Los dueños, no las máquinas

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Las nuevas tecnologías y las plataformas de internet cambiaron el mundo del trabajo generando nuevas relaciones laborales que propician, a su vez, la aparición de viejos y nuevos conflictos.

Publicado en El Dipló

Convertite en un atleta de las 3 pm”. La publicidad de un banco para millenials que miro por la ventana me invita a salir y usar mi libertad freelancer. Pero aunque es jueves y son las tres de la tarde, mi reto de la próxima hora es que llegue mi turno en una sucursal calurosa del Correo Argentino. Compré algo por Mercado Libre, pagué mi comisión y el vendedor la suya. La plataforma ya tiene el dinero en su cuenta, pero la entrega falló. Mientras espero, Paula me dice por WhatsApp que aguarda el resultado de un concurso de una web para ilustradores: “Si gano me pagan 20 dólares, si no, perdí tres horas de trabajo”. Le mando un emoji de dedos cruzados y evito preguntarle por qué participa de esa explotación moderna. “Si gano varios freelos de estos, más lo que saco de la habitación que alquilo por Airbnb, zafo otro mes”, se esperanza. En mi grupito de amigas, Laura está feliz: tras ocho años como emprendedora, consiguió un trabajo fijo con obra social y aguinaldo en una corporación de entretenimientos que le vende sus programas a Netflix.

El trabajo está cambiando. Lo dicen gurúes que venden libros, académicos y ministros que se excusan en la transformación para esconder su falta de creatividad frente a un problema real. Además del empleo flexible y precarizado no mediado por la tecnología, la economía de Internet está creando nuevos conflictos.

Las plataformas online son las fábricas de la era de las redes y las empresas con mayor valor del mundo. Apple, Facebook, Google, Amazon, PayPal, Waze, Alibaba, Mercado Libre conectan a consumidores y productores para intercambiar bienes, servicios y trabajo, a cambio de una ganancia. Al hacerlo, crean mercados con sistemas de pagos, tecnologías y hasta sistemas de reparto que trabajan para ellas. El valor de las compañías no reside en el software, sino en las redes de usuarios y los datos. Por eso las que más intercambios acumulan se vuelven monopolios naturales: el capitalismo de plataformas genera un winner-takes-all, el que gana se lleva todo. No producen, conectan: Uber no opera una flota de taxis, Alibaba no tiene fábricas ni produce lo que vende online, Google no crea las páginas que indexa. Se presentan como “economía colaborativa” pero se parecen más a una nueva forma de centralización bien vista.

Las plataformas emplean a muchas personas, a las que llaman “socios” en vez de “empleados”, de modo de evitar generar relaciones laborales reguladas. Sin embargo, cada tanto, como mostró Uber o como reveló el reclamo de los motoqueros del sistema de entregas online Deliveroo, sus trabajadores encuentran formas de agruparse. ¿Lo hacen contra la tecnología? No. El conflicto tiene el mismo adversario de siempre: los dueños del capital, en este caso de un código o un algoritmo. Como dice la periodista y escritora alemana Mercedes Bunz (1): “Fue la lógica capitalista y no la máquina la que convirtió el trabajo en explotación. Pero exactamente al igual que hoy la lógica de la explotación se ocultó en la tecnología”. 

1. Mercedes Bunz, La revolución silenciosa, Cruce casa editora, 2017

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