. Algo así como “nunca antes aplicamos una quimioterapia tan feroz sin que el paciente falleciera”. De esa forma, Cambiemos pasó de justificar un presente calamitoso como paso doloroso pero necesario para lograr un futuro venturoso, a vanagloriarse de ese presente de calamidad. El ministro anuncia con orgullo que redujo el déficit fiscal, es decir que en plena recesión recortó el gasto y la inversión pública. Pero a la par que se enorgullece de que los jubilados contarán con menos remedios, los hospitales con menos insumos, los policías con menos equipamiento y los empleados públicos con menos poder adquisitivo, admite con orgullo que eso se logró sin perturbar a los más ricos, “sin controles de capitales, cepos, confiscaciones ni represión financiera”.

El término “represión financiera”, casi una licencia poética, es en realidad una honesta declaración de principios. Los hospitales pueden quedarse sin vacunas y las escuelas sin viandas para los alumnos pero quién decida comprar decenas de millones de dólares y transferirlos a una cuenta en Andorra o Curazao no sufrirá “represión” alguna. Poco importa que las regulaciones financieras sean moneda corriente en esos países a los cuales nuestros funcionarios y nuestros periodistas serios (dos colectivos que cada día cuesta más diferenciar) piden que imitemos.

Ocurre que la quimioterapia para las mayorías dejó de ser un medio doloroso pero necesario para transformarse en un fin virtuoso que es bueno proclamar.

La quimio es el proyecto.

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