La superstición de las formas

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En política, la eficacia debería medirse a través de los resultados. Sin embargo, nuestros medios serios logran imponer una tenaz letanía antipolítica: prestamos atención al estilo de nuestros políticos, a sus formas.

En “Borges y los clásicos”, Carlos Gamerro cita una crítica de Borges en contra de la sobrevaloración del estilo de un texto: “Los que adolecen de esa superstición entienden por estilo no la eficacia o la ineficacia de una página, sino las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y de su sintaxis. Son indiferentes a la propia convicción o propia emoción: buscan tecniquerías (la palabra es de Miguel de Unamuno) que les informarán si lo escrito tiene el derecho o no de agradarles.»

En política, la eficacia debería medirse a través de los resultados de las iniciativas que llevan adelante nuestros gobernantes. Más allá del estilo, de las características formales de cada político, de sus habilidades discursivas o de su encanto personal; que pueden resultarnos más afines o, al contrario, generarnos algún rechazo, lo que perdura, lo que modifica para bien o para mal el bienestar de las mayorías, son sus iniciativas políticas.

Sin embargo, eso no suele ocurrir. Nuestros medios serios logran imponer una tenaz letanía antipolítica: consiguen que prestemos atención a las tecniquerías, al estilo de nuestros políticos, a sus formas, antes que a su eficacia. Y no prestamos atención a cualquier estilo sino al que toque valorar en determinado momento. Por ejemplo, la aparente austeridad de Fernando De la Rúa fue señalada como un valor destacable por nuestros medios serios, aunque la falta de austeridad de Mauricio Macri no afectó el generoso apoyo que tuvo por parte de esos mismos medios. Es más, al ser rico y elegir dedicarse a la política, Macri demostraba sus nobles intenciones y garantizaba la honestidad de su gobierno (“es rico, no va a robar”), mientras que la fortuna de CFK sólo probaba su venalidad y contradecía su declamada preocupación por quienes menos tienen. Del mismo modo sus carteras fueron señaladas como “carísimas” mientras que las de la ex primera dama Juliana Awada eran simplemente “divinas”.

Las “supersticiones” valoradas por los medios serios pueden referirse incluso al grupo etario de los políticos en cuestión. Mientras la juventud de algunos funcionarios de Cambiemos demostraba la frescura de la “nueva política” lanzada por Macri, la juventud del ex ministro de Economía Axel Kicillof y su equipo de funcionarios, ilustraba una peligrosa falta de experiencia en el manejo de la cosa pública.

Un mismo estado puede transformarse en una cualidad relevante o, al contrario, en un defecto imperdonable. Así, los silencios de Carlos Reutemann, ex esperanza blanca de nuestra derecha, eran elocuentes mientras que los de Macri son respetuosos y los de CFK, incómodos.

Durante la larga noche kirchnerista, el Congreso fue la trinchera de la resistencia republicana contra un Ejecutivo que buscaba concentrar la suma del poder político, mientras que durante el gobierno de Cambiemos, al contrario, ese mismo Congreso se transformó en una máquina de impedir, lo que obligó a Macri a gobernar por decreto para salvaguardar la república.

No importaban las iniciativas en sí, ni sus resultados; sólo las formas, angelicales o satánicas.

Al señalar a Mauricio Macri durante el primer debate presidencial, Alberto Fernández transformó su dedo índice en “revólver” e incluso “látigo”, según lo que denunció el periodista Alfredo Leuco. Macri, en el segundo debate, denunció al kirchnerismo por favorecer al narcotráfico, una acusación sin fundamento que no generó indignación alguna en ese mismo periodista. 

Alberto Fernández pasó de ser un títere de CFK, a ser un tirano aún peor que ella. Lo mismo ocurrió con Néstor Kirchner, quien según nuestros medios serios fue el Chirolita de Eduardo Duhalde, antes de ser el Chirolita de CFK para luego, una vez que ella asumió como presidenta, transformarse en quien en realidad la controlaba. Kirchner fue también un político violento, alérgico al consenso, hasta transformarse en un líder dialoguista, una vez que falleció. 

Es por eso que, siguiendo los consejos del autor de El Aleph, deberíamos dejar de ser indiferentes a nuestra propia convicción o propia emoción, dejar de lado las formas aplaudidas o denunciadas por los medios y valorar a nuestros políticos por su verdadera eficacia: sus iniciativas y los resultados de éstas en el bienestar de las mayorías. El resto es tecniquería. 

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