Los buenos modales

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Una de las críticas al peronismo está dirigida a sus formas rudas. La violencia verbal y la falta de respeto hacia su oposición impedirían que la Argentina transite la senda del crecimiento y del consenso necesaria para que de acá a fin de año seamos Finlandia. Pero la verdad es que a nadie le importan las formas, sean rudas o angelicales. Lo que genera entusiasmo o rechazo son las iniciativas políticas y sus resultados. 

La crítica más elemental hacia el peronismo –hoy circunstancialmente centrada en el kirchnerismo- denuncia sus modales rudos e incluso su alergia a la democracia. Que seis de las últimas nueve elecciones presidenciales hayan sido ganadas por un movimiento tan poco democrático no la desalienta. Al parecer, la democracia electoral premiaría a quienes no la respetan. En todo caso, según esa letanía tenaz, la violencia verbal peronista y la falta de respeto hacia su oposición impedirían que la Argentina transite la senda del crecimiento y del consenso necesaria para que de acá a fin de año seamos Finlandia. O Australia, o el país de virtudes imaginarias que toque en ese momento.

Siguiendo esa crítica, el Nado Sincronizado Independiente (NSI) de los medios –un fenómeno notable por el cual un montón de periodistas independientes llega a las mismas conclusiones pero de forma independiente- elude el análisis de las políticas públicas del gobierno del Frente de Todos para centrarse en un minucioso estudio de formas, modos y, sobre todo, intenciones, por supuesto satánicas. Así como esos mismos medios nos alertaban en 2015 sobre un inminente autogolpe de CFK para perpetuarse en el poder y luego, ya durante el gobierno de Mauricio Macri, denunciaban un proyecto de golpe para volver a ese mismo poder que antes buscaba perpetuar; hoy nos informan sobre un golpe, o autogolpe, el término no es claro, contra su propio compañero de fórmula. Como en las películas de terror de bajo presupuesto nadie exige verosimilitud, sólo escalofríos.

Lo extraño es que durante los cuatro años de gobierno de Cambiemos ninguno de esos periodistas serios hoy transformados en seguidores de la célebre Condesa de Chikoff –maestra de protocolo, cultura social y buenos modales- manifestó la menor incomodidad frente a la generalización de la prisión preventiva contra ex funcionarios kirchneristas o empresarios considerados tal, el despido de empleados públicos por ser supuesta “grasa militante” o incluso el balazo por la espalda propiciado desde el gobierno como política de Seguridad.

Los mismos periodistas que denunciaban a la corrupción pública como el mal atávico del país consideraron que entregarle la administración del Estado a sus contratistas terminaría con ese flagelo. Fue la época de oro del “técnicamente no es delito” repetido como un mantra desde la Oficina Anticorrupción ante cada nuevo conflicto de intereses.

Lejos de sus reticencias anteriores, los medios saludaban la dureza de ciertas decisiones del gobierno de Cambiemos ya que consideraban que lo contrario sería mostrar debilidad en donde se debía exhibir solidez. Al fin y al cabo, Macri tenía enfrente a los bárbaros peronistas, no a un coro de monaguillos. De la Condesa de Chikoff pasamos a Torquemada y hoy, con la vuelta del kirchnerismo al poder, volvimos a la Condesa y su obsesión por las formas.

El agite antisocial de la derecha

Hace algunos años, el economista Paul Krugman escribió sobre una crisis hoy olvidada entre Barack Obama y su oposición republicana generada por un comentario duro del presidente: “El presidente Obama hizo mal en llamar cruel disparate a un cruel disparate. Lastimó los sentimientos de los pobres republicanos, ¿y cómo podemos llegar a un acuerdo cuando los republicanos se sienten insultados? Lo que necesitamos es acercamiento personal. ¡Almorcemos juntos! Esto es pura hipocresía. ¿Dónde estaban todos estos exhortos de urbanismo cuando los republicanos denunciaban a Obama como socialista o lo acusaban de crear centros de eutanasia? ¿Estamos tratando con niños? ¿Uno de nuestros dos principales partidos políticos es dirigido por gente tan inmadura que se negará a hacer lo que el país necesita porque el presidente no los ha tratado bien?”

El juego rudo que practican los republicanos hoy en día desde la Casa Blanca pone aún más en perspectiva aquellos lamentos de carmelitas descalzas. Es lo mismo que ocurre cuando escuchamos a ex funcionarios de Cambiemos, que apoyaron la represión a la protesta social y justificaron la pérdida de poder adquisitivo de los salarios públicos, exigir hoy que se reconozca el reclamo de la policía bonaerense pese a la forma violenta con el que se lleva a cabo.

En realidad, más allá de las pantomimas de los medios y de la oposición (dos colectivos que cuesta cada vez más diferenciar), a nadie le importan las formas, sean rudas o angelicales. No es eso que cambia el amperímetro ni define el destino de un gobierno ni tampoco dirime los conflictos entre sectores antagónicos. Lo que genera entusiasmo o rechazo en la ciudadanía, lo que modifica para bien o para mal el bienestar de las mayorías son las iniciativas políticas y sus resultados. Es a eso que se debe abocar éste o cualquier gobierno, de la forma que logre hacerlo.

El resto se lo deberíamos dejar a la recordada Condesa.

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