Los culpables de siempre

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El discurso xenófobo –el de Pichetto, Lanata, y en Estados Unidos, el de Trump– no es nuevo pero algo lo está reactivando con mayor fuerza. Algo que hace que no dé vergüenza decir públicamente que peruanos y bolivianos son resaca o no incomode la cuenta sobre el gasto del Estado en extranjeros que estudian en la universidad o se atienden en hospitales. En tiempos de crisis la culpa siempre es del «otro».

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Algunos intelectuales coinciden en una idea: en tiempos de crisis hay que culpar a alguien. “Como ocurrió en la década del noventa, para tapar nuestros problemas se carga a determinados grupos vulnerables de las responsabilidades”, escribió Roberto Samar, quien definió a los inmigrantes como “chivos expiatorios”.

Mario Wainfeld detalló que no se incrementó la cantidad de extranjeros que vive acá (menos del 5 por ciento de la población). “Pero la xenofobia no se alimenta de datos sino de prejuicios o de mentiras de autoridad, a menudo permeadas por los medios hegemónicos”, opinó. “En un mundo donde priman la insolidaridad y el desprecio por la condición humana, los capítulos locales son preocupantes. El giro a la derecha se manifiesta de cien maneras, Pichetto es un emergente que no expresa nada nuevo, pero que contribuye a que en su patria prevalezcan las peores tendencias en boga.”

Caballos de Troya

Tras sentirse profundamente discriminada por el informe de Periodismo para Todos, Diana, colombiana, estudiante de Historia, escribió en un artículo: “El periodismo conservador busca legitimar el arancelamiento de la educación pública. Nosotros no somos más que un 4 por ciento de la población estudiantil universitaria. Somos su caballo de Troya”. Este ataque es, para Diana, un engranaje más de un “aparato ideológico” que “delinea una alteridad monstruosa y amenazante fronteras adentro”.

“En cuanto a lo que se vive cotidianamente, hay una reacción de ciertos sectores que sienten impunidad para decirle a todo aquél con un acento diferente ‘volvete a tu país’. O sea que la xenofobia se vive en dos niveles: por un lado, el institucional. Y por otro, la sensación al transitar la calle de la gente que se atreve a expresarse xenófobamente con mucha más libertad”, apunta Diana.

Relación simétrica

Es mejor que Pamela –26 años, boliviana– diga lo obvio. Para ella, “las situaciones económicas y políticas” que transita Argentina engendran un pensamiento xenófobo. La idea de que un intruso llega para usurparnos el trabajo, la salud, la educación. “Es ilógico, porque la Argentina fue una creación de varios países. Es desconocer esa historia. Pero la matriz cultural es que hay migrantes de primera y segunda clase”, analiza.

Es esclarecedora la definición que aporta Ndathie “Moustafa” Sene, senegalés de 31 años. “Discursos como el de Piccheto o el de Lanata hacen que la sociedad no acepte a nadie, porque puede pensar que todo lo malo que le pasa viene de los inmigrantes. Es falso. Cada inmigrante hace un aporte económico y cultural, y luego se beneficia de algo que está en un país. De ganar mejor, la salud, la educación. Uno sale a buscar una oportunidad. Pero también aporta su fuerza, su conocimiento, su inteligencia y su cultura”, sostiene. Desde este punto de vista, la inmigración es una relación simétrica.

Continúa Moustafa: “La Argentina tiene educación y salud gratuitas. Es un punto a favor, reconocido a nivel internacional. Todos los que estamos acá tenemos que celebrarlo, y buscar que sea mejor”. Estos pensamientos no son nuevos: no está de más recordar que, dos años atrás y hablando de senegaleses, Piccheto se atrevió a decir que vendían mercadería trucha. “Nunca uno recibe el amor y la oportunidad de un país y luego lo rechaza. Todo le volverá a la Argentina”, presagia optimista Moustafa, que vendió joyas en la calle, después empezó a trabajar en Migraciones, estudia Derecho y es, además, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses en la Argentina.

Mosutafa: “La Argentina tiene educación y salud gratuitas. Es un punto a favor, reconocido a nivel internacional. Todos los que estamos acá tenemos que celebrarlo, y buscar que sea mejor”.

Una oportunidad

El pensamiento xenófobo no solamente traza una estúpida línea divisoria entre un nosotros y un ellos, poniendo la nacionalidad por encima de la humanidad. También se olvida del sufrimiento ajeno. Esconde la historia de aquél que la estaba pasando mal y vino simplemente a buscar una vida mejor. “El inmigrante salió a buscar una oportunidad. Está en una situación muy difícil: por algo salió de su país”, dice Moustafa.

