La sonrisa de Santoro y el pudor populista

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En el programa Animales Sueltos, Daniel Santoro y Alejandro Fantino comentaron distendidos que la ministra de Seguridad Patricia Bullrich había participado de “negociaciones informales” con Alejandro Vanderbroele para que denunciara al ex vicepresidente Amado Boudou. Vanderbroele había pedido “un millón y medio de dólares” para hacerlo. Seguramente, ninguno se incomodó frente a ese relato porque la víctima era un kirchnerista confeso.

El 13 de noviembre de 2017 –menos de un mes después de la victoria del oficialismo de Cambiemos en las elecciones de medio término– el periodista Daniel Santoro le adelantó al conductor Alejandro Fantino en el programa Animales Sueltos que Alejandro Vanderbroele, hasta ese momento acusado en la causa Ciccone, iba a “meterlo a Boudou en la compra ilegal de Ciccone”. Distendido y de buen humor, el todavía amigo de Marcelo D’Alessio comentó que la ministra de Seguridad Patricia Bullrich había participado de “negociaciones informales” con Vanderbroele, quien había pedido “un millón y medio de dólares” para denunciar al ex vicepresidente.

Ninguno de los periodistas presentes manifestó incomodidad alguna frente al relato de una negociación espuria entre una funcionaria de primera línea y un testigo para encarcelar a un ex funcionario kirchnerista (objetivo que lograrían apenas unos meses después). Ni siquiera una profesional seria como Mariel Fitz Patrick, que parece querer emular el profesionalismo de sus colegas anglosajones, ni tampoco José Luis Espert, un liberal peculiar no muy preocupado porque el Estado viole garantías individuales. En defensa de los presentes debemos recordar que la víctima del lawfare que se relataba en directo no era cualquier ciudadano, que por supuesto tendría el derecho a que se respeten sus libertades, sino un kirchnerista confeso.

Apenas dos años después de esa alegre tertulia de operadores, gracias a una investigación de Ari Lijalad supimos que el gobierno de Cambiemos cumplió con su parte luego de que la conjunción del testimonio de Vanderbroele y del fallo oportuno del juez Pablo Bertuzzi lograra que Amado Boudou terminara en la cárcel. El interlocutor de Patricia Bullrich dispone hoy de un hotel Boutique en Mendoza, obtenido gracias a generosos fondos públicos. Debemos reconocer que, al menos por una vez, el gobierno de Mauricio Macri incentivó un emprendimiento productivo. Por su lado, el juez Bertuzzi, menos interesado por la hotelería cuyana, fue ascendido a camarista por Mauricio Macri apenas unos días después de la condena a Boudou.

Detenidos arbitrarios, presos políticos

La noticia de este acuerdo para perseguir a un opositor no generó indignación alguna entre nuestros medios serios, siempre proclives a indignarse, ni tampoco entre nuestros defensores de la república y coso. Nadie mencionó a Venezuela ni lamentó el avasallamiento de garantías elementales. Imaginemos qué ocurriría con esos mismos medios serios y esas almas de cristal si en un programa de televisión tan popular como Animales Sueltos un periodista relatara que Sabina Frederic, la actual ministra de Seguridad, mantuvo negociaciones informales con un testigo para que involucrara a la ex vicepresidenta Gabriela Michetti o a cualquier otro ex funcionario de Cambiemos en una causa criminal.

Como escribió Félix Crous, miembro fundador de Justicia Legítima, cuando todavía no era el titular de la Oficina Anticorrupción: “La plebe y sus representantes pagarán las deudas y levantarán el muerto de la fiesta que los ilustrados salvadores se dieron con sus amigos, socios y cómplices, como quien ameniza la espera de la lluvia de inversiones que derramaría sus gotas de prosperidad.

 Lo harán con los buenos modales propios de una democracia liberal. A no dar excusas para que los llamen bárbaros, salvajes, incorregibles. Resistirán la tentación de tomar venganza.

 Con la Constitución en la mano y las instituciones en el corazón; acomodarán la casa común, rescatarán a los nadies del fondo del pozo, les darán comida, abrigo, escuela, hospital.

 Porque el problema no es la crueldad de los privilegiados, sino el pudor de los pueblos”.

En este caso podríamos decir que el problema no es la sonrisa de Santoro sino el pudor populista.

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