La realidad se empeña en equivocarse

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En sus tres años de gobierno, Cambiemos empeoró todas las variables de la economía del país. La Teoría del Derrame funcionó pero al revés: de abajo hacia arriba. Una especie de Teoría del Bidet. Frente a esos resultados nuestros economistas serios y consultoras ídem, los mismos que aplaudieron tanto el diagnóstico inicial de Cambiemos como sus medidas más emblemáticas, intentan despegarse de sus resultados. Como Ricardo Lagos con el Transantiago, explican que el problema no es el modelo sino su implementación.

El 10 de febrero del 2007, el gobierno de Chile presidido por Michelle Bachelet puso en funcionamiento la fase final del Transantiago, el nuevo sistema de transporte público de la Región Metropolitana que apuntaba a optimizar el sistema existente. El resultado fue un fracaso rotundo que generó el colapso de la ciudad. Pese a la sólida campaña informativa que había precedido la puesta en marcha del nuevo sistema, con el futbolista Iván Zamorano como cara visible del proyecto, la mayoría de los usuarios no entendieron ni el nuevo sistema de pago a través de una tarjeta magnética, ni las nuevas redes troncales. En la periferia la gente debía levantarse una o dos horas antes de lo habitual para intentar llegar a sus trabajos a tiempo y caminaba largas cuadras a pie hasta los nuevos recorridos. La furia ciudadana fue generalizada y la crítica hacia el oficialismo no se hizo esperar.

Rápidamente, el “mayor proceso de modernización del transporte público que jamás se ha registrado en la historia de Chile”, según Ricardo Lagos, predecesor de Bachelet y padre de la criatura, pasó a ser una vergüenza inexplicable, un agujero negro de fondos públicos que se ubicó entre las preocupaciones ciudadanas junto a la estabilidad laboral, la inflación y la delincuencia. Un sistema que aún hoy, doce años después, no logró los objetivos anunciados.

La comisión investigadora establecida por la Cámara de Diputados poco tiempo después dictaminó: “Contra todo lo que mostraba la experiencia internacional, la urgencia fue el primer parámetro que los gestores y diseñadores responsables de Transantiago se impusieron, con un voluntarismo que desatendió experiencias y consejos de expertos, actuando de manera descuidada e insensible frente a los efectos sociales de su improvisación que afectarían más intensamente a los sectores más vulnerables”.

Lagos, sin embargo, explicó que su responsabilidad “fue el diseño, que está muy bien”.

El eterno Plan Burundi

En sus tres años de gobierno, Cambiemos empeoró todas las variables de la economía del país. Los salarios formales acumulan una pérdida de más del 16% (los informales bastante más) y sólo entre septiembre del 2017 y marzo del 2019, las jubilaciones perdieron más del 17% de poder adquisitivo. Por otro lado, aumentó tanto la pobreza como la indigencia- como lo señaló con voz compungida la pobre ministra Carolina Stanley- y la inflación, la variable que el mejor equipo de los últimos 50 kalpas había prometido reducir a un dígito antes del final de su mandato, se situó en 2018 en casi 48%, la cifra más alta en 27 años. A la par, Cambiemos relanzó un nuevo ciclo de deuda que nos condenó a un default técnico, apenas maquillado por el préstamo del FMI.

Como escribió Santiago Fraschina, “la redistribución de riqueza a favor de un pequeño grupo de conglomerados de empresas no hizo más que favorecer la acumulación desigual y la fuga de capitales.” La Teoría del Derrame funcionó pero al revés: de abajo hacia arriba. Una especie de Teoría del Bidet.

Frente a esos resultados objetivamente mediocres, nuestros economistas serios y consultoras ídem, los mismos que aplaudieron tanto el diagnóstico inicial de Cambiemos como sus medidas más emblemáticas, intentan despegarse de sus resultados. Como Ricardo Lagos con el Transantiago, explican que el problema no es el modelo sino su implementación, como ocurrió también frente a los resultados calamitosos de Martínez de Hoz bajo la dictadura cívico-militar o de Domingo Cavallo bajo los gobiernos de Carlos Menem y Fernando de la Rúa.

El diseño está muy bien, es la realidad que se empeña en equivocarse.

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