No es difícil entrever qué pensaría cierto sector de la sociedad acerca de Primitiva, una mujer paraguaya que llegó hace quince años, con un hijo enfermo, porque allá tenía que pagar las operaciones y los tratamientos. Y eso implicaba quedarse sin nada. “Mi otro hijo me dijo que lo llevara a Buenos Aires, porque era todo gratis”, recuerda. Primitiva será, para algunos, una amenaza para la sanidad nacional. Para otros, una luchadora.

Acá vivía uno de sus hermanos. Su marido y el otro hijo vinieron después. A los pocos meses de instalarse, Primitiva consiguió trabajo como empleada doméstica, al igual que la mayoría de las mujeres que llega desde Paraguay –actualmente la segunda comunidad de inmigrantes en el país–. En el ámbito laboral es donde más le pesó la discriminación: se topó con patronas que le reprochaban que hubiera tomado Coca de la heladera. O que la mandaban a la cama sin comer y la obligaban a robarse galletitas o pedacitos de queso, para no irse a dormir con el estómago vacío.

Me pregunto si esa discriminación tiene que ver con que Primitiva sea paraguaya. Hay estadísticas que hablan del racismo de los argentinos y no nos dejan bien parados: la mitad de nosotros rechaza a los inmigrantes. El estudio (de Ipsos) es de 2011; habría que actualizar las cifras. En comparación con Brasil, según estos datos, somos mucho más discriminatorios.

Y esto mismo dice Primitiva. Que en Foz de Iguazú su “patrona” la llevaba a pasear en auto, a comer a restaurantes y a pizzerías; y hasta le compraba mallas para bañarse en la playa. Impensado, para ella, que algo así le sucediera en Buenos Aires. “No quiero que nadie diga bolivianos sucios, peruanos sucios. Todos somos iguales. Todos somos trabajadores. Por no perder nuestro trabajo callamos, hacemos lo que la patrona dice”, revela la mujer, que en Paraguay trabajaba en el campo.

Primitiva: “No quiero que nadie diga bolivianos sucios, peruanos sucios. Todos somos iguales. Todos somos trabajadores. Por no perder nuestro trabajo callamos, hacemos lo que la patrona dice”.

Su marido, albañil, falleció de un ACV. Estaba enfermo y ella quiso hacer trámites para acceder a una pensión por invalidez. “Me faltaban dos papeles. Y un doctor me dijo por qué no me iba a mi país a hacerlos. Por qué venía a hacerlos acá. Al año, mi marido falleció sin cobrar nada. Pensé que si se moría me podía quedar el sueldo. Yo trabajaba de lunes a lunes para mantener mi casa, a mi esposo, y conseguir el remedio que no me daban en el hospital. No hice nada porque así me lo dijo el doctor”, cuenta.

Escucho a Primitiva y pienso: Argentina es un país de puertas abiertas, sí. Pero tampoco es tan generoso si la chance es estar laburando de lunes a lunes con cama adentro.

Actualmente, Primitiva consiguió mejores condiciones: trabaja siete horas de lunes a viernes. De todas formas, sólo le alcanza para mantenerse. Vive en el barrio Sol y Verde, en José C. Paz, “muy humilde”, donde son todos paraguayos y “sólo el 2 por ciento” son argentinos.

País hermoso

Las razones que trajeron a Diana son distintas pero no están exentas de dolor.

– “Andá a Argentina, es un país hermoso donde todo se discute”, le dijo su papá. Y le regaló un libro de Discépolo. Corría el 2011. En Colombia Diana militaba en la Juventud Comunista. “La persecución y el mote de ‘terroristas’ a los movimientos sociales generó una atmósfera en la que podías aparecer asesinada por hurto cuando la comunidad sabía que la cuestión era política”, relata. Una vez aquí comenzó a trabajar como camarera, pero tenía en mente un proyecto claro: estudiar Historia. Estudia y vive en La Plata; escribe y da clases. La revista No Lugar, donde publicó aquél artículo que analiza el informe de Lanata, es un proyecto propio para hablar de la inmigración.

Diana no da vueltas. Expresa que se sintió discriminada en “muchos sentidos”: “Los medios imponen caricaturas de las naciones. El bum de Pablo Escobar me puso en situaciones de mucha tensión ante nacionales que no comprendían la sensibilidad de nacer en un territorio en guerra sostenida y financiada por el narcotráfico. Me sentí discriminada por mis rasgos, pues soy mestiza y de repente me vi encajada en algo que los argentinos llaman ‘negras de mierda’. Me sentí discriminada por el mero hecho de ser colombiana”, sentencia.

Diana: “Me sentí discriminada por mis rasgos, pues soy mestiza y de repente me vi encajada en algo que los argentinos llaman ‘negras de mierda’. Me sentí discriminada por el mero hecho de ser colombiana”,

Una vez, una kiosquera le devolvió un billete de 100 pesos. “No confío en el dinero de gente como vos”, le dijo. “Me sentí discriminada cuando mi última pareja, un fierrero heavy, me recordó que estaba en su país y que me tenía que bancar que él dispusiera de mi vida a su antojo. Y cuando yendo para Uruguay por tierra me bajaron tres veces seguidas por portación de pasaporte. Cuando supe de la cárcel para inmigrantes, más que discriminada me sentí reducida a cero. Me sentí discriminada cuando la embajada de mi país no habilitó la inscripción a los padrones para votar en el plebiscito por la paz”, revela.

Dos partes

¿Cuántas veces a Pamela le habrán dicho “bolita”? Su mirada acerca de la discriminación refleja cierta sabiduría: “Siempre está. Pero nunca me dejé llevar. Siempre supe que yo era igual a todos, por más que sea de otro país. Siempre me molestó la injusticia. Que otro se sintiera más que otro. E intervine en esos casos. La discriminación implica dos partes: uno que se cree superior a otro y el que es receptor, que tiene que lograr que eso no afecte su vida. Porque así se efectiviza la discriminación real.

Tiene 26 y vino a Argentina a los seis. Su papá llegó primero, porque veía a este país como uno de “buenas oportunidades”. Después, vinieron los otros cinco integrantes de la familia. La mamá de Pamela no quiso que su padre estuviera “solo y triste” acá y que sus hijos no tuvieran contacto con él. Viven en la villa 1-11-14. Al principio, dormían los seis en un cuartito. Ahora son siete. Pamela y algunos de sus hermanos estudian. Su papá trabajó en blanco, en construcción, hasta la crisis de 2001. Ahora maneja un kiosco. La mamá vende ropa. Pamela estudió en la UBA trabajo social. El hecho de ser inmigrante, parece, tiene mucho que ver con esa elección: varias veces dice que lo que más le preocupa es “la injusticia”.

A través de AMUMRA, una asociación civil conformada por mujeres migrantes y refugiadas de distintas nacionalidades, consiguió un trabajo en Migraciones. Al principio se desempeñaba para un programa dirigido a personas en situación de vulnerabilidad, con el objetivo de ayudarlas con la documentación. Con el cambio de gobierno, el programa cerró. Por estos días trabaja en atención al público.

Racismo institucional

“Muchos confunden al inmigrante con el delincuente. Pero no tiene nada que ver”, aclara Moustafa. “El inmigrante tiene ganas de crecer. No tiene tiempo de hacer las cosas de mala manera. Más en el caso de los senegaleses, que siempre queremos mantener la relación con nuestras familias. Queremos estar bien, sentirnos bien y trabajamos de sol a sol para que las cosas sigan mejorando”, define.

Lo que más lo perturba es el “racismo institucional” que padecen los senegaleses. Particularmente los manteros, que suelen vender joyas, entre otras cosas, y son perseguidos por la Policía Metropolitana. “Hablo de cómo trata la Policía a cierta gente, sin cumplir con los procedimientos legales. Además, cuando algo le pasa a un senegalés, la Justicia no investiga. El caso de Massar Ba –el referente de la comunidad asesinado a golpes en marzo– no avanza”, advierte.

Lo que más lo perturba es el “racismo institucional” que padecen los senegaleses. Particularmente los manteros, que suelen vender joyas, entre otras cosas, y son perseguidos por la Policía Metropolitana.

Moustafa se siente un poco incómodo hablando de xenofobia. “Si bien hay que rechazarlos, no me gusta dilatar los discursos que alimentan la maldad. No son favorables para la humanidad. Quiero valorar, también, la buena opinión de gente buena, los buenos actos de la buena gente. Mucha gente te ayuda, investiga bien para saber las realidades y proponer solución, te ofrece trabajo, te abraza y aconseja. Son los discursos que me encanta escuchar y valorar”, manifiesta. Y concluye: “No hay que luchar contra la inmigración, sino trabajar para mejorar las condiciones migratorias”.

